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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 30 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 5:31-47, jueves, marzo 30 de 2017

Los testigos y testimonios sobre Jesús en el evangelio de Juan no producen automáticamente la fe. Entran dentro de la concepción judía (igualmente cristiana) de la confianza (hemet en hebreo) en los mediadores que Yahvéh utiliza para hacer oír su palabra al pueblo. En el caso de los cristianos la experiencia personal es ineludible y los demás son mediadores o “agentes pedagógicos” que a menudo presentan aciertos pero también falencias. Los evangelios, y en buena parte las cartas, buscan la identificación del creyente con Jesús, no con sus mediadores. En el evangelio de hoy Jesús alude a los testimonios del Bautista (una lámpara como Elías) pero que no era la luz. Aunque despierta entusiasmo entre las multitudes de judíos, fariseos, publicanos y algunos pecadores, definitivamente no logra el cometido de la conversión por medio del bautismo en el Jordán. Algunos de sus discípulos siguen a Jesús en este evangelio; el mismo Bautista es asimilado a un discípulo que consigue otros discípulos para Jesús. El segundo testimonio es el de las obras mismas de Jesús (purificación del Templo, curaciones, signos, debates) como las admite Nicodemo. Jesús no reclama para sí ninguna de ellas sino que las atribuye el Padre. El tercer testimonio es el del mismo Padre (de los judíos y de todos) que ha preparado el camino para Jesús en el Antiguo Testamento. Esto equivale en los sinópticos al cumplimiento de las profecías. En el Sinaí solamente Moisés tiene trato con Yahvéh y al pueblo le toca aceptar sus palabras (decálogo). Jesús es como el nuevo Moisés, pero a la vez marca sus diferencias con él como en el discurso del pan de vida. El verdadero maná no era el del desierto sino el nuevo pan de vida eterna. Pero si Moisés fue enviado, ahora el envido es Jesús. Finalmente las Escrituras, leídas adecuadamente, también darían testimonio de Jesús. Esto es más complejo en vista de que los judíos no aceptan mayoritariamente a Jesús como Mesías y era y es el pueblo del Antiguo Testamento .

Jesús comprende que los fariseos no aceptarán estos testigos ni testimonios. Sus expulsiones han sido calificadas como en contubernio con Belcebú; sus curaciones como quebrantamiento del sábado; sus debates como irrespeto a los mayores; su pretensión de igualarse a Dios como blasfemia. El juicio general de Jesús, quien en última instancia es el acusador, es que la motivación profunda no es tanto ideológica o bíblica sino miedo a perder el prestigio humano que los fariseos tenían entre los judíos como observantes de la Torah (ley). Para los judíos uno de los honores supremos era la investigación de las Escrituras, siendo la actividad más elevada a la que un judío podía dedicarse. Pero aún en las causas más nobles se pueden filtrar intereses bien mundanos. Para Jesús, el mismo Moisés era el acusador de los fariseos así como los profetas a quienes no escucharon. Los profetas sucedieron a Moisés como la “ley oral” mientras Moisés era la “ley escrita”. Ciertamente en vez de escuchar a los profetas prefirieron perseguirlos y asesinarlos, excepto Elías que es arrebatado por un carro de fuego. La carta a los hebreos sintetiza estas formas de comunicarse de Dios: «Muy gradualmente y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres mediante los profetas. En estos últimos tiempos nos habló por el Hijo» (Hb 1:1). Jesús, en contraste con los fariseos y maestros de la ley, no se preocupa de la “gloria”, es decir, del reconocimiento y aceptación de los hombres, cual si estuviera pendiente de ello. El reconocimiento público no siempre coincide con el reconocimiento por parte de Dios, como resultó claro en el caso del profeta Jeremías. A Jesús le basta única y exclusivamente buscar la honra y la voluntad de Dios, sin contar para nada con el reconocimiento por parte de los hombres, cuando ese reconocimiento no consiste en creer y vivir de acuerdo a lo que se cree; es el amor en el caso de Juan. A los judíos les falta ese “amor de Dios” que se traduce en amar a los demás. La fuerza de dicho amor los llevaba a amarse a sí mismos y a amar su saber sobre las Escrituras. Como el juez que ame la ley y desprecie al reo en nombre de la misma ley . Creer para quien se ha hecho esclavo del prestigio social se reduce, como en la fe del carbonero, a tener por cierto lo que le ha traído éxito o tranquilidad de conciencia, aunque sea lejano al evangelio. Creer exige en definitiva el liberarse precisamente de eso y, en todo caso, proporciona una independencia y libertad radicales, precisamente porque se trata del reconocimiento de parte de Dios y, por ende, de lo más sagrado del hombre que es su propia conciencia. «La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios» (Vaticano II, GS, 16). La frase final del evangelio apunta a la carencia, para entonces, de unas Escrituras cristianas similares a las hebreas: «Si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?» El judaísmo es la religión del Libro y los cristianos aún lo eran de la tradición oral. La palabra escrita de la Escritura y la palabra hablada de Jesús se confrontan aquí entre sí. Todavía no existía un Nuevo Testamento como lo tenemos hoy. Las palabras de Jesús quedaban en desventaja frente a las Escrituras judías. A menudo, y es una acusación que debemos escuchar, se ha dicho que el evangelio de Juan es anti-semita. Pero aunque hay afirmaciones que dan para suponerlo, el mensaje de Jesús no se reduce al evangelio de Juan. Judíos es un genérico para los opositores de Jesús en este evangelio; en cambio, utiliza Israel con sentido positivo de creyentes del judaísmo que aceptan el mensaje de Jesús, incluso de algunos fariseos. Las confrontaciones religiosas debemos dejarlas en el pasado. «Porque, si creyerais en Moisés, también creeríais en mí, porque acerca de mí escribió él» sigue siendo inaceptable para el judaísmo pero su esperanza en un mesías venidero tiene bastante en común con la escatología cristiana. Pablo esperaba, en la carta a los romanos, que los judíos fueran seducidos por la vida de los cristianos más que por sus ideas. El Vaticano II reconoce humildemente el desfase entre lo que profesamos y lo que vivimos y la conversión nos cobija a todos individual y colectivamente. El Antiguo Testamento es herencia común que nos une y no disputa que nos enfrente. Pablo nos dice que con la muerte y resurrección de Jesús se hizo de dos pueblos (judíos y gentiles) un solo pueblo: el pueblo de Dios en donde todos pueden encontrar salvación. Tanto en el judaísmo como en el cristianismo, terminamos nuestras oraciones con el ¡Amén! que es la esperanza de que se realice lo que rezamos; ambos vivimos un presente en función de un futuro que aún no llega. Ambos tenemos del desafío de ser testigos de lo que decimos creer y el mejor testimonio es la vida coherente.