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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 23 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lucas 11:14-23, jueves, marzo 23 de 2017

La lucha contra el mal no está desligado de lo que por mal se entienda. En el judaísmo se entendía como una tendencia innata del ser humano (yetzer ha-ra´) que no era eliminable sino controlable cumpliendo la Torah; pero igualmente era innata la tendencia al bien (yetzer ha-tov) y a veces entraban en conflicto interno. Con el destierro a Babilonia, donde conocen ángeles y demonios, el conflicto sicológico interno se traslada a uno cósmico externo y dualista, el cual no hemos logrado superar, a pesar de los evangelios. Satanás, que significaba un vicegobernador persa, se trasmuta en múltiples nombres y formas de manera que se identifica con un ser externo, independiente, mentiroso, engañador, poderoso, disociador, con ejércitos, agente de males, enemigo, en una confusión tal que hasta al mismo Jesús lo van identificar con él. Satán, el Diablo, Belcebú, el Malo, el Príncipe de este mundo, Belial, Abadón, Apolón son todos nombres que se le dan en el Nuevo Testamento. Pero más lamentable aún es que la literatura infecta la teología para que el verdadero mal para el cristiano se presente incluso como bien (ángel de luz dicen los autores espirituales; so capa de bien dice la literatura; demonización del otro dice la antropología, sociología y política). En la época de Jesús se demonizaban las enfermedades de causa desconocida como la mudez, la sordera, la epilepsia, y se entendía, como en algunos planteamientos cristianos, como permitido por Dios, prueba de fe, amonestación divina, disciplina y castigo divino. En esta confusión cae incluso el sufrimiento humano, entendido como mal: personificar el mal y el bien en lucha final a muerte, con figuras apocalípticas, ha producido más literatura que sana teología. La caracterización del mal como metafísico, físico y moral es objeto de filosofías que nos ayudan pero el enfoque evangélico corre por otro cauce. En el Antiguo Testamento no hay posesiones demoníacas, excepto la tristeza (¿depresión?) de Saúl que era curada con las melodías del arpa de David. Los demonios que se curaban quemando hiel de pez en el libro de Tobit claramente reflejan la literatura de Babilonia. Pero en la época de Jesús era corrientes en la creencia popular, tanto en Palestina como entre los gentiles. El reinado de Dios es asociado con la abolición de la anterior forma de pensar, pues no se construye destruyendo nada ni a nadie sino construyendo un mundo de perdón y misericordia. En respuesta a quienes acusan a Jesús de obrar con el poder de Belcebú (jefe de los supuestos demonios) les presenta el dilema lógico que encierra: a nivel externo un reino dividido contra sí mismo se derrumba igual que una casa (familia) dividida. Belcebú significaba “príncipe de Baal” un epíteto en Canaán para “señor de los cielos”. También los judíos demonizaban a los dioses extranjeros como Salman Rushdie hizo con los versos del Corán. En cambio, si el mal externo no tiene consistencia es que el reinado de Dios ya se hace presente. Cuando Jesús dice que el mal sale del corazón y Pablo habla del conflicto que me lleva a no poder hacer el bien que quiero están ubicando la lucha donde realmente está: en el interior humano. Hasta tal punto se toma esto como cierto (así como un creador bueno) que los mismos demonios son declarados en el Concilio de Letrán como creaturas de Dios, buenos por naturaleza, aunque hechos malos por sí mismos. Una definición que puede aplicarse a cualquier ser humano esclavo de sus pasiones. Lo “mudo” en el relato es el demonio y el que habla es el mudo; los que se admiran son las gentes que veían todo como un asunto entre demonios; mismos demonios que confiesan conocer quién es Jesús y éste les prohibía hablar en una confusa personificación. La mujer encorvada por 18 años atada por satanás, los oprimidos por otros demonios, demonios impuros, demonio mudo, lo que reciben es liberación sin entrar en detalles médicos. Parecen responder a lo que ha dicho en la sinagoga basado en Isaías: «me envió a proclamar libertad a los cautivos» (Lc 4:18), pues que libere de una cárcel o prisión no aparece en los evangelios, ni siquiera para Juan el Bautista. Lucas es el evangelista que menos distingue entre enfermedad y posesión y con facilidad atribuye una enfermedad al demonio o califica una expulsión como curación. Cuando se dice que Lucas debió ser médico no pensemos en los galenos de hoy, pues las curaciones de entonces era una mezcla de ritos, magia y pócimas. Más parecido a un yerbatero y curandero de hoy. Con el auge de la literatura apocalíptica en Palestina, motivada en parte por la guerra contra los romanos y la destrucción del Templo, era creíble que existiera un príncipe del mal como Belcebú, que gobernaba un imperio perverso dedicado a expandir enfermedades física y mentales para lograr el triunfo del reino de las tinieblas (era el lenguaje de Qumrán) sobre el reinado de Jesús.

Kierkegaard con su pasión por el lenguaje parabólico como el más representativo de Jesús llega a una conclusión que parece paradójica pero que desenmascara muchas ideas sobre el mal personificado y es que lo demoníaco es el “terror de lo bueno”. Encontrar la manera de servir a Dios y a Mammón, de guardar la vida ganándola, de odiar a los enemigos, de atesorar sin compartir, de no volver la otra mejilla, es la forma real como entra lo demoníaco en la vida del creyente. Confesarse incapaz o pecador es más honesto. Ser un pecador en la “esclavitud” del pecado, no es ser demoníaco; lo demoníaco es exactamente lo opuesto; es no estar liberado para hacer lo bueno. El clamor de los endemoniados, o la petición de los poseídos en los evangelios es el deseo de libertad para obrar el bien o para que se les permita hacerlo, pues eran condenados igualmente por los demás. Demoniaco es tener lo relativo por absoluto: el triunfo, el poder, el poseer, el prestigio, la verdad sin caridad, la autoridad sin misericordia, el acumular sin compartir, el poder sin servir. Así se camufla el mal, tanto a nivel personal como comunitario. Fuera del evangelio no tiene sentido el demonio o lo demoníaco y su uso político, social, económico es mera ideología. En las curaciones Jesús tiene contacto directo con el enfermo. No hay rito, encantamiento o recetas secretas. Es probable que se le acuse de obrar en nombre de Belcebú precisamente porque no invoca ninguna autoridad ni emplea ritual tradicional ninguno. Es que lo demoníaco no se solucionaba con estos actos que apenas si mostraban compasión con seres marginados. La verdadera solución a lo demoníaco estaba en toda su vida, sus enseñanzas, sus parábolas, su pasión, muerte y resurrección. Quien quiera controlar el Yetzer ha-ra´ o inclinación a satisfacer sus pasiones a costa de sí mismo y de los demás, no tiene otro remedio que dejar que obre la capacidad de bien en su vida que no es otra que la gracia, la presencia del Espíritu, el Resucitado que clama dentro con gemidos inefables (Rm 8:26). Para los demás males, contamos con médicos, sicólogos y siquiatras; pero el espíritu solo nos los cura y fortalece el Evangelio.