Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

El mensaje del domingo

  •   Domingo Enero 24 de 2016
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Muchos han emprendido la tarea de escribir la historia de los hechos que Dios ha llevado a cabo entre nosotros, según nos los transmitieron quienes desde el comienzo fueron testigos presenciales y después recibieron el encargo de anunciar el mensaje. Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde el principio, y me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente, para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado.

[Después de su bautismo en el río Jordán y su retiro en el desierto de Judea] Jesús volvió a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo, y se hablaba de él por toda la tierra de alrededor. Enseñaba en la sinagoga de cada lugar y todos le alababan. Fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado, y el sábado entró en la sinagoga como era su costumbre y se puso de pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías y al leerlo encontró el lugar donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y dar la vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor”. Luego cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos tenían la vista fija en él. Y Él comenzó a hablar diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír”. (Lucas 1, 1-4; 4, 14-21).

1. “Un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros”

El texto del Evangelio de hoy comprende dos partes: la primera Lc 1, 1-4) es un prólogo con el que introduce Lucas todo su relato acerca de Jesús, y la segunda (Lc 4, 14-21) corresponde al capítulo 4 del mismo Evangelio, donde Lucas, después de haberse referido en los tres primeros a la infancia y vida oculta de nuestro Señor hasta su Bautismo en el río Jordán, narra s retiro al desierto de Judea y la inauguración de su vida pública en Nazaret, “donde se había criado”.

En el prólogo, Lucas, médico de profesión que había sido discípulo de Jesús aunque no perteneció al grupo de los doce apóstoles, y que después fue colaborador del apóstol san Pablo, como lo cuenta él mismo en otro de sus escritos -los “Hechos de los Apóstoles”-, indica el propósito que lo anima a escribir su Evangelio a partir de la predicación oral de los “testigos presenciales”, es decir, los apóstoles, que junto con y otros discípulos y discípulas habían seguido a Jesús desde los comienzos de su vida pública hasta su muerte y resurrección: “para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado”. Es decir, para que quien lea o escuche su Evangelio tome conciencia de que cuanto le han dicho de Jesús se fundamenta en una realidad histórica concreta y no en fantasías.

Lucas se dirige a un tal Teófilo, nombre que en griego significa amigo de Dios, por lo que bien podría tratarse de un destinatario simbólico, es decir, todo lector que se reconozca como tal. Reconozcámonos así nosotros y acerquémonos al Evangelio con la intención sincera de quien quiere profundizar en el conocimiento interno, es decir, profundo y vivencial, de Jesús de Nazaret y por lo tanto del mismo Dios que se nos reveló personalmente en sus palabras y en sus hechos.

2. “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu”

Como los demás evangelistas, Lucas también comienza la narración de la vida pública de Jesús con una referencia general a sus inicios en la región de Galilea, al norte de Israel, después del bautismo que había recibido en el río Jordán. Desde entonces se había empezado a manifestar públicamente en Jesús la acción del Espíritu Santo, que lo había llevado primero a retirarse en el desierto y que ahora lo impulsaba a proclamar la Buena Noticia en las sinagogas o lugares de reunión que tenían los judíos en cada población para escuchar las Sagradas Escrituras y orar en comunidad.

Pero hay un episodio que sólo aparece narrado en el Evangelio de Lucas: la autopresentación de Jesús en la aldea donde se había criado. Situémonos con nuestra imaginación en la sinagoga de Nazaret y contemplemos cómo inicia allí su predicación con base en la lectura del libro profético del tercer Isaías (61, 1 y ss.), evocando lo que este texto había significado unos cinco siglos y medio antes, en la época de la liberación de los judíos de su cautiverio en Babilonia, a la cual se refiere a su vez la primera lectura de este domingo, que nos presenta al sacerdote Esdras proclamando la Ley de Dios en Jerusalén después del regreso del exilio (Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10). Jesús anuncia ahora una nueva liberación y va a proclamar una nueva Ley, ambas mucho más completas, y ya no sólo en el ámbito de Israel, sino en el de toda la humanidad.

3. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”

Con esta frase de Isaías, Jesús se presenta como el Mesías prometido y anunciado por las profecías bíblicas. En hebreo el título Mesías significa Ungido, lo mismo que Cristo en griego, y hace referencia al rito con el que los reyes, sacerdotes y profetas en el Antiguo Testamento recibían el poder del Espíritu de Dios que los hacía capaces de cumplir la misión para la cual el Señor los había elegido. Nosotros, desde nuestra fe, reconocemos a Jesús como el Mesías prometido, en quien se revelan la esencia y la acción de Dios, que es Amor Misericordioso y cuya misión es dar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los oprimidos, aliviar el dolor de los que sufren. Y esto es lo que significa en griego “eu-angelion”: una buena noticia realizada en hechos concretos.

Esa sería también la misión que Cristo les iba a dar a todos cuantos creyeran en Él y quisieran seguirlo: evangelizar, es decir, proclamar con hechos que, para todo ser humano que se encuentre en una situación difícil o esté sufriendo cualquier tipo de opresión, empezando por la que experimentan los pobres y explotados, es posible un porvenir nuevo, no sólo en el más allá, sino desde esta vida presente. Por lo tanto, en este Año Santo de la Misericordia, que esperamos sea para nosotros un año de gracia del Señor -un año favorable y positivo-, revisemos nuestro compromiso de seguidores de Jesús y dispongámonos a ser también nosotros, como Él, portadores de esa Buena Noticia mediante el testimonio de obras concretas para la construcción de un mundo mejor para todos, empezando por los más necesitados. Que Él, con el mismo Espíritu con que fue ungido y que también nosotros hemos recibido en nuestro bautismo (como lo dice san Pablo en la segunda lectura -1 Corintios 12, 12-30-: “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu”), nos ilumine y nos dé la fuerza necesaria para ser, cada cual desde su vocación específica, auténticos seguidores de Jesús.