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El mensaje del domingo

  •   Domingo Noviembre 01 de 2015
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Solemnidad de todos los Santos

En aquel tiempo, al ver la multitud, Jesús subió al monte y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, y él tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Dichosos los que tienen espíritu de pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que sufren, porque serán consolados. Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra prometida. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos los compasivos, porque Dios tendrá compasión de ellos. Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos. Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras. Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo; pues así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (Mateo 5, 1-12).

1. Origen de la fiesta de Todos los Santos

La fiesta de Todos los Santos tiene su origen en el siglo IV d. C., cuando la Iglesia estableció un día para honrar a la inmensa cantidad de mártires cristianos asesinados durante las persecuciones de los emperadores romanos. Desde entonces varios papas establecieron distintas fechas para conmemorar no sólo a los mártires, sino a todos los hombres y mujeres que se habían distinguido por sus virtudes cristianas. A toda esa multitud de santos y santas se refiere la primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis (7, 2-4; 9-14), empleando el número simbólico 144.000, un múltiplo de las 12 tribus de Israel, y también de los 12 apóstoles con los que Jesús inició su Iglesia.

En el siglo VIII el Papa Gregorio III fijó definitivamente la fiesta litúrgica de Todos los Santos el 1º de noviembre para sustituir, desde su víspera el 31 de octubre, una celebración pagana que realizaban los celtas, antiguos pobladores de Inglaterra y otros países de Europa, al comenzar la estación del otoño. Esa víspera o vigilia fue denominada en inglés antiguo “Hallow’s Even” (Víspera de los Santos), de donde procede el término “Halloween”, que luego fue perdiendo ese significado y ha adquirido nuevamente connotaciones paganas relacionadas con la brujería.

A la fiesta de Todos los Santos le sigue en el calendario católico la conmemoración de los Fieles Difuntos, precisamente para remplazar el culto pagano a los muertos, de quienes se creía en diversas tradiciones, como la de los celtas, que en determinada época del año volvían del más allá a sus antiguos hogares para pedirles comida a sus moradores. Dándole una nueva significación desde la fe cristiana a la memoria de quienes han muerto, la Iglesia fijó el 2 de noviembre como el día de los “Fieles Difuntos”, con el fin de orar por todas las personas que, sin ser propiamente “santos” en el sentido estricto (es decir, los que gozan plenamente de la bienaventuranza o felicidad eterna), están, por decirlo así, en una fase de purificación o “purgatorio”.

2. Sentido de la veneración a los santos: ejemplo, intercesión y esperanza

La veneración de los santos, no debe confundirse con la adoración debida únicamente a Dios. Todas las personas que han derramado su sangre por ser coherentes con su fe cristiana y practicar la justicia, como las demás que han vivido con esa misma coherencia al servicio de Dios y de la comunidad en distintas modalidades de vocación y misión -sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas-, son los santos y santas a quienes la Iglesia presenta como ejemplos de vida en el seguimiento de Jesús.

Y además de ser para nosotros ejemplos de vida, los santos también son reconocidos por la Iglesia como nuestros intercesores ante Dios. El único mediador propiamente tal entre Dios y la humanidad es nuestro Señor Jesucristo, precisamente por ser Dios y hombre y en virtud de su sacrificio redentor en la cruz. Pero así como nosotros podemos contar con la intercesión de Jesús ante Dios Padre, también podemos pedirles a quienes forman parte del Cuerpo Místico de Cristo y ya participan de su gloria en la vida eterna, es decir, a María santísima y a “todos los santos y santas de Dios”, como se dice en la liturgia católica, que intercedan por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

Los santos canonizados o proclamados como tales por la Iglesia, los “beatos” o bienaventurados reconocidos también oficialmente por ella, y muchísimos otros desconocidos, son finalmente motivo de esperanza para nosotros. Porque si ellos ya han logrado ser partícipes de la gloria y la felicidad eterna de Jesús resucitado, también nosotros podemos tener la seguridad de un destino similar, y como dice la segunda lectura (1ª Carta de Juan, 3, 1-3, ,) “aunque no se ve todavía lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca -es decir, cuando nos salga al encuentro en nuestro paso de esta vida a la eternidad- seremos como él”, en la medida en que llevemos a la práctica, siguiendo su ejemplo, lo que Él nos enseñó.

3. Qué pueden significar hoy para nosotros las “bienaventuranzas”

Dios nos ha creado para ser felices (dichosos o bienaventurados), pero la historia de la humanidad nos muestra que muchos no buscan la felicidad donde verdaderamente se encuentra. Cuando Jesús llama bienaventurados a los pobres en el espíritu -es decir, a quienes ponen su confianza en Dios en lugar de dejarse esclavizar por el apego a lo material-, a los mansos y humildes, a quienes anhelan la justicia y a quienes obran con misericordia dispuestos siempre a comprender y perdonar, a los limpios de corazón -es decir, a quienes ven y tratan a las demás personas con intenciones rectas-, a quienes trabajan por la paz y a quienes están dispuestos a ser incomprendidos y perseguidos por practicar lo que es justo -es decir, el reconocimiento efectivo de la dignidad y los derechos de todas las personas empezando por los más débiles y necesitados-, nos propone las actitudes necesarias para ser verdaderamente felices. Estas actitudes son las que Él manifestó en su vida terrena. Tenerlas es identificarse con Cristo y su programa.

El programa del “Reino de los Cielos” -o Reino de Dios- que Jesús propone, va en contravía de los falsos valores que impone la mentalidad propia de lo que podríamos llamar el reino de este mundo. Por eso, cuando Él comienza a formar lo que luego se convertiría en su Iglesia, es a las gentes sencillas a quienes se dirige en primer lugar para proclamar las “bienaventuranzas” que corresponden a esas actitudes que deben ser también las nuestras si queremos de verdad ser sus seguidores, si queremos ser coherentes con la fe que profesamos, como lo fueron todos los santos.