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El mensaje del domingo

  •   Domingo Octubre 11 de 2015
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Cuando Jesús iba a seguir su viaje, llegó un hombre corriendo, se puso de rodillas delante de él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Bueno solamente hay uno: Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie ni engañes; honra a tu padre y a tu madre.”. El hombre le dijo: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven.

Jesús lo miró con cariño, y le contestó: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme.” El hombre se afligió al oír esto; y se fue triste, porque era muy rico. Jesús miró entonces alrededor, y dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!” Estas palabras dejaron asombrados a los discípulos, pero Jesús les volvió a decir: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! 25 Es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.” Al oírlo, se asombraron más aún, y se preguntaban unos a otros: “¿Y quién podrá salvarse?” Jesús los miró y les contestó: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.” (Marcos 10, 17-27).

Hoy el Evangelio nos dice que el desprendimiento de las riquezas es condición para conseguir la verdadera felicidad. Veamos cómo podemos aplicar este relato a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo [Sabiduría 7, 7-11; Salmo 90 (89); Carta a los Hebreos 4, 12-13).

1.- “Maestro bueno: ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”

Desde el comienzo de su predicación, Jesús venía proclamando que el Reino de Dios, es decir, el poder del Amor -que es Dios mismo- estaba cerca y se hacía presente en Él. Y lo hacía de tal modo que quienes lo escuchaban reconocían en Él un modo de enseñar diferente del de los otros maestros a los que estaban acostumbrados. De ahí el apelativo de Maestro bueno, al que Jesús le da un significado especial: el único “bueno” en el sentido pleno es Dios. Y es Dios mismo quien se manifiesta en sus enseñanzas.

Dios nos ha creado para que seamos felices. Pero, ¿cómo lograr la felicidad? La primera lectura nos dice que la sabiduría, que consiste en la capacidad de discernir para tomar decisiones acertadas que nos conduzcan a la auténtica felicidad, supera todos los bienes materiales. Por eso el autor del libro de la Sabiduría cuenta que le ha pedido a Dios “espíritu de sabiduría” en lugar de riquezas, honores y poder.

En este mismo sentido, en el Salmo 90 (89) le pedimos a Dios que nos enseñe a calcular nuestros años para adquirir un corazón sensato, centrando así nuestra mirada no en lo transitorio, sino en lo perdurable. Y para ello necesitamos que Dios mismo nos enseñe a reconocer lo que verdaderamente vale en una perspectiva de eternidad.

2.- “Vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres (…). Luego ven y sígueme”

El primer paso en el camino hacia la felicidad es el cumplimiento de los diez mandamientos que se resumen en el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Pero la felicidad plena sólo la encontramos cuando nos desapegamos de los bienes materiales, ligeros de equipaje y disponibles para amar y servir como Jesús mismo nos ha enseñado a hacerlo.

Suele entenderse este pasaje del Evangelio, conocido como el relato del “joven rico” y narrado con diferentes matices por los evangelistas Mateo y Lucas, en un sentido de llamamiento a la vida religiosa para entregarse al servicio de Dios en el seguimiento de Jesús, renunciando a todos los bienes materiales. Sin embargo, en un sentido aún más amplio, se trata de una invitación a toda persona que quiera tener “vida eterna”, a desapegarse de lo material, poniendo el centro de su vida no en la posesión de riquezas pasajeras, sino en lo que sí puede darnos la felicidad verdadera: la disposición a compartir lo que somos y lo que tenemos con los más necesitados.

El Evangelio dice que Jesús miró con cariño a aquel joven antes de invitarlo a dejar sus riquezas y repartirlas entre los pobres como condición para seguirlo. También el Señor se fija con cariño en nosotros cuando nos preguntamos cómo ser verdaderamente felices, y nos dice, personalmente a cada uno y cada una, qué debemos hacer para lograrlo. Pero, para escucharlo y poner en práctica lo que nos dice, tenemos que estar dispuestos a dejarnos transformar por su palabra, que como dice la Carta a los Hebreos en la segunda lectura, “penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona, y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón”.

3. “¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!”

Dicen algunos comentaristas que la imagen del camello al que le es más fácil entrar por el ojo de la aguja que al apegado a las riquezas materiales entrar en el Reino de Dios, parece hacer referencia a una de las puertas por las que se entraba a Jerusalén en tiempos de Jesús. Esta puerta era llamada “el ojo de la aguja” debido a su estrechez, por lo que les era imposible entrar por ella a los camellos cargados de mercancías. Tenían que ser descargados para poder pasar por aquella puerta tan estrecha. Según otros comentaristas, esto no es exacto porque no había tal puerta con ese nombre.

Sin embargo, es significativo lo que en otros pasajes de los Evangelios les dice Jesús a sus discípulos: “entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos son los que entran por él, y angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran” (Mt 7, 13-14: Lucas 13, 24).

Ahora bien, para entrar por la puerta angosta tenemos que deshacernos de lo que nos estorba. Pidámosle pues a Jesús, nuestro Maestro, la verdadera sabiduría para poder entrar al Reino de Dios desapegándonos de todo cuanto nos impide hacerlo, y así, cuando llegue el momento de rendir cuentas, como dice la segunda lectura, pasemos a ser plena y eternamente felices.-