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El mensaje del domingo

  •   Domingo Noviembre 08 de 2015
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Mientras enseñaba en Jerusalén, decía Jesús a la multitud: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con traje de ceremonia y que les hagan reverencias en la calle; buscan el sitio de preferencia en las sinagogas y el lugar de honor en los banquetes. ¡Esa gente que devora los bienes de las viudas, y sólo por aparentar hace largas oraciones, recibirá un castigo más severo!”.

Y sentado frente al lugar donde se echaban las limosnas para el templo, observaba cómo la gente iba echando las monedas. Había muchos ricos que daban grandes limosnas. En esas llegó una viuda pobre y echó dos moneditas (ni el cincuentavo de un jornal). Entonces llamó Jesús a sus discípulos y les dijo: “Yo les aseguro: esta viuda pobre ha dado para el templo más que esos otros. Porque los demás dieron una parte de lo que les sobraba, pero ella en su pobreza dio todo lo que tenía” (Marcos 12, 38-44).

Esta escena sucede junto a la entrada del Templo de Jerusalén, donde Jesús predicaba después de haber llegado a la ciudad con sus discípulos para celebrar la Pascua, poco antes de su pasión. Meditemos sobre las enseñanzas que nos trae este relato, teniendo en cuenta las otras lecturas bíblicas: [I Reyes 17, 10-16, Salmo 146 (145), Hebreos 9, 24-28].

1. La soberbia de quienes se creen mejores va unida siempre a la hipocresía

En este como en otros pasajes de los Evangelios, Jesús les echa en cara su soberbia e hipocresía a los doctores de la Ley pertenecientes a la secta de los fariseos, un término que significa originariamente separados o segregados y que ellos se aplicaban a sí mismos para indicar que eran distintos de los demás por ser cumplidores de la Ley de Dios, considerándose incontaminados porque no se juntaban con los pecadores. Su actitud arrogante iba siempre acompañada de un comportamiento hipócrita que ocultaba sus intenciones torcidas.

La palabra soberbia, que designa al primero de los siete “pecados capitales”, proviene del latín -superbia- y se refiere a la actitud de quienes se creen superiores a los demás y se la pasan engañando con el disfraz de las apariencias. Porque las personas arrogantes son a su vez mentirosas: se cuidan mucho de aparentar, preocupándose constantemente por el “qué dirán”, interesados más por la opinión que se de ellas que por hacer realmente el bien. Por eso Jesús en el Evangelio nos invita a rechazar tanto la tentación de la soberbia como la de la hipocresía que siempre la acompaña.

La virtud que se opone al primero de los siete pecados capitales es la humildad, palabra también proveniente del latín, de la raíz humus, que se refiere al barro de la tierra del cual narra un relato simbólico bíblico que fue hecho el primer ser humano (Génesis 2,7). Esto es lo que quiere decir el nombre Adán (en hebreo Adam: tomado de la adamah, que es la tierra), y en este sentido cobra todo su significado la frase de Santa Teresa de Ávila “la humildad es la verdad”, pues consiste en la actitud de quien se reconoce creatura de Dios.

2. La ostentación del poder y las riquezas es un insulto a los pobres

Otra de las enseñanzas que nos trae el Evangelio es que la ostentación constituye un insulto a los pobres. Esta realidad ha existido siempre, pero hoy reviste una diferencia significativa: actualmente el insulto de la opulencia a los desposeídos tiene repercusiones mucho mayores, de una parte porque con frecuencia los medios de comunicación -especialmente la televisión- operan como cajas de resonancia del culto al lujo y a las apariencias, y de otra porque el sistema económico imperante ha venido ensanchando cada vez más la brecha entre unos pocos que se hacen cada vez más ricos y poderosos y ostentan descaradamente su pretendida omnipotencia, y otros muchos que se sumen en la miseria y constituyen la masa de los marginados y excluidos.

A lo anterior se agrega la prepotencia de quienes creen que por tener algún tipo de poder valen más que los demás y explotan a quienes someten a su servicio. Así obran los jefes políticos, empresarios e incluso líderes religiosos que se aprovechan de los pobres para su propio beneficio personal, buscando satisfacer sus intereses egoístas. Y asimismo se comportan todos los violentos, que pretenden ejercer con el poder de las armas un dominio despótico sobre las personas.

3. Vale mucho más darnos a nosotros mismos que dar de lo que nos sobra

Esta es la que podríamos considerar la “moraleja” final del relato evangélico de este domingo. La verdad que ella encierra también es aplicable a todos los tiempos. La ofrenda hecha por aquella pobre viuda que a duras penas sobrevive en medio de una pobreza extrema, es una lección que Jesús quiere hacer notar a quienes creen que están haciendo el bien al dar ostentosamente y con mucha publicidad de lo que les sobra, y por ello esperan ser reconocidos como grandes benefactores.

La enseñanza que Jesús nos da a partir del ejemplo de la viuda del pasaje del Evangelio, y que como nos cuenta la primera lectura tiene su antecedente en la actitud generosa de aquella otra mujer, también viuda, que compartió con el profeta Elías lo muy poco o casi nada que tenía (I Reyes 17, 10-16), constituye una invitación a todos nosotros, cualquiera que sea nuestra condición económica o posición en la sociedad, a estar dispuestos siempre a compartir no dando solamente de lo que nos sobra, sino entregándonos a nosotros mismos, sea cual sea nuestra condición económica, con un compromiso real para contribuir a la construcción de una sociedad en la que todos nos reconozcamos efectivamente como iguales en dignidad y en derechos, porque somos hijos e hijas de un mismo Creador, el mismo que quiere, con nuestra colaboración, hacer justicia a los oprimidos, como dice la primera estrofa del Salmo 146.

Jesús mismo es en definitiva nuestro modelo, al haberse ofrecido a sí mismo en sacrificio por toda la humanidad, tal como nos lo presenta hoy el texto de la segunda lectura (Hebreos 9, 24-28). Que Dios, nuestro Creador y Padre, por la mediación redentora de su Hijo Jesucristo, renueve en cada uno de nosotros la acción del Espíritu Santo para que nos mueva a la verdadera humildad, reconociendo la verdad de lo que somos, dándonos a nosotros mismos y comprometiéndonos sinceramente a la construcción de una sociedad en la que todos nos reconozcamos como hijos e hijas de Dios y obremos en consecuencia con este reconocimiento.-