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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 25 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Una pregunta subyacente a la teología y la espiritualidad es: ¿Para qué se hizo Dios hombre? Las respuestas han sido variadas y los relatos de la infancia nos hablan de salvación como razón aunque en un lenguaje propio del judaísmo. La encarnación supone un abajamiento, vaciamiento (kénosis) de Dios para hacerse humano. En general, los Padres de la Iglesia responden a la pregunta diciendo que Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios, discutiendo hasta dónde esto es posible en el ser humano. Es un acto gratuito de Dios por amor al mundo como dice Juan. Para revelar al hombre cuál era el fin al que estaba llamado, el auténtico modelo de humanidad. Los relatos de la infancia responden más a la pregunta ¿Cómo se hace hombre? aunque indirectamente responde a algunos pormenores de la razón. Así, al encarnarse en una doncella virgen nos dice que no es por generación biológica por donde nos llega el modelo de humanidad; al decirnos que era del linaje de David nos dice que recapitula esperanzas de salvación del Antiguo Testamento; al decirnos que es obra del Espíritu nos dice que la nueva humanidad requiere de algo “extra” a la mera razón humana; al decirnos que María fue llena de gracia nos dice que fue por misericordia divina y no por mérito propio que entra en el plan de salvación; al decirnos que será algo superior a la concepción del Bautista nos dice que la gracia es creativa y novedosa, y así otras indicaciones más. Aunque en el judaísmo Yahvé era un Dios cercano que caminaba con el pueblo y se compadecía, presenta ausencia de la idea de encarnación; ésta marca una cisura varias religiones. Igualmente presenta un desafío a la vida del cristiano, pues todas sus expresiones quedan marcadas por el abajamiento (kenosis) de la encarnación. Así, tiene sentido hablar de encarnación del evangelio, encarnación de la evangelización, encarnación de la liturgia, encarnación de la Biblia, encarnación en los sacramentos, encarnación en la vida cristiana. La ley (Torah) judía, las parábolas, el reinado de Dios (la Iglesia) se vuelven una persona: Jesús de Nazaret. La posibilidad de deificación (realización de la semejanza divina) se vuelve igualmente una persona: Jesús de Nazaret. La historia humana llega a su fin, pero paradójicamente porque se suprime el fin y queda abierta a ser una historia de salvación o vida eterna. Para la filosofía y religiones la realidad última era un “eterno retorno”. Lo más cercano a la encarnación en la teología judía era la Sekinah o “gloria de Dios”, pues incluso acompaña a los judíos a Babilonia en el destierro. El fruto de la encarnación es Jesús y no sus “accidentalidades” por lo cual no hay razón teológica para sacramentalizar lugares como el Jordán, lago de Galilea, Monte Hebrón y en fin lugares geográficos u objetos materiales de su vida, muerte, resurrección, ascensión, todos ellos hoy bastante inciertos. Lo sagrado es el creyente como verdadero templo. La encarnación, que pasa por todas esas accidentalidades, las trasciende a todas.

La unión que hace el concilio de Nicea (325) de la encarnación y el nacimiento virginal tiene como finalidad defender la doble naturaleza divina y humana de Jesús frente a quienes enfatizaban una sola naturaleza, ya divina ya humana, que lo reducían a un Dios disfrazado de hombre o a un hombre embaucador con sus ideas de Dios. En la carta a los hebreos, con un lenguaje difícil bastante judío, para resaltar el sacerdocio de Melquisedec y compararlo con el de Cristo, afirma: «Aparece sin padre, sin madre, sin genealogía; no tiene comienzo ni final de su existencia. En esto se parece al Hijo de Dios: permanece sacerdote para siempre» (Hb 7:3). Con un enfoque bien diferente a la anunciación describe la función eterna de Jesús. Pero gracias a los relatos de la infancia sabemos que ese sacerdocio tuvo una concreción de tiempo y lugar en el seno de una mujer. Un escrito nos corrige otro; un testimonio no muy claro es aclarado parcialmente por otro. Todos nos ayudan, sin embargo, a entender cómo el lenguaje cristiano podrá fácilmente servirse del pensamiento judío y desarrollar algunas de sus posibilidades para mejor expresar algo que nunca cabrá plenamente en la razón. Que ni Lucas ni Mateo insistiesen demasiado en la virginidad de la madre, en nacimientos maravillosos, era debido a que la virginidad como tal no tenía gran valor en aquellos ambientes. Marcos y Juan ni mencionan el tema. El nacimiento de Jesús es un misterio (sacramento) de humildad y anonadamiento: «Quien siendo de condición divina... se despojó de si mismo... apareciendo en su porte como un hombre, haciéndose semejante a los hombres» (Fil 2: 6-7). La encarnación nos dice que la salvación está inmersa en la historia sin ser totalmente historia como hoy la entendemos. En su resurrección, como en su encarnación, entra en juego todo el ser de Jesús por lo cual el evangelio de Juan expresa que similar proceso se debe dar en el creyente cuando se le llama hijo de Dios: «Los cuales, no de sangre, ni de voluntad humana, ni de voluntad de varón, sino de Dios nacieron» (Jn 1:13). Si así no fueran, los relatos de la infancia serían meras consideraciones piadosas de los primeros cristianos y no parte imprescindible de toda la vida de Jesús como vida de encarnación permanente.

Walter Kasper, en su libro “La Misericordia” afirma: “El verdadero milagro no estriba en la concepción virginal; esta no es más que un signo corporal y, por así decir, la puerta de entrada de Dios en la historia. Mucho mayor y más asombroso que la concepción virginal es el milagro de la venida de Dios al mundo, su encarnación” (p. 66). El misterio de la encarnación no nos dice, pues, cosas extrañas, sin aplicación en nuestra vida; la encarnación dice al hombre lo que el hombre es. El Vaticano II dice que con la encarnación se dilucida la pregunta ¿Quién es el hombre? pues es el caso común a todo ser humano. La teología, como saber de Dios, era realmente (al menos durante los primeros nueve siglos) un saber del hombre. En Jesús se nos revela cómo Dios crea al hombre y para qué lo crea. La humanidad de Jesús es nuestra humanidad y su divinidad es nuestro “proyecto de vida”. Las espiritualidades buscan ofrecerse “métodos” para lograrlo y son bien distintas de los métodos de auto-realización contemporáneos. Toda la Biblia es la constatación reflexionada múltiple (en géneros literarios, en épocas, comunidades, incidentes históricos, influjos externos, lenguas, etc.) en la cual se expresa lo que la comunidad judía entendió del modo de obrar de Dios a partir de la experiencia. El Antiguo Testamento cubre cerca de dos mil años de ese desarrollo y el Nuevo Testamento no es nada diferente en la comunidad de los creyentes, pero en un período más corto: unos cien años. Por eso el desafío sigue siendo encarnar hoy, en lenguaje de hoy, en los problemas de hoy, en la comunidad de hoy, en las circunstancias de hoy, la manera como Dios sigue construyendo seres humanos según el modelo eterno de Jesús. Toca a cada creyente el ejercicio de su propia encarnación.