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El mensaje del domingo

  •   Domingo Febrero 21 de 2016
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Jesús subió a un cerro a orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba, el aspecto de su cara cambió, y su ropa se volvió muy blanca y brillante; y aparecieron dos hombres conversando con él. Eran Moisés y Elías, que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la partida de Jesús de este mundo, que iba a tener lugar en Jerusalén. Aunque Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando aquellos hombres se separaban ya de Jesús, Pedro le dijo: —Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Pero Pedro no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube se posó sobre ellos, y al verse dentro de la nube tuvieron miedo. Entonces de la nube salió una voz, que dijo: «Éste es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo.» Cuando se escuchó esa voz, Jesús quedó solo. Pero ellos mantuvieron esto en secreto y en aquel tiempo a nadie dijeron nada de lo que habían visto. (Lucas 9, 28-36).

1.- Subió con ellos a lo alto de la montaña para orar

El domingo pasado el Evangelio nos presentaba a Jesús solo, orando y venciendo las tentaciones en el desierto de Judea. Hoy lo encontramos con tres de sus discípulos, nuevamente en oración en otro lugar del que no se precisa el nombre, pero que presumiblemente es el monte Tabor, situado en la región de Galilea al norte de Israel, y cuya cima alcanza los 588 metros sobre el nivel del mar.

La oración, tanto en la soledad del retiro personal como cuando nos reunimos en comunidad, es necesaria para poder experimentar en nuestra vida la presencia transformadora de Dios. En medio de las situaciones difíciles que tenemos que afrontar, Jesús nos enseña con su ejemplo a buscar espacios de oración en los cuales vivamos el sentido trascendente de nuestra existencia y la acción renovadora de su Espíritu.
2.- Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban
Antes de este relato de la “Transfiguración”, Jesús les había dicho a sus discípulos que iba a ser condenado a muerte y al tercer día resucitaría (Lucas 9, 22). Así les había anunciado lo que iba a ser su sacrificio redentor, por el cual Él mismo, Dios hecho hombre, llevaría su mensaje de amor misericordioso hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta la entrega de la propia vida para la salvación de toda la humanidad.
El anuncio de su pasión y la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a dar la vida a imitación suya (Lucas 9, 23), habían causado en sus primeros discípulos un efecto de desaliento. Especialmente en Pedro, quien había manifestado su desacuerdo con aquel anuncio, y en Santiago y Juan, quienes querían ser los preferidos en el reino que su Maestro les había dicho que iba a establecer. Jesús entonces, después de reprender a Pedro -que primero lo había reconocido como el Mesías Hijo de Dios, pero luego había tratado de disuadirlo de su misión - y de amonestar a los otros dos invitándolos a imitarlo en la disposición servir, sube con ellos a la montaña.

Según la tradición bíblica, la gloria de Dios solía manifestarse en los lugares altos, como había sucedido en el monte Sinaí -también llamado Horeb-, primero al recibir Moisés la revelación del nombre mismo del Señor, luego la Ley de los diez mandamientos, y unos dos siglos después al ser enviado por Dios el profeta Elías para exhortar al pueblo de Israel a la conversión, dejando a un lado la idolatría y la injusticia. En esta ocasión, es también en un monte donde Jesús manifiesta su gloria para fortalecer la fe de sus discípulos, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección e indicándoles simbólicamente, mediante las figuras de Moisés y Elías, que en Él se cumplirán las promesas del anuncio del Mesías Salvador, contenidas en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas.

3.- “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo”

También nosotros necesitamos, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, que el Señor se nos manifieste dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de la vida. Pero para que esto suceda, es preciso que nos dispongamos, mediante la oración, a atender la voz de Dios que nos dice: “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo” (Lucas 9, 36). Y lo escuchamos precisamente cuando leemos u oímos atentamente lo que Él nos dice en la sagrada escritura, especialmente en los Evangelios.

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis (5, 12.17-18), se cuenta cómo “Abrán” -quien luego sería llamado “Abraham”, nombre que en hebreo significa “padre de multitudes”-, le creyó al Señor, y se le contó en su haber. Abraham, un hombre de fe que vivió en el siglo 19 antes de Cristo y cuyos descendientes han desarrollado a partir de él las religiones monoteístas, es decir, las que reconocen a un Dios único, sale de su patria en Ur de Caldea y emprende un camino hacia el futuro que el Señor le promete como un porvenir de bendición. Este porvenir es ofrecido no sólo a él y su descendencia, sino también a todos los seres humanos que crean en el único y verdadero Dios y obren de acuerdo con su voluntad, que es voluntad de amor, de justicia y de paz. La fe en la promesa de Dios lo impulsó a confiar en su futuro y en el de quienes vendrían después de él.

El Salmo responsorial [27 (26)], expresa la esperanza que brota de la fe en Dios: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. Y el apóstol Pablo, en la segunda lectura (Filipenses 3,20; 4,1), nos indica la razón de esta esperanza a la que nos invita la contemplación del misterio de la Transfiguración del Señor: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Todos somos llamados por Dios a ponernos en camino hacia un futuro de felicidad, y ese llamado se actualiza cuando escuchamos su palabra. Para responder positivamente, necesitamos disponernos a que el Señor nos conceda el don de la fe. Una fe que nos haga posible no sólo emprender sino seguir recorriendo con perseverancia y con esperanza el camino que Él mismo nos muestra, para que podamos alcanzar la meta prometida de la felicidad eterna al participar plenamente de la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.