Espiritualidad y Construcción de Paz


Lo único necesario en la construcción de la paz es la espiritualidad, por tres razones: la paz es un problema de relaciones humanas, las relaciones humanas son un problema de emocionalidad, la emocionalidad oscila entre el amor y el odio. Ahora bien, si pretendemos mantener la emocionalidad del lado del amor, o en otras palabras si queremos construir la paz, no tenemos otro remedio que apelar a la capacidad del ser humano de transformar sus odios en amores. Y esto es la espiritualidad. Vamos por partes.

La Paz es un problema de relaciones humanas

En el discurso superabundante y superabstracto sobre la paz, tan corriente hoy en nuestro país, sustantivamos la paz: Colombia quiere la paz. Hagamos la paz. De igual manera, cuando hablamos de la vida interior decimos: No tengo paz. Pedro perdió la paz. Los ejercicios espirituales nos dan paz. En esta forma de hablar, la paz se convierte en una entidad concreta, una cosa que las personas o algunos grupos humanos han perdido y que hay que recuperar, o una cosa que, usando la metáfora de la industria de la construcción, no tienen pero que pueden construir si se les dan las herramientas y los materiales. También, cuando se aplica a la paz personal la metáfora de la cosa perdida, hay hombres y mujeres que pierden la paz y, por tanto, el remedio que se les propone es que la busquen, o que busquen a alguien que les ayude a encontrarla. Para lo cual se han escrito cientos de instructivos que se comercializan bastante bien.

Sustantivar la paz, aunque haga parte del lenguaje corriente, no tiene mucha utilidad para lograr la paz social ni tampoco la paz interior y personal. Para obtener un concepto útil es más adecuado pensar la paz como las relaciones humanas armónicas. Por consiguiente, trabajar por la paz es empeñarse en la transformación de las relaciones conflictivas, o sea, la sustitución de los desencuentros por relaciones amistosas o, por lo menos, respetuosas. Ahora bien, concebir la paz como relaciones pacíficas vuelve más complejo el concepto, pero al mismo tiempo es la manera más adecuada de conocer lo que hay en el fondo de la palabreja y, por consiguiente, lo que se debe hacer para ‘construir la paz’.

Las relaciones pacíficas no son una cosa sino una manera de interactuar. E interactuar es una acción recíproca que, en el caso de las relaciones humanas, supone dos sujetos que se enfrentan y que intercambian ideas o acciones: una persona con otra persona, una persona con un animal, una persona con un vegetal, una persona con un mineral y viceversa. La parte más importante de la frase anterior es la viceversa, o sea, el hecho de que las relaciones suponen siempre acción y reacción. Si tú te relacionas con otra persona, esa persona se relaciona contigo, si tú te relacionas con una planta, esa planta se relaciona contigo. Lo cual, a su vez, supone que si tú actúas, el otro, sea lo que sea (hombre, perro, planta), también actúa como respuesta a tu acción. Toda acción produce una reacción. Y si no lo notamos el problema es nuestro.

La complejidad de esta forma de pensar consiste en que no tenemos siempre consciencia de esa bipolaridad de las relaciones ni siquiera con las personas, mucho menos con los animales, las plantas o los minerales. Somos egocéntricos. Y como no tenemos esa consciencia tampoco notamos las reacciones del otro lado de la relación. Y esa inadvertencia respecto a los demás nos vuelve ignorantes de muchas reacciones a nuestras acciones. Es un simple problema de inconsciencia que genera ignorancia, ignorancia que engendra la desconsideración, desconsideración que provoca la tensión, tensión que engendra el conflicto, conflicto que pare la violencia.

Como se ve, perder la paz no es perder una cosa, sino entrar en un proceso degenerativo de las relaciones humanas que las precipita a la guerra, es decir, a la violencia como sistema de relaciones. Y aquí aparece otra complejidad de este concepto de paz como relación: el proceso degenerativo configura, a su turno, un sistema de relaciones agresivas y destructoras que se realimenta y se expande. No solamente se deterioran las relaciones humanas propiamente dichas, sino que se malogran también las relaciones con todo el entorno, con la misma naturaleza. Este desprecio de la naturaleza es también un problema de inconsciencia que genera ignorancia, que produce desprecio, que provoca tensión...

Darnos cuenta de la paz como proceso creativo de relaciones humanas que configuran un sistema virtuoso de intercambios pacíficos, nos ilustra sobre otro aspecto de los procesos y sistemas que constituyen la convivencia armónica o la violencia institucionalizada. Por tratarse de comportamientos de seres vivos, la repetición del comportamiento amable, así como la del violento son adictivos: a medida que se repiten las colaboraciones, o las agresiones, se va consolidando dentro de nosotros y de nuestras sociedades un sistema colaborativo o agresivo. Aprendemos una forma de comportarnos que produce respuestas automáticas en una o en otra dirección.

Esta es una de las claves del trabajo por la paz. A medida que se logra la transformación de unas relaciones agresivas por otras pacíficas, el sistema se va realimentando de acciones amistosas en lugar de acciones agresivas y esos insumos de solidaridad y de creatividad van creciendo y transformando todo el sistema de relaciones destructoras en un sistema de relaciones creativas. De esa misma propiedad de generar adicción surge la gran dificultad para erradicar la violencia cuando se ha constituido como sistema de procesos agresivos y destructores, los cuales también se refuerzan con la práctica, como se observa, sin lugar a dudas, en el ejemplo colombiano. Con todo, ni es imposible, ni hay que inventar los métodos de lograrlo porque ya están inventados. Lo que sí hay que hacer es ejercitarlos.

El inconveniente de usar una metáfora impropia para hablar de la paz, como el objeto perdido, o la construcción de una casa, es que nos cierra el camino a la comprensión de la bipolaridad de las relaciones humanas. Si no tenemos claro que al construir la paz se trata de una acción recíproca, podemos con facilidad embocarnos en los callejones cerrados de las iniciativas de paz unilaterales que pueden, tal vez, tranquilizar la mala conciencia cívica, pero que no modifican en nada las enormes tensiones que soportan los conflictos armados. Se habla de paz, pero no hay paz. Se marcha por la paz, pero no hay paz. Se firma la paz, pero no hay paz.

Nuestra incapacidad para percibir la reciprocidad de la relación pacífica es el obstáculo principal, porque el egoísmo humano es un reflejo instintivo de autodefensa que se dispara siempre que tenemos intereses encontrados con los demás seres. Controlar ese reflejo y sustituirlo por el reconocimiento y la aceptación del otro en vistas a negociar esos intereses, requiere un esfuerzo consciente para aprender a reaccionar de manera amistosa y una actitud adquirida frente a los derechos ajenos que son tan derechos como los propios. Por tratarse de dominar una reacción automática en la defensa de lo propio, nos cuesta mucho trabajo ver el punto de vista del otro en la negociación de sus intereses, a menos que nos hayamos ejercitado para lograrlo. Los programas educativos debieran colocar un énfasis particular en este entrenamiento. La socialización en la familia también.

Sin embargo, en el sistema educativo damos preferencia a la competitividad sobre el altruismo y en las familias exaltamos la defensa de los egoísmos y premiamos el “valor” excluyente de la consanguinidad. Estamos, pues, mal preparados para distinguir la doble vía de las relaciones humanas y más bien pavimentamos una sola calzada egocéntrica con el único carril de nuestro interés individual, casi siempre miope.

El principio de la relación pacífica es, por tanto, la solidaridad, cuyo eje no es otro que la triple articulación del reconocimiento, el respeto y el amor. Son tres niveles de la misma capacidad de darnos cuenta de que el interlocutor, sea el que sea, es igual a nosotros, razón por la cual tiene derecho al mismo respeto que exigimos nosotros a las demás personas y que, bien miradas las cosas, ese interlocutor merece que le otorguemos nuestra confianza. Tal vez no sea tan aparente que este último nivel de la confianza es ya, el comienzo del amor. Debido al uso que hacemos y al abuso que cometemos, a diario, de la palabra amor, hemos terminado por no saber qué es lo que significa. Por eso tampoco entendemos que el amor comienza con un acto de confianza, dado que el amor, en último término, es la entrega de sí al otro. Donde no hay confianza no hay entrega. Y donde hay confianza existe la posibilidad de que se perfeccione la entrega y florezca el amor.

Todos estos niveles de relación tienen un máximo y un mínimo. Y justamente lo que se pretende señalar aquí es que la construcción de la paz es lograr ese mínimo de confianza que representa el mínimo del amor. Sólo entonces podremos empezar a hablar de perdón y reconciliación, escalando así los niveles de la relación pacífica. Intentarlo, sin esta preparación interior y exterior es perder el tiempo. La paz es un problema de relaciones humanas.

Las Relaciones Humanas son un problema de emocionalidad

En apariencia, esta afirmación es un lugar común. En la práctica no lo es, como se demuestra en el tratamiento que aplicamos a nuestros desencuentros, amontonando teorías y consejos para “mejorar” las relaciones, como si se tratara de corregir conceptos errados y no de modificar sentimientos agresivos.

De hecho, este desenfoque teórico es un producto de largos años de educación libresca, cuyos orígenes y remedios son otra historia que debe ser contada en otro sitio. Para esta reflexión basta con apuntar que la emocionalidad es la raíz de la acción humana y que, por consiguiente, la acción violenta tiene más que ver con el manejo de las emociones que con el de las ideas.

Cuando se dijo, más arriba, que “se habla de paz pero no hay paz”, la intención era dejar ya sentado, de entrada, ese precepto didáctico que aconseja a los maestros, lo mismo que a todos los activistas, empezar por “ganarse la benevolencia”, bien sea de sus alumnos, bien sea de sus seguidores. Es un precepto sabio porque parte esa conexión que existe entre lo que llamamos la voluntad de hacer y el hacer. En los ambientes colectivos hablamos de la voluntad política para significar que no basta el discurso promisorio, ni tampoco el amontonar leyes, para lograr los efectos. Se requiere la acción eficiente y eficaz. Solamente los hechos soportan las palabras, de lo contrario se las lleva el viento. Ya lo cantó Mina desde el siglo pasado: palabras, palabras, palabras...

En el campo de construir la paz no han faltado las palabras, ni tampoco han faltado las ideas. Pero, al menos en el caso colombiano, el control de las emociones no se ha ejercitado sino en pocos y muy raros casos. Por el contrario, se ha tratado, a menudo, de exacerbar desde los distintos rincones de la coyuntura, la emocionalidad destructiva que rompe las relaciones humanas y las transforma en guerra. La descalificación recíproca no ha faltado ni siquiera en La Habana, donde el supuesto de partida es el reconocimiento mutuo. No se diga nada de los medios de comunicación masiva en los cuales se podría encontrar material suficiente para muchos estudios sobre la manera de desacreditar al adversario y exacerbar la pugnacidad.

Habría que pensar más bien en favorecer iniciativas como la que se describe con la expresión: desarmemos el lenguaje. Ahí sí hay una intuición certera de la verdadera naturaleza emocional del problema y una propuesta útil de empezar su resolución con el rechazo del lenguaje derogatorio. En efecto, el uso de palabras respetuosas hacia el adversario tiene como efecto cambiar el signo de la emocionalidad y hacer que los sentimientos de odio empiecen su metamorfosis hasta lograr relaciones amistosas y aun armónicas. Ese es el camino de la paz: las emociones positivas, los deseos constructivos, los buenos sentimientos.

No parece posible construir paz sobre la base del desprecio mutuo. Aun suponiendo que se lograra un momentáneo cese al fuego, este no duraría mucho, si al silencio de los fusiles siguieran las mutuas recriminaciones. La recriminación no es una relación pacífica sino un ataque verbal que puede pasar, sin transición, a la agresión física.

Las discusiones en torno a la paz solamente se pueden concordar si se llevan a cabo en un ambiente emocional favorable. De lo contrario, la neutralidad fingida de las palabras iniciales terminará minada por la fuerza de las emociones. Por esa razón, la negociación es una de las formas de comenzar la construcción de relaciones pacíficas si en ella se logra mantener el perfil emocional en su nivel positivo. El presidente Santos tuvo un gran acierto al proponer ese método y al condicionar al acuerdo total todas las otras discusiones. La hipótesis es que la mutua consideración a lo largo de las conversaciones es el requisito indispensable para que la negociación pueda coronarse con éxito. Esa mutua consideración supone un control emocional de ambas partes con el fin de evitar la interrupción del diálogo y el retirarse de la mesa.

Es desde luego utópico pensar que la población entera pueda controlar sus propias emociones en torno a una posible negociación, porque las circunstancias de cada ciudadano del país frente al conflicto armado son distintas y porque la capacidad real de entender el conflicto armado es distinta en todos por esa mismísima razón. Lo cual pone de relieve la dificultad intrínseca de la construcción de la paz, pero al mismo tiempo muestra cuál sería el camino para llegar allí. Hay que poner en práctica una estrategia regional y aun local.

El trabajo que el país tiene por delante, no solamente los gobiernos, sino todos los ciudadanos de Colombia en este momento, es emprender el ejercicio del reconocimiento y respeto recíprocos, con miras a una posible reconciliación. Y como queda dicho, este trabajo es un entrenamiento de las emociones, que se podría y se debería realizar en las escuelas, colegios y universidades, en las iglesias y en los clubes, en los estadios y en las cárceles. En otras épocas se hablaba de la urbanidad.

Hoy esa palabra puede ser tildada de ficticia y aun hipócrita, sobre todo por las generaciones jóvenes. Sin embargo, en esa palabra se tocaba el fondo de la cuestión: el trato urbano significaba el trato respetuoso del otro, el esfuerzo por volver favorable cualquier contacto humano, gracias al reconocimiento del otro como persona, titular de derecho al reconocimiento de su dignidad. La urbanidad era el manejo de las emociones en el juego de las relaciones humanas. Un buen ejercicio pacificador.

Ese reconocimiento de la otra parte presupone algún conocimiento de la historia por ambas partes, porque cada parte tiene su propia versión de la historia y solamente tomando en serio las dos versiones se puede empezar un diálogo tranquilo y fructífero. Y esta escucha mutua es el primer ingrediente del entrenamiento para lograr el reconocimiento recíproco de los seres humanos. Cada historia tiene al menos dos versiones. A veces más. Y prepararse para una negociación exige conocer y aceptar las dos o más versiones y poder hablar sobre sus peripecias de manera civilizada. O sea, que la primera acción del diálogo sincero es escuchar. Como todos bien sabemos, no es esta la manera en que nos enseñaron la historia. Por eso nos acostumbramos a una sola versión de la historia, que además defendemos a mordiscos. Y cuando se trata de las historias políticas, no hay que olvidar que, por lo general, disponemos tan solo de la versión de los vencedores. Los vencidos suelen estar amordazados o muertos. De aquí la inevitable urgencia de las comisiones de la verdad, que no son otra cosa, cuando han servido a la paz, que un ejercicio consciente de reconocimiento recíproco entre víctimas y victimarios para intentar llegar hasta la mutua aceptación. Solamente ahí se puede pensar en el perdón y, con suerte, avanzar hasta la reconciliación.

Aunque parezca un camino erizado de púas, es una vía posible. Hay más de un ejemplo y el estudio de los ejemplos puede ayudarnos a comprender que los éxitos en esos ejercicios se deben a personajes extraordinarios que han sabido convertir sus sentimientos personales en emociones creativas y constructivas. Es posible, entonces, construir la paz. Al mismo tiempo hay que notar que esos personajes son extraordinarios porque han logrado esa transformación emocional por distintos motivos, pero todos con el mismo horizonte, la creación de un mundo vivible por el cual vale la pena pagar el precio que sea.

La emocionalidad oscila entre el amor y el odio

No cabe duda de que el esfuerzo para adoptar otro punto de vista distinto del nuestro propio es una ardua faena; si así no fuera, la erradicación de la violencia tendría fácil solución. Y no es exagerado denominar proeza al control de sí mismo, acompañado de la capacidad de total comprensión del otro, porque la historia y la literatura nos muestran que ese control y comprensión juntos son un bien escaso. Se han requerido muchos años y muchos esfuerzos para lograr niveles aceptables de convivencia entre los humanos, pese a lo cual, esos niveles están siempre expuestos al riesgo de perderse de golpe por la incapacidad muy común de ejercer dicho control.

Desde el comienzo de esta reflexión, se ha enfatizado la importancia de la formación de la consciencia porque ella es la facultad que permite distinguir esa continua oscilación de nuestras emociones entre el amor y el odio, el gusto y el disgusto, la aceptación y el rechazo. La consciencia es la facultad que nos permite saber en qué lugar del péndulo nos encontramos en cada momento, dado que ese péndulo no se detiene jamás y nunca estamos en el mismo lugar. De aquí la dificultad que a menudo encontramos para reconocer nuestros sentimientos, tanto más cuanto que nuestros propios pensamientos nos engañan con frecuencia en ese dominio. El conocimiento de sí mismo también es un producto exquisito y poco común, porque también requiere esfuerzo y valor para aceptarse como uno es. Paradójico pero real, como lo prueba la demanda de asistencia psicológica y psiquiátrica.

Entonces, la construcción de la paz, comienza por aprender a conocer el péndulo de las emociones, a situarse en su oscilación y a transformar su impulso destructor en un movimiento constructivo. Es posible, tanto en el nivel personal como en el colectivo, pero supone ejercicio y guías. No basta con un puñado exiguo de negociadores, por hábiles que sean estos. Se requiere un propósito nacional en el que tienen que comprometerse todas las organizaciones que llamamos las fuerzas vivas de la sociedad, pero que hasta el momento, no han entendido ni asumido de manera eficaz su responsabilidad.

Semejante propósito nacional incluye la superación del odio y la instalación del respeto mutuo entre los ciudadanos. Esto solo se logra con la espiritualidad. Los sentimientos del rechazo y de la venganza, con todas sus modalidades más o menos destructoras, solo se superan mediante el ejercicio consciente del perdón. Y las heridas causadas por esos sentimientos destructores solamente se sanan con la reconciliación.

Esta capacidad de trascender el propio dolor, de superar el propio deseo de vengarse, de reconocer los propios errores, de aborrecer la repetición de los comportamientos que perjudican a los demás es lo que llamamos la espiritualidad. Porque solamente la espiritualidad nos permite reconocer en el otro nuestra propia entidad. Solamente la espiritualidad nos hace sentir cómo hacerle daño al otro es dañarnos a nosotros mismos. La ciencia también nos lo dice, pero no lo entendemos. La espiritualidad nos lo esculpe en nuestros propios huesos. Sin espiritualidad no es comprensible el perdón ni aceptable la reconciliación.

Ahora bien la espiritualidad no recomienda el olvido: es preciso recordar. Es un deber recordar. Nuestra memoria es nuestro tesoro. Y el recuerdo de los crímenes es el principio de la sabiduría cuando las relaciones humanas se transforman por la espiritualidad. Postular el olvido como medio para la reconciliación es absurdo. La espiritualidad trasciende gracias a que no olvida. Ese es el contenido profundo del “Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”. La espiritualidad de Jesús logra trascender el odio de sus victimarios y transformarlo en ignorancia, salvando así la racionalidad humana de la trampa de su emocionalidad incontrolable.

La capacidad de reconocer las diferencias entre los seres humanos, de aceptarlas y de respetarlas, a pesar de los sentimientos instintivos de rechazo que cada uno de nosotros ha interiorizado a lo largo de su vida, requiere una claridad de consciencia y una fuerza espiritual que logre mantener las emociones a raya, por las consideraciones superiores del bien de todos. Pero renunciar al desquite, a la ley del talión, a cobrarse las deudas por la propia mano exige, además de esa claridad de consciencia, la fuerza espiritual del amor que no solamente controla los impulsos destructores sino que los transforma en la entrega de la confianza. La espiritualidad trasciende esa fuerza imparable del sentimiento destructor y la convierte en amor, la fuerza constructiva, la que engendra la vida por la entrega en la unión.

En nuestro lenguaje sobre la reconciliación y el perdón la justicia ocupa el lugar prominente. El discurso sobre la justicia es la herramienta conceptual que los seres humanos hemos fraguado para manejar las relaciones pacíficas. En nuestros ‘foros de paz’ el tema primordial son los derechos. Pero basta con mirar a nuestra propia historia para verificar, sin la menor duda, que ese solo discurso y el sistema de justicia, aun en los lugares en donde funciona, no bastan para ‘construir la paz’. La definición elemental de justicia como la disposición de dar a cada quien lo que le corresponde, puede servir, con demasiada facilidad, y sirve, con demasiada frecuencia, de pantalla para cubrir nuestros deseos incontenibles de venganza. Solamente la espiritualidad puede prevenir y evitar la venganza. Pero así como, desde la infancia, el discurso sobre la justicia hace parte de nuestro vocabulario, aunque no de nuestra práctica, así mismo el discurso y sobre todo el ejercicio de la espiritualidad no ha logrado salir del ambiente esotérico, misterioso, reservado a unos pocos, como si el espíritu hubiera sido distribuido con nuestros sistemas económicos. La espiritualidad no impregna nuestras relaciones culturales y así nos hacemos excluyentes, no penetra en nuestras relaciones económicas y así nos hacemos codiciosos, no toca nuestras relaciones sociales y así nos hacemos enemigos, cultores del odio y practicantes de la violencia. Y a pesar de todo ello, hablamos de paz. Pero no hay paz.

Este es un desafío mayúsculo para todas aquellas organizaciones grandes y pequeñas, públicas y privadas, religiosas y laicas que ondean el estandarte de los bienes públicos, de la participación, de la transparencia, de la honestidad, de los valores, de la ética, de la moral. Todos esos conceptos son palabras que se materializan únicamente en el dominio de la espiritualidad. La experiencia nos muestra que fuera de ese dominio no tienen ninguna consistencia, son palabras, palabras, palabras...

Es evidente que detrás de la violencia colombiana están las grandes injusticias flagrantes en todos los niveles: cultural, político y, sobre todo, económico. Y es evidente que sin justicia tampoco habrá perdón ni reconciliación. No puede haberlos ni debe haberlos. Pero es que el problema de la justicia como el de la paz es también el problema de las relaciones humanas. La justicia es el resultado de la consideración del otro ser humano como persona. La relación justa es reconocerle al otro sus títulos por su dignidad como ser humano. Esa es toda la teoría de los derechos humanos. Y por eso todo lo dicho hasta ahora es aplicable a las relaciones justas. Las relaciones individuales y sociales justas son las relaciones pacíficas y viceversa.

La espiritualidad ni es abstracta ni es ingenua. Una espiritualidad que pueda sostener las relaciones pacíficas supone, desde luego, que esas relaciones tienen las demás condiciones que sustituyen la amable convivencia a la lucha de las especies. De lo contrario estaríamos delirando. El énfasis en la espiritualidad que se ha hecho en este ensayo, no intenta devaluar las iniciativas de paz realizadas por muchos con muy buena voluntad, sino todo lo contrario, procura señalar un instrumento que contribuiría a que todas esas iniciativas adquieran mayor consistencia. Lo que se propone aquí es completar lo que ya estamos haciendo con ineficiencia debida al descuido generalizado de esa dimensión del amor que es la que mueve a los humanos. Seducidos por el brillo de nuestra razón nos sumergimos en el infierno de nuestra sin razón. Hablamos de paz, pero no hay paz.

El postconflicto colombiano es la última oportunidad que tienen dichas entidades para obtener sus credenciales. A veces pareciera que no nos hemos dado cuenta de ello.

Deambulamos sumidos en una inconsciencia culposa, en una patología maligna de irresponsabilidad crónica, chapoteamos en un magma de rencillas de toda índole, esperando que la paz se nos aparezca en el camino sin que tengamos que hacer ningún cambio en nuestras relaciones humanas desfiguradas por los odios grandes y pequeños de nuestros diminutos egoísmos. La espiritualidad puede sacarnos del marasmo para que al hablar de paz tengamos paz.

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