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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 27 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 4:43-54, lunes, marzo 27 de 2017

La concepción griega de la muerte, que afectó mucho la concepción cristiana, era la separación definitiva del alma del cuerpo. Era incluso un beneficio, pues el alma volvía a dónde nunca debió salir que era el mundo de las ideas, la morada de los dioses. Salió por un accidente del carruaje de Fedón que tiraban dos caballos: uno brioso (malo) y otro pacífico (bueno). Con este esquema (de Platón) se interpretó predominantemente la caída de Adán. Pero el judaísmo tenía una concepción distinta. La vida humana estaba en el soplo divino (ruah, espíritu) de tal manera que el alma podía salir y volver a entrar en el cuerpo, como en el caso de Elías y el infante: «Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahveh y dijo: "Yahveh, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él» (1 Re 17:21). Pablo, para resaltar que la vida del cristiano es en el Espíritu de manera que la vida biológica pasa a un segundo término, expresa su situación vital como quien ya no vive sino que Cristo es quien vive en él y la existencia del creyente como la de quien agoniza «como si fuéramos moribundos, aunque seguimos viviendo» (2 Co 6:9). La lucha con la muerte, que parece ser la que mejor confronta la existencia humana, es llevada por Pablo a la existencia corriente cuando invita a “agonizar conjuntamente con el” por Cristo (Rm 15:30) como la forma de completar la pasión de Jesús.

Las curaciones en Juan son entendidas como signos que el oyente, observador (en su tiempo) y el lector hoy deben interpretar en función de la fe. Jesús rechaza hacer signos para complacencia humana de manera que cuando sus hermanos le piden que demuestre su poder en Jerusalén rechaza subir con ellos allí (Jn 7:4-7). Hay una discreción en los signos de manera que en vez de ir con el funcionario a Cafarnaún cura a su hijo a distancia, como en el caso del paralítico de Betzatá dialoga a solas con él. En el relato de apariciones se muestra solamente a sus discípulos en el lago de Galilea. Igual sucede con el ciego de nacimiento y el signo es evidente y aceptable solamente para el que antes era ciego; para los demás es un problema. En el caso de hoy, la anotación final «creyó él y toda su familia» es la confirmación de que el signo ha logrado su cometido. Antes lo había expresado con el mismo sentido de creer cuando dice del funcionario real: «Creyó el hombre en la palabra que Jesús le dijo» que correspondía a la afirmación de que su hijo vivía. En el signo de Lázaro, se producen tanto seguidores como detractores de Jesús como es propio de la ambigüedad del signo. Al comienzo del relato se hizo referencia al signo del agua y el vino en Caná de Galilea.

La historia del hijo del funcionario real es probablemente la tercera variación del hijo del centurión que de hecho tiene dos diferentes versiones en Lucas y Mateo. Una razón para ver que los evangelios recogen tradiciones orales de la comunidad. Dado que en los sinópticos el centurión es tenido como gentil o pagano, para algunos comentaristas Juan quiere presentar el camino de la fe desde el judío (fariseo) Nicodemo, a través de la medio-judía, medio-pagana Samaritana, hasta el oficial pagano. En Juan el discípulo de Jesús se caracteriza por una nueva forma de amar según el modelo del “discípulo amado”. También puede leerse como la exaltación que hace Jesús de la vida, no la biológica, sino la vida en el amor, la vida que llama a menudo “vida eterna” que empieza aquí y ahora. Por eso llama a Nicodemo a un “renacer” sin que implique entrar de nuevo al vientre de su madre para recibir vida biológica. A la Samaritana le habla de “agua de vida eterna” como el clímax de vida restaurada. A las multitudes alimentadas les dice que el pan que da no es el maná sino el “pan de vida”. Quien no ama a la manera de Jesús ya está de hecho muerto aunque respire y siga con funciones vitales: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn 6:54).

En el evangelio de Juan hay siete relatos de señales (milagros ): 1) las bodas de Caná; 2) la curación del hijo de un funcionario, 3) la curación del tullido de la piscina de Betzatá; 4) la alimentación a la multitud; 5) el paseo por las aguas del lago; 6) la curación del ciego de nacimiento; y 7) la resurrección de Lázaro. Este número de siete sabemos que tiene un sentido simbólico. Exceptuando los dos primeros, siempre van unidos los signos a largos discursos de revelación o polémicos, que por lo general tienden a proyectar la mayor luz posible sobre su significado. Son como homilías de tipo midráshico en donde el relato sirve para aclarar o escenificar un principio o afirmación. Su origen pudo estar en la liturgia cristiana, pues como lo reconoce el Vaticano II la Iglesia nace y se nutre de la Eucaristía, no solamente en el sentido espiritual sino también en el histórico. Juan, siendo el último de los evangelios recogidos, da un sentido de perennidad a Jesús a través de sus signos. Estos superan la mera tradición en Palestina. En las bodas de Caná, Jesús crea una auténtica bodega de vino que perdura; con el hijo del funcionario de hoy la distancia es superada por la Palabra; con el enfermo de la piscina de Betzatá, al que Jesús sana, lleva ya treinta y ocho años de enfermedad y su curación estaba descartada de hecho; en la repartición de panes hay sobras para rato pues quedan doce canastos; en la curación del ciego de nacimiento se descarta el pecado propio o ajeno y se supera la limitación biológica; en la resurrección de Lázaro, que aparece como el último de la serie, tiene como consecuencia directa la condena a muerte de Jesús por parte del sanedrín. La resurrección de Lázaro (que no es la de Jesús) preanuncia que el signo por excelencia es la resurrección y es este el signo de discordia hasta hoy. Si se acepta todo tiene sentido y si no se acepta «vacía es entonces nuestra proclamación; vacía también nuestra fe» (1 Co 15:14). Pero en Juan esta señal es bastante particular pues coinciden la muerte, resurrección y glorificación de Jesús en un mismo sitio: la cruz. De ahí que la señal por excelencia no aparece en su vida pública. A la súplica del funcionario para curar a su hijo responde Jesús con una sentencia fundamental: «Si no veis señales y prodigios, no creéis» como en la aparición a Tomás alaba a quien sin haber visto ha creído. En los evangelios aparece la relación fe y curación (fe y milagro) en una relación recíproca que impide que hagamos lo uno causa de lo otro. Los signos de Jesús ¿Eran para que creyeran en él? o ¿Los entendían lo que ya creían? Precisamente en la resurrección se da tal conjunción: si crees ya tu vida empieza a ser vida eterna; si no crees ya empezaste a vivir la condenación. Lo doloroso es que tal juicio, así sea personal, tiene afortunadas o dolorosas implicaciones en los demás. Por eso el amor en Juan (palabra clave de este evangelio) nunca existe si no se da a los demás sin importar su estado.