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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 26 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 9:1-41, domingo, marzo 26 de 2017

El Dios judío, y el cristiano, es un Dios de la palabra, del oído, del oír, del escuchar, del Shemá. Sin embargo, por el influjo griego también se introduce el ver, el ojo, el mirar, el observar como vía para la experiencia mística de Dios. Sin embargo, siendo Palestina tierra de desierto, se constata que había bastante problema con los ojos, además de la ceguera senil. Isaac, Jacob y Elí pierden su vista en la vejez y en el caso de Isaac da para ser engañado confundiendo a Jacob con Esaú. En contraste se dice que Moisés (literalmente divinizado por comentaristas judíos y muchos Padres de la Iglesia) tiene su vista intacta a los 120 años de edad. Yahvéh podía castigar con la ceguera de los enemigos en batalla para favorecer a Israel y el ciego era tratado como marginado. En los Hechos de los Apóstoles se dice que Pablo castiga con la ceguera al mago Elimás o Bar Jesús (Hc 13:11) . Ni sacerdotes ni animales de sacrificio podían ser ciegos y los ciegos no podían ser jueces en pleitos. La ceguera también es usada en sentido metafórico como cuando Jesús llama ciegos y guías de ciegos a los dirigentes religiosos de Israel y cuando se llama ciegos a los discípulos, o cuando se refiere a las parábolas diciendo que muchos ven sin percibir o cierran los ojos para no percibir. También se habla de la ceguera de Pablo por varios días en el camino de Damasco. Los discípulos de Emaús estaban ciegos para reconocer a Jesús en el caminante. En el Nuevo Testamento se representa la situación del hombre respecto de Dios, con los símbolos del hombre a quien falta un sentido (de los cinco) o una disfunción orgánica: el ciego, el sordo, el mudo, el sordomudo, el leproso, el encorvado, el paralítico. Las curaciones de ciegos se ubican pues en este contexto.

El evangelio de Juan tiene cuatro relatos propios que llama signos que son: bodas de Caná, el paralítico de la piscina, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. A diferencia de los sinópticos estos cuatro hechos producen conflicto, discusión y están llenos de numerosos detalles extra que ayudan a darles un sentido más teológico. En el caso del ciego aparece el uso medicinal de la saliva y el barro —posible alusión a la creación en el Génesis, Adán = barro rojo— y las curaciones que hace por su propia iniciativa en sábado. En Juan los signos llevan a la fe o a la incredulidad y oposición. Casi que la primera mitad del evangelio está dedicada a los signos que llevan a los espectadores a la fe y la segunda (a partir de la crisis de Galilea) el signo lleva mayoritariamente a la contradicción y a la no-fe. La crisis de Galilea está marcada en Juan por la dolorosa pregunta a sus discípulos: «¿Acaso también vosotros queréis iros?» (Jn 6:67). Juan no narra las tentaciones en el desierto como los evangelios sinópticos, pero el relato del ciego de nacimiento puede leerse como las tentaciones, no ya de Jesús, sino del hombre religioso o moralista. Los mismos fariseos ven la curación como argumento a favor de Jesús como Mesías pero reconocerlo supone desautorizarse pues acababan de prohibir que nadie reconociera a Jesús. Sus razones teológicas podrían resumirse: a) El Dios verdadero prefiere que se respete el sábado a curar a un ciego; b) hay que obligar al ciego y a sus padres a que acepten la conclusión farisea de que un pecador como Jesús no puede curar; c) ridiculizados y divididos los fariseos por un iletrado declaran al ciego también pecador; d) echan al ciego de la sinagoga como hereje y en nombre de Dios. Los considerados pecadores, impuros, castigados de Dios coincidían precisamente con los marginados de la sociedad de entonces. Esto era refrendado por Yavhéh de tal manera que no era imaginable marginación sino por culpa propia . Esto es tan fuerte que los mismos discípulos culpan los pecados del ciego o de sus padres por la ceguera del así nacido. Algunos rabinos llegaban a postular “pecados” cometidos en el seno de la madre. Hoy la genética nos saca de apuros en esto. Menos mal que Jesús se ocupa de la misericordia y no de la medicina. Así, el relato del ciego de nacimiento es el pretexto para una diatriba entre la concepción de Jesús como compasión, misericordia (amor o ágape en el lenguaje de Juan) y los representantes oficiales de la religión judía (fariseos, judíos, Sanedrín). El veredicto sobre Jesús es: «Este hombre no viene de Dios pues no guarda el sábado» (9, 16). La pregunta para los lectores del evangelio puede ser: ¿Dónde está Dios: en el mendigo que deja de serlo o en el sábado guardado?

En los evangelios hay varios relatos sobre ciegos y con diferentes finalidades, narrados para diferentes comunidades, con diferentes intenciones. Pero en última instancia todos buscan lo mismo. Que el lector se identifique con Jesús. El ciego de nacimiento, sin entrar en detalles médico-genéticos, nos invita a que haciendo como Jesús seamos capaces de “abrirle los ojos” a los demás permitiéndoles que vean. Hoy lo logran con el braille y vinculación académica y laboral. No necesitamos caer en las referencias alegóricas y auto-complacientes de Agustín de Hipona cuando interprete en su sermón sobre el evangelio de Juan diciendo: «El ciego de nacimiento es la imagen de nuestra alma curada por Jesús, libertada de las tinieblas eternas y devuelta a la luz por la gracia del Verbo encarnado» que nos puede producir orgullo más que misericordia. Históricamente, dado el tiempo en que se recoge el evangelio de Juan, a finales del siglo I, la ruptura con la sinagoga no se da en Jerusalén sino en la escuela de Jamnia ( o Yavne) que es donde se conserva el judaísmo para la posteridad. Allí ser habría definido el canon de las Escriturad Hebreas que por diferir de la Septuaginta (Biblia de los Setenta) da origen a la diferencia de libros entre los católicos y los protestantes. El evangelio de Juan, cuya autoría se asigna a finales del siglo II, no es una obra de una sola persona ni de una sola época. Se suele hablar que es fruto de la escuela joánica. En él se aprecia claramente la distancia entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la comprensión eclesial. El relato del ciego de nacimiento es paradigmático: un acontecimiento del tiempo del redactor, a fines del siglo I, es puesto en el tiempo de Jesús con todo el anacronismo que eso significa pero a la vez con abundantes luces sobre cómo entendían y aplicaban las enseñanzas de Jesús. Los relatos de los "signos" en el evangelio de Juan se parecen a los "relatos de milagro" de los sinópticos pero acentúan más claramente su valor simbólico, ya que se escogen y colocan en relación a los temas que desarrolla luego el discurso de Jesús o del propio evangelista. La mayor parte del relato la ocupa el debate y no la curación misma.