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El mensaje del domingo

  •   Domingo Marzo 05 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Después de su bautismo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Jesús le contestó: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios." »

Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras."» Jesús le replicó: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios."»

Luego el diablo lo llevó a un monte altísimo y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: «Todo esto te daré si te postras y me adoras.» Jesús le respondió: «Vete Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto."» Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían (Mateo 4, 1-11).

Desde el miércoles pasado ha comenzado el tiempo de la Cuaresma: cuarenta días durante los cuales se nos invita a prepararnos para la celebración de la Semana Santa. Junto con la señal de la cruz que nos identifica como seguidores de Cristo, marcada con la ceniza bendita sobre nuestra frente, hemos recibido la exhortación que nos dice: Conviértete y cree en el Evangelio. Es una invitación a reorientar nuestra vida hacia Dios y a renovar nuestra fe en la Buena Noticia de nuestro Señor Jesucristo, que como lo muestra el Evangelio nos enseña con su ejemplo a vencer las tentaciones poniendo toda nuestra confianza en Dios.

1.- Las tentaciones de Jesús tienen como trasfondo la tentación original del ser humano

La humanidad desde sus orígenes ha experimentado la tentación, y es esto lo que nos muestra la primera lectura (Génesis 2, 7-9; 3,1-7). El relato del pecado original nos indica en qué consiste la tentación original: la pretensión de “ser como Dios” , presentada bajo una falsa concepción del poder divino, como si Dios determinara lo que es bueno o malo según sus propios intereses o caprichos.

La tentación de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal significa simbólicamente el deseo de determinar arbitrariamente qué es bueno y qué es malo. En este sentido, el pecado original del ser humano consiste en orientar torcidamente su conducta al determinar como bueno lo que satisface sus apetitos egoístas y como malo lo que se opone a ellos, desconociendo así su condición de criatura y oponiéndose al plan creador de Dios.

2. Jesús nos enseña a vencer la tentación con la fuerza de su Espíritu

Los apetitos egoístas básicos de todo ser humano son el ansia de poseer, el ansia de aparentar y el ansia de poder. En otras palabras, el hambre del éxito fácil logrado mágicamente, la pretensión de obrar para obtener prestigio y honores, y la ambición de dominio sobre los demás para someterlos a los propios caprichos.

Jesús quiso ser sometido a estas tentaciones humanas para enseñarnos a vencerlas con la fuerza de su Espíritu. Acababa de ser proclamado el Hijo de Dios en su bautismo, e inmediatamente después lo encontramos en el desierto, en un retiro de 40 días, al final de los cuales el tentador (en hebreo satán y en griego diábolos: el adversario) se dirige a Él diciéndole “Si eres el Hijo de Dios”... Al contestarle Jesús citando varios textos bíblicos, el Evangelio nos dice que Él venció las tres grandes tentaciones en las que había caído el pueblo de Israel al dejarse llevar por la triple idolatría de la ambición de riquezas, de las apariencias y del poder terrenal, cuya consecuencia es la injusticia también en todas sus formas, es decir, el desconocimiento de Dios como Creador y el de los demás seres humanos como hijos de Dios.

Pero el relato de las tentaciones tiene además un significado especial con respecto a la misión de Jesús como el Mesías anunciado por los profetas. Entre sus contemporáneos existían las falsas expectativas del Mesías entendido como un líder político y guerrero que solucionaría mágicamente los problemas, que sería reconocido como caudillo supremo por todas las naciones y que se convertiría en el dominador de toda la humanidad, la cual se postraría a los pies de su trono en Jerusalén. Jesús, con su triple respuesta al tentador, rechaza de plano esas falsas expectativas mesiánicas.

3.- Del reconocimiento del pecado a la confianza en la misericordia de Dios

Jesús no cayó en las tentaciones humanas -como tampoco María, su santísima madre-, pero nosotros sí hemos caído y seguimos cayendo. Por eso nos reconocemos pecadores, no sumiéndonos en sentimientos negativos de culpabilidad, sino reconociendo la misericordia infinita de Dios. Cuando el apóstol Pablo nos dice en la segunda lectura (Romanos 5, 12-19) que donde abundó el pecado desde los orígenes del ser humano, allí mismo sobreabundó la gracia de la misericordia de Dios en virtud de la salvación obrada por Jesucristo, nos invita no sólo a reconocer nuestra realidad de pecadores, sino también a poner toda nuestra confianza en su amor infinito, dispuesto siempre a perdonarnos si nos convertimos de corazón a Él.

La disposición a convertirnos, es decir, a salir de toda forma de egoísmo para reorientar nuestra vida de acuerdo con la voluntad de Dios, que es voluntad de amor, se nos invita durante el tiempo de la Cuaresma a expresarla en formas concretas de penitencia, privándonos significativamente de algo material para contribuir a la solidaridad efectiva con los pobres mediante lo que se denomina “la comunicación de bienes”.

Expresemos por lo tanto nuestra sincera voluntad de conversión dándole un sentido auténtico a la Cuaresma: revisando con un sincero examen de conciencia en qué tenemos que cambiar para reorientar nuestra existencia según la voluntad de Dios, implorando su misericordia con la intención de ser también nosotros compasivos con los demás, confesando nuestros pecados en el Sacramento de la Reconciliación y pidiendo la fuerza de su Espíritu Santo para luchar victoriosamente contra todo lo que pudiere apartarnos del plan de Dios en nuestra vida, tal como Jesús mismo nos enseñó a pedir en el Padre Nuestro: no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.-