La espiritualidad ignaciana abre las puertas a este proceso profundo de perdón en la medida que nos sitúa en un horizonte de sabernos amados y perdonados, y por ello mismo, convocados a ser instrumentos de amor y reconciliación en el seguimiento de la Víctima por excelencia: Jesús muerto y resucitado.

Como Compañía de Jesús estamos convocados a trabajar de manera honda por la reconciliación tal y como nos han invitado las Congregaciones Generales 35 y 36. Esta reconciliación se da a distintos niveles: con nosotros mismos, con Dios, con los otros y con la creación.

 

El reto de la reconciliación que tenemos los colombianos

En el país que vivimos, el reto es hacer realidad una apuesta de construcción de paz que nos permita salir de la guerra que hemos vivido por más de cincuenta años. Hoy enfrentamos el desafío de implementar unos acuerdos de paz con las FARC y de negociar un acuerdo con el ELN. Sin embargo, más allá de ello el mayor reto que enfrenta la sociedad colombiana es poder avanzar en un proceso de reconciliación que nos permita sanar las profundas heridas y la honda polarización en que nos ha dejado un conflicto que afectó toda la sociedad de muy diversas maneras.


Como Compañía de Jesús estamos convocados a trabajar de manera honda por la reconciliación tal y como nos han invitado las Congregaciones Generales 35 y 36. Esta reconciliación se da a distintos niveles: con nosotros mismos, con Dios, con los otros y con la creación.

No es fácil poner en marcha estrategias adecuadas para promover procesos de reconciliación que permitan avanzar de manera integral en todos estos aspectos. Es un reto que hemos tenido que asumir las distintas obras apostólicas, tanto aquellas ubicadas en el ámbito nacional (que llamamos obras transversales) como las ubicadas en las distintas regiones a lo largo y ancho del país. La definición de dichas estrategias nos exigen a todos nosotros, como cuerpo apostólico, resolver distintos interrogantes de tal forma que podamos tener claridad sobre los componentes y partes de las mismas. ¿Qué entendemos por reconciliación? ¿Quiénes están involucrados en ella? ¿Cómo avanzar hacia la reconciliación? ¿Cuáles son los tiempos de la reconciliación?

En primer lugar, en cuanto a la comprensión que tenemos de reconciliación necesitamos distinguir entre los distintos niveles de reconciliación que están en juego en nuestro compromiso en este sentido. No sólo requerimos distinguir los distintos componentes y procesos que se ponen en juego en una reconciliación con Dios (de carácter más teológico y espiritual), con los otros (de carácter más psicológico, social y político) y con la creación (de carácter más ecológico), sino que también es necesario tener presente que la buscada reconciliación se alcanza pasando por distintos estadios o fases. Por ejemplo, en el ámbito más sociopolítico se pueden identificar al menos tres momentos: (1) la coexistencia sin el recurso a la violencia como una primera fase básica de reconciliación; (2) la (re)creación de lazos de confianza y credibilidad con el otro, con quien hemos estado enfrentados (i.e. víctimas y victimarios); (3) la empatía entre los antiguos enemigos; sin embargo, desde un horizonte de fe, para alcanzar esta empatía es necesario haber podido perdonar a aquel que nos hizo daño.

Aunque es posible avanzar en cierto nivel de reconciliación sin tener que haber perdonado, un nivel más hondo de reconciliación sólo se alcanza cuando el perdón ha tocado a la puerta del corazón de las personas, pues permite sanar a fondo las heridas que la violencia ha producido y salir de la condición de víctima al liberarse de la relación enfermiza con aquel que nos victimizó. La espiritualidad ignaciana abre las puertas a este proceso profundo de perdón en la medida que nos sitúa en un horizonte de sabernos amados y perdonados, y por ello mismo, convocados a ser instrumentos de amor y reconciliación en el seguimiento de la Víctima por excelencia: Jesús muerto y resucitado.

En segundo lugar, es necesario que tomemos conciencia que todos/as estamos involucrados en hacer la realidad la reconciliación y el perdón. No sólo es un asunto de los victimarios y de las víctimas, así estas deban tener prioridad en los procesos de reconciliación. También estamos involucrados, por acción o por omisión, los funcionarios públicos, los testigos mudos de la violencia, las organizaciones sociales, etc. Todos/as hemos sido responsables, muchas veces como testigos impasibles, que la violencia desatada haya llegado a los niveles de barbarie que alcanzó. Todos/as hemos alimentado miradas del otro que han llevado a la polarización que hoy vivimos y que pone obstáculos para avanzar en la construcción de una paz durable y sostenible.

En tercer lugar, se nos plantea el reto de cómo promover esta reconciliación por momentos esquiva. Ello nos exige poder realizar un trabajo que comprenda de diversas maneras, las distintas dimensiones que están en juego: reconciliación con Dios, reconciliación con los otros (con la humanidad) y reconciliación con la creación.

En cuarto y último lugar, es importante tener claros los tiempos de la reconciliación. Es necesario arrancar cuanto antes, pues las heridas son hondas y requieren un largo proceso de sanación. Algunos hablan del tiempo que se requiere para formar una nueva generación, es decir, 20 o 25 años. Sin embargo, es necesario entender los tiempos de los distintos actores involucrados, tiempo que puede variar de unos a otros: no es lo mismo para las víctimas que para los culpables de la victimización, ni lo es para la sociedad que fue testigo mudo de la barbarie. Es urgente abrir ventanas para que los vientos de la reconciliación y el perdón aireen la atmósfera viciada por la violencia y la polarización; esto no da espera. Pero al mismo tiempo es necesario no perder de vista aquellos procesos de larga duración que hacen sostenible la reconciliación y que piden mantenerse en el tiempo durante años: una cultura de paz y reconciliación no se construye de la noche a la mañana.