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Pistas para la homilía

  •   Domingo Diciembre 18 de 2016
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

San José, modelo de fe y de prudencia

Lecturas:

-Profeta Isaías 7, 10-14
-Carta de san Pablo a los Romanos 1, 1-7
-Mateo 1, 18-24

Del 16 al 24 de diciembre, familiares y amigos nos reunimos alrededor del pesebre para rezar la Novena. Se trata de una tradición ampliamente extendida por América Latina, que nos llegó a través de los misioneros españoles. Es una reunión que convoca a las diversas generaciones que integran el grupo familiar; rezamos las oraciones a la Virgen, San José y el Niño Dios; cantamos los Gozos y villancicos; comemos deliciosos platos que son típicos de esta temporada.

Más allá de los componentes folclóricos y festivos de la Navidad, debemos tener presente el motivo que nos convoca: celebramos la iniciativa del Padre, que envía a su Hijo para que nos revele el plan de salvación y supere el abismo que el pecado había establecido entre Dios y la humanidad. Esta increíble historia del amor de Dios se inicia en un establo cerca de una población insignificante llamada Belén. La gloria infinita de Dios se hace presente en un niño que nace entre animales, y unos pastores son los primeros testigos de este hecho único que partió en dos grandes capítulos la historia de la humanidad: antes de Cristo y después de Cristo.

Los adultos no podemos desvirtuar el sentido de las celebraciones navideñas con comportamientos inadecuados. Hay que llamarlos por su nombre: el abuso del alcohol y quemar pólvora. La Navidad es una fiesta familiar, en la que los niños son los protagonistas centrales. Todos conservamos en la memoria las celebraciones de la Novena; nos sabemos de memoria los textos tradicionales de las oraciones y los Gozos (“Benignísimo Dios de infinita caridad que…”); cantamos con entusiasmo los villancicos. ¡No hagamos tonterías! ¡No arruinemos la magia de la Navidad!

En los textos litúrgicos de este domingo, se destaca la figura de san José, esposo de María y padre legal de Jesús. Él es un personaje importantísimo en la historia de la salvación, aunque no siempre lo reconocemos y su figura se desdibuja en la penumbra. Los invito, pues, a recuperar la figura de José, cuyo comportamiento es profundamente inspirador.

En las estatuas y cuadros, es frecuente representar a san José como un anciano frágil, como un abuelo cariñoso al lado de la joven María y del Niño Dios. Se trata de un imaginario sin fundamento. José debió ser un joven atractivo, simpático, que pertenecía a una familia respetada por los vecinos, que gozaba de una cierta estabilidad económica por su oficio de carpintero, y que era mirado con entusiasmo por las muchachas del pueblo. Como dicen las mamás, José era “un buen partido”. El corazón de este joven había quedado atrapado por María, la hija de Joaquín y Ana, una campesina dulcísima. José y María estaban muy enamorados, y las dos familias habían acordado celebrar el matrimonio según los ritos y costumbres de la religión judía.

Esta hermosa historia de amor se ve súbitamente alterada al enterarse de que su novia, la dulce María, estaba embarazada. ¿Qué sentimientos tuvo José? Los mismos que han experimentado todos los enamorados que han estado en la misma situación: dolor, rabia, traición, desconcierto. ¿Cómo pudo pasar esto?, se preguntaba José. En lugar de reaccionar con violencia, apasionadamente, José conservó el control de sí mismo; el texto del evangelista Mateo nos lo narra con precisión: “José, que era un hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto”. José, joven enamorado, había pasado del éxtasis del amor al abismo del dolor y de la frustración. El adjetivo justo, que el evangelista utiliza para describir el comportamiento de José, significa muchas cosas: auto-control, prudencia, generosidad, rechazo de la venganza, deseo de no causarle daño a la mujer que amaba, etc.

Después de describirnos el drama vivido por José, se nos narra una particular intervención de Dios, que le permite a José empezar a comprender que había algo sobrenatural en lo que parecía ser un terrible fracaso afectivo. El texto describe esta profunda experiencia espiritual como si fuera un sueño: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo”. Estas palabras, que José no entiende en tu totalidad, sugieren que se trata de un ser excepcional llamado a cumplir una misión que le ha dado el Padre. José, un judío piadoso, acoge con inmenso amor a María y al niño, y asume sus responsabilidades como esposo y padre.

San José es una fuente de inspiración para todos los cristianos:

Después de haber experimentado el dolor infinito de un amor que se sentía traicionado, es dócil a la acción del Espíritu que le muestra el significado diferente de los acontecimientos.

En un profundo acto de fe, José asume su nuevo rol sin tener una idea precisa sobre la identidad y misión de ese niño. Esto lo irá descubriendo poco a poco.

Es notable la discreción con que José desempeñó su misión de esposo y padre. En el Nuevo Testamento son muy escasas las referencias a su nombre. El mismo comentario hicimos a propósito de Juan Bautista. Estos dos gigantes de la historia de salvación rehúsan cualquier protagonismo. Jesús es el centro; a Él el honor y la gloria. Aquí encontramos una importante lección que debe ser interiorizada por todos los agentes evangelizadores: cuando explicamos la Palabra de Dios, debemos evitar la tentación de plantear nuestras opiniones personales. El objeto de nuestro anuncio es la Persona de Jesucristo. Todo lo demás estorba. Juan Bautista y san José son dos inspiradores maestros en el difícil arte de la discreción y la prudencia.

El próximo domingo celebraremos la gran fiesta del Nacimiento del Señor. En este tiempo de Adviento nos hemos venido preparando para acoger al Señor. Nuestra petición ha sido: Ven, Señor Jesús. Sentados junto al pesebre, escuchemos en silencio el mensaje que estos símbolos navideños nos quieren comunicar.