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El mensaje del domingo

  •   Domingo Abril 10 de 2016
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Jesús se apareció otra vez a sus discípulos, a orillas del lago Tiberíades. Sucedió así: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que llamaban el Gemelo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos de Jesús. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos contestaron: “Nosotros también vamos contigo”. Fueron, pues, y subieron a una barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les preguntó: “Muchachos: ¿No tienen pescado?” Ellos le contestaron: “No”. Jesús les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca, y pescarán”. Así lo hicieron, y no podían sacarla por los muchos pescados que tenía.

Entonces el discípulo a quien Jesús quería mucho le dijo a Pedro: “¡Es el Señor!” Apenas oyó Simón Pedro que era el Señor, se vistió, porque estaba sin ropa, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron a la playa con la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban a cien metros escasos de la orilla. Al bajar a tierra, encontraron un fuego encendido, con un pescado encima, y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de sacar”. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red llena de grandes pescados, ciento cincuenta y tres; y aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: “Vengan a desayunarse”. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Luego Jesús se acercó, tomo en sus manos el pan y se lo dio a ellos, y lo mismo hizo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado.

Terminado el desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan: ¿me amas más que estos?” Pedro le contestó: “Sí Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis corderos”. Volvió a preguntarle: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: ¿Simón, hijo de Juan, me quieres? Pedro, triste porque le había preguntado por tercera vez si lo quería, le contestó: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, te vestías para ir a donde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir”. Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro iba a morir y a glorificar con su muerte a Dios. Después le dijo: “¡Sígueme!” (Juan 21, 1-19).

Este relato contiene varios elementos de reflexión. Fijémonos en tres y apliquémoslos a nuestra vida, renovando nuestra fe en la resurrección de Jesús, tema central del tiempo pascual, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de hoy: Hechos de los Apóstoles 5, 27b-32.40b-41; Salmo 30 (29); Apocalipsis 5, 11-14.

1. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él

La experiencia pascual de la presencia de Jesús resucitado fue un amanecer de esperanza para sus primeros discípulos, que habían quedado sumidos en la oscuridad del pesimismo luego de los sucesos de la pasión y muerte de su Maestro. Los pescadores habían vuelto a sus labores cotidianas, y después de una noche de brega inútil tienen una experiencia que les devuelve el optimismo: Jesús se les manifiesta, ya no en la misma forma de su vida terrena, sino con una presencia espiritual que inicialmente no son capaces de captar (no sabían que era él), pero que poco a poco van reconociendo en la medida en que, siguiendo sus instrucciones, descubren que es posible sacar resultados positivos de las situaciones difíciles, basados en la fe a la que Él mismo los invita.

Esta es para nosotros una primera enseñanza del relato evangélico de este domingo: Él nos invita a no desanimarnos en las situaciones en las cuales lo vemos todo oscuro y sin salida. Para poder ver la luz al final del túnel, para obtener el fruto esperado de nuestros esfuerzos por resolver los problemas que se nos presentan, es necesario que nos dispongamos a escuchar sus orientaciones. La oración y un acompañamiento espiritual de alguien que nos pueda aconsejar bien, son dos elementos imprescindibles para ello.

2. Ninguno se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor

Tres veces aparece en el relato de esta pesca milagrosa el título de Señor aplicado a Jesucristo resucitado. Este título constituye a la vez un reconocimiento de la divinidad de Jesús y de su humanidad glorificada. En efecto, en virtud de su resurrección, la humanidad de Jesús es exaltada hasta el punto de participar Él mismo, sacrificado como Cordero de Dios, del señorío de Dios Padre todopoderoso -el Señor Dios Rey celestial a quien proclamamos como tal en el himno del “Gloria”-, junto con el Espíritu Santo, a quien reconocemos en la fórmula extensa del Credo como “Señor y dador de vida”.

Reconocer que Jesús resucitado es el Señor, es proclamar que en Él se realiza plenamente el Reino de Dios, es decir el poder del Amor que hace posible la realización de un mundo nuevo en el que imperen la justicia y la paz. Él se nos presenta de muchas formas a través de los acontecimientos cotidianos y extraordinarios de nuestra vida, y por eso es preciso que nos mantengamos atentos para poder reconocerlo y dejar que sea Él verdaderamente el “Señor” de nuestras vidas, a partir de nuestra disposición sincera a cumplir su voluntad que es voluntad de justicia, de amor y de paz.

3. Pedro, triste porque le había preguntado por tercera vez si lo quería, le contestó: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero”

La triple pregunta del resucitado a Simón Pedro, nos muestra la misericordia de Jesús que le ofrece al discípulo que lo había negado tres veces durante el proceso de su pasión, la oportunidad de reivindicarse. Tres veces a su vez le responde Pedro, empleando precisamente el título Señor, como para que no quede duda del sentido de esta renovación que se opera en su vida. Ya Jesús le había perdonado, cuando, después de la triple negación en la noche anterior a su muerte en la cruz, se había arrepentido de su infidelidad. Ahora le ofrece la oportunidad de expresar públicamente su confesión de amor, ante la comunidad de los discípulos.

También el Señor nos ofrece siempre, a cada uno y cada una de nosotros, la oportunidad de reconciliarnos con Él cuando lo hemos negado con nuestros pensamientos, palabras, acciones y omisiones. Como lo hizo con Simón Pedro, también a cada cual le pregunta interiormente, llamándolo por su nombre: ¿me amas? En esta Año Santo de la Misericordia, escuchemos atentos la voz del Señor que nos invita misericordiosamente a reconocerlo como nuestro Señor, confiemos en su misericordia infinita y dispongámonos a vivir cada vez más en coherencia con este reconocimiento.