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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 29 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 5:17-30, miércoles, marzo 29 de 2017

El evangelio de Juan es el que más elaboración nos presente de la relación entre el Padre y el Hijo, que en la formulación clásica nos ha llegado como dos personas de la Trinidad. En el evangelio de Juan Dios es referido como Padre unas 118 veces, en los sinópticos y en Pablo tiene un apelativo más “cariñoso” que es Abba. Indudablemente que el término “padre” tiene connotaciones culturales del judaísmo y precedentes en el Antiguo Testamento. Gregorio de Nisa escribía que “madre” podría reemplazar a “padre” como nombre de Dios porque no había masculino ni femenino en la divinidad. Ciertamente en el este evangelio Dios es padre de Jesús como desea ser padre de todos, al igual que María aparece al pie de la cruz como “madre” y el “discípulos amado” como “hijo” de manera que la paternidad y maternidad espirituales recorren este evangelio. Cuando Jerónimo introduce el término “unigénito” lo hace para contener a los arrianos que sostenían que Jesús era creado y no engendrado. Atanasio introduce el concepto de hijos por adopción para los creyentes y de Jesús como hijo único. Ahora, teniendo en cuenta el concepto de persona, alejado del individualismo al que llegó la filosofía, ni el padre ni el hijo pueden ser persona sin el otro y finalmente sin el Espíritu. La persona es relación, comunión y sin éstas es inexistente, pues nadie puede decir yo sin un tú, ni un tú sin un nosotros. Hasta tal punto destaca esto Juan que lo que hace el Hijo es como hecho por el Padre y viceversa; la voluntad del Padre es la del Hijo y viceversa. Incluso en la pasión, cuando en los sinópticos Jesús sufre para aceptar finalmente la voluntad del Padre, en la oración en el huerto, en el evangelio de Juan no aparece tal conflicto y por el contrario Jesús afirma que ha venido precisamente para esa hora de la pasión. De ahí que Juan no utilice la expresión “Dios viviente” sino “Padre actuante” (mi Padre trabaja, casa de mi Padre = Templo, mi Padre me da sus obras, no los acusaré ante mi Padre, mi Padre les da pan, mi Padre me honra, viéndome a mí ven al Padre, etc.) Jesús como Hijo y Dios como Padre son como las dos caras de una misma moneda. Al contrario de lo que se sostenía en las culturas griega, romana y judía de que el padre tenía la autoridad y el poder de vida y muerte sobre los miembros de su casa, el Padre, en el evangelio de Juan, entrega tales privilegios al Hijo como en el vaciamiento o abajamiento (kénosos) en Pablo. No es un Padre que quiera incrementar o mantener poder sino por el contrario que lo entrega una y otra vez a Jesús y éste a sus seguidores. Es lo contrario del sentido de la autoridad religiosa y civil de su época. El Buen Pastor da la vida por las ovejas y arriesga su vida por los necesitados y por la “verdad”. Como lo expresa el teólogo Karl Barth: la paternidad divina no es el mero reflejo de la experiencia humana, sino su desafío al nivel más profundo de proyección humana de autoridad y soberanía. La imagen trinitaria es de la unidad en la diversidad y excluye todo subordinacionismo, rol predeterminado, cualquier reduccionismo o uniformidad. Atanasio da una formulación a la presencia trinitaria en toda la creación expresando que Dios está presente por encima de todo como Padre, a través de todas las cosas como Palabra (logos en Juan) y en todas las cosas por el Espíritu. En los relatos del nacimiento de Mateo y Lucas, la paternidad de Dios se da por medio del Espíritu que cubre a María. En Juan, quien parte de un Jesús adulto como Marcos, la paternidad se da por una relación íntima y el Espíritu se entrega precisamente en la cruz. En Lucas luego de Pentecostés. Así podemos ver como en los evangelios se van dando diferentes imágenes de relación trinitaria de tal manera que ninguna “persona” de las tres consigue sentido sin las otras dos. La imagen trinitaria es común a todos los Padres de la Iglesia para expresar el versículo del Génesis: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen (eikona, en griego), como semejanza (omoiosin, en griego) nuestra» (Gn 1:26). También en el estricto monoteísmo judío Dios tenía su contraparte en el ser humano, como en la relación padre-hijo del cristianismo.

En el sermón del monte a los luchadores por la paz se les llama hijos de Dios, un título honorífico que expresa la máxima relación que se puede vivir con Dios en nuestro leguaje. Pero tenemos que reconocer que el lenguaje metafórico igualmente se desgasta y puede terminar en metáfora muerta. Hoy, el patriarcalismo en la idea de padre está sometido a revisión y crítica con buenos argumentos; por ejemplo, por la dimensión maternal de la misericordia. Dios como madre puede tener mayor resonancia en muchos medios populares que Dios como padre. Isaías no vacila en describir la relación de Yahvéh con Israel como la de una madre en parto: «Estaba mudo desde mucho ha, había ensordecido, me había reprimido. Como parturienta grito, resoplo y jadeo entrecortadamente» (Is 42:14). El desafío es encontrar imágenes encarnadas en el mundo de hoy que puedan desafiar la idea de que un sexo, raza, clase o cualquier grupo pueda pensarse a sí mismo más parecido a la imagen de Dios que otros. Lograr expresar un Dios como padre de todos con metáforas convincentes y provocadoras.
Todas las afirmaciones en este evangelio llevan a la afirmación de la “vida eterna” que empieza aquí y ahora para quien se decide frente a Jesús. La resurrección es la consecuencia lógica de tal decisión. El juicio pasa del Padre a Jesús y de este a cada uno de sus seguidores u opositores. La salvación, la vida eterna no pueden desligarse de Jesús, pero tampoco son realidades objetivas, que se pueda poseer como propiedad privada, objetiva o cosificada. Quien no ama al hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve, es parte de esta aclaración. La vida eterna se tiene siempre en forma de un determinado ser, de un ser en movimiento, vivo, que sufre incluso cuando ama. En el diálogo de Jesús con Marta hace afirmaciones escandalosas para los judíos como: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11:25) aplicable precisamente a esta vida de caminantes. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14:6) no es posesión definitiva puesto que el camino es para andarse, la verdad para construirse en la caridad (lo dice Pablo) y la vida es esta que ahora poseemos. Tales afirmaciones no se validan por la mera reflexión personal sino con la vida de cada creyente como persona, comunión, comunidad, Iglesia. Su expresión más evidente es la Eucaristía en donde expresamos el camino como vida evangélica, la verdad como enseñanza de las Escrituras y la vida como fraternidad en construcción. Nada por fuera de la relación, como en la Trinidad. Jesús es esa realidad última que como crucificado y resucitado de entre los muertos, vive junto al Padre, entrega el Espíritu y a la vez está presente en la comunidad por su poder vivificante. En Juan no aparece el sustantivo fe (pístis, en griego) sino el verbo creer porque todo en él es la dinámica del Padre, del Hijo y del creyente que debe amar con el amor del Hijo, aunque la imagen familiar no nos diga hoy mucho.