¡Ay de vosotros hipócritas!

  •    Diciembre 07 de 2017
  •    José Leonardo Rincón, S.J.

En su artículo de opinión, el P. José Leonardo Rincón, S.J., nos dice que a Jesús lo crucificaron por ser claro y directo. Explica que vivimos en un mundo hipócrita. Y afirma que no hay nada más hermoso que la verdad. “Nada más plausible que la sinceridad. Nada más bello que la transparencia. Nada mejor que encontrarse con un amigo que sea diáfano contigo y que sepas que con él puedas contar.”


El dulce Jesús mío, tan tierno, tan bueno y misericordioso, tan sensible y paciente con los otros, pareciera para los adalides de la ecuanimidad y las buenas maneras que no lo fue tanto, pues se salió de los chiros en más de una ocasión, perdiendo la deseada compostura que se esperaría de su condición de Hijo de Dios. Hoy nuevamente sería juzgado con dureza por no ser políticamente correcto. Más de uno, con ínfulas de psicólogo, arqueando las cejas, conceptuaría que no controló sus emociones y tuvo un episodio de neurosis ocasionado seguramente por el alto nivel de estrés que manejaba dadas las responsabilidades que tenía entre manos.

Al pobre Jesús mío lo crucificaron por ser claro y directo. Los señores fariseos, tan formales y compuesticos ellos, tan sabiondos conocedores de las Escrituras, tan cumplidores ellos con todos los rigores de sus rúbricas litúrgicas, se sintieron cada vez más incómodos con ese galileo pobretón, sin apellido ni cuna relevante, aparecido de última hora, con compañeros de dudosa procedencia, que vino a cuestionarlos por su forma de actuar y, como si fuera poco, ¡tan atrevido el tipo!, a cantarles la tabla y pegarles unas vaciadas de padre y señor mío que los puso contra las cuerdas y los desenmascaró públicamente.

Creer en “Chuchito” resulta idílico y romántico mientras no sacuda ni cuestione mis comportamientos. Tiene un rollo chevere y su carreta es interesante. El man era un bacán, un líder, un “chacho”, pero se le fue la mano metiéndose con los duros y poderosos y eso le salió caro. Si el hombre hubiera comido callado, de seguro que hubiera muerto cómodamente en su camita y de forma natural, pero es que se les enfrentó a los dueños del negocio y ahí si: “pailas”!

Mientras Jesús hable del amor y su discurso sea pacífico y tranquilo, bienvenido sea. Que por favor, no se vaya a meter en política, que hable sólo de cuestiones místicas y espirituales y que ojalá sea bien diplomático, cuide su imagen y no se ponga e pelearse con nadie. Que no se vaya a salir del molde de las buenas maneras y que guarde su compostura. Si hace caso, de seguro su carrera irá en ascenso, caerá bien a todos y le irá bien sin remedio. Pilas!

Y como el tal Jesús no les hizo caso a pesar de que se le dijo, se le advirtió, se le recomendó, vea pues, mire cómo terminó. Pero claro, uno se pone a ver y el hombre tenía la razón. ¿Cómo no embejucarse con tanta apariencia, tanta mentira y falsedad, tanta hipocresía? La hubo entonces, tan añeja y tan mohoseada, pero la hay ahora tan fresquita y rosagante. Los mismos con las mismas: te predican una cosa pero te practican otra. Te sonríen por delante pero te apuñalan por detrás. Te echan flores y se llenan la boca haciéndote reconocimientos, pero a tus espaldas espelen sus mortíferos gases y botan toda su basura. De frente te dicen que lo hiciste muy bien, pero cuando no estás te sacan los trapitos al sol. No tienen ni pantalones, ni agallas, ni cojones. Son unos babosos esquiroles, lambones y zalameros, turiferarios obsecuentes, oportunistas aduladores de turno que siempre querrán quedar bien contigo y buscarán granjearse tu amistad mientras seas importante y tengas poder, pero luego cual ratas cobardes abandonan el barco de tu amistad cuando ya no les sirves para sus mezquinos intereses. Hipócritas!

Y es que vivimos en un mundo hipócrita. Cuando era niño, me decían que los de tal ciudad o región eran francos y abiertos, en contraste con las de tal ciudad y región que eran tapados y taimados. ¡Qué va! He vivido y trabajado con unos y otros y en todas partes hay de todo. En todo sitio y lugar me he encontrado con gente de todas las pelambres. Por supuesto que me dan náuseas esos que acabo de describir renglones arriba, así como me seducen y encantan los que son ciertamente sinceros, claros y directos, los que son capaces de decirle a uno que no están de acuerdo, los que le llaman a uno la atención y no lo dejan equivocarse. Esos son los verdaderos amigos, esas son las personas de fiar.

“En todas partes se cuecen habas”, decimos. Me enferman esos que acaban de salir de misa y después de sacar, cuan larga es, su viperina lengua para comulgar, a los pocos minutos la usan para despotricar de los otros. Me pudren esos personajes que están rajando de alguien y cuando llega ese alguien, cambian de tema o le sonríen y abrazan como si nada. En estos días vi a uno felicitar a otro por su extraordinaria conferencia y al rato, con otros, estaba criticando lo que había dicho. ¡Ay de vosotros Hipócritas!

Nada más hermoso que la verdad. Nada más plausible que la sinceridad. Nada más bello que la transparencia. Nada mejor que encontrarse con un amigo que sea diáfano contigo y que sepas que con él puedas contar.