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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Marzo 31 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 7:25-30, viernes, marzo 31 de 2017

De Jesús es prácticamente imposible armar una biografía como las de hoy. Se hizo en el pasado escribiendo muchas vidas de Jesús, pero no pasaron de buenas novelas, taquilleras películas a menudo fantasiosas y tendenciosas. Pero no se necesitan biografías para ahondar en su mensaje. Según los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) la predicación de Jesús dura más o menos un año; según el evangelio de Juan dura unos tres años. Que Jesús suba a Jerusalén para la fiesta de las tiendas, tabernáculos, enramadas, o palmas (Sukkot) que cae hacia el otoño, y muera en Pascua, que cae en primavera, nos hace pensar que pudo pasar en Jerusalén y sus alrededores unos seis meses. Allí se daría la mayor parte de la instrucción a los discípulos, pues presiente cercano su trágico final. La fiesta era de origen agrícola (recolección de cosechas de uva y aceitunas) a la que se dio el sentido religioso de los 40 años de travesía del desierto. Parte de la celebración era tomar ramas de las cuatro especies (árboles frondosos, palmeras, retoños y juncos) y agitándolas dar con ellas vueltas a la sinagoga mientras se canta el Hosanna. Se dormía en enramadas (aún hoy). Hosanna era propiamente una oración judía pidiendo la lluvia, aunque no se menciona, pues significa: “te pedimos que nos salves”. Es propio del lenguaje religioso este sentido traslaticio. En el Nuevo Testamento aparece seis veces ¡Hosanna! siempre en relación con la entrada de Jesús a Jerusalén, con connotaciones mesiánicas inaceptables para el judaísmo. También entraban las libaciones con agua y es el momento en que Jesús se declara como fuente de agua viva, enfatizado en el diálogo con la Samaritana junto al pozo de Jacob. El agua se llevaba en procesión desde la fuente de Siloé hasta el Templo. En el camino a Jerusalén, para dicha fiesta, habría sucedido la Transfiguración y la petición de Pedro para construir tres tiendas (tabernáculos) estaría asociada a dicha costumbre judía. En la encarnación dice Juan en su prólogo que la Palabra (logos, verbo) “plantó su tienda en medio de nosotros”. En Juan es clara la tendencia a ubicar las actividades de Jesús en Jerusalén y no es extraño que aparezca predicando, enseñando o debatiendo allí en la fiesta de Sukkot; esta fiesta, junto con la Pascua (pesaj) y Pentecostés (shavuot) eran los momentos de mayor público en Jerusalén. La enseñanza de Jesús impacta porque a diferencia de los rabinos, no andaba citando autoridades del pasado sino que se apoyaba en su propia autoridad y en lo comunicado por el Padre. En este modo de hablar se parecía a los profetas que solían empezar o terminar con “así habló Yahvéh”. Jesús habría regresado a Jerusalén luego de año y medio de haber curado en sábado por lo cual buscaban matarlo. En Juan aparecen tres subidas a Jerusalén en pascua, lo que da el cálculo de los tres años. Aparece igualmente en la fiesta de Hannuka (las Luces) que cae hacia diciembre y celebra el triunfo macabeo sobre el griego Antíoco IV Epífanes. En esta última estadía en Jerusalén ubica Juan la resurrección de Lázaro, la cual no es narrada en los sinópticos. Las enseñanzas de Jesús dividen a sus oyentes. Quienes lo ven como Mesías reciben el contra argumento de que el Mesías aparecería de un momento a otro sin saberse de dónde venía y de Jesús conocen su pueblo y origen. Además, estaría precedida su llegada por el retorno de Elías, una de las figuras de la literatura judía con vigencia hasta hoy. Irónicamente se alude al origen galileo de Jesús «¿Acaso el Mesías va a proceder de Galilea?» (Jn 7:41). El judaísmo de la época era contradictorio pues aunque había facciones y debates frecuentes entre ellas (saduceos, fariseos, zelotas, esenios) y alianzas con el poder civil de Roma, simultáneamente había fanatismo e intolerancia religiosa.

Mesías significa “ungido” en hebreo y se aplicaba a objetos y personas. Para las personas significaba encargarse de un papel especial como los reyes, profetas, sacerdotes e incluso se da tal calificativo a Ciro (rey persa que autoriza el regreso de Babilonia). De manera más restringida mesías era un descendiente de David que vendría en el futuro, quien los volvería a la “edad dorada”. En forma más “teológica” nace el mesianismo como la creencia en un mejoramiento último de la humanidad y el mundo como consumación final de la historia. En este sentido el judaísmo está más cerca del cristianismo de lo que pensaron los Padres de la Iglesia empeñados en la apología cristiana. Tal estado lo esperaban de Yavhéh y el cumplimiento de la Torah pero las experiencias negativas de injustica interna, invasiones, destierro, corrupción de la monarquía y corrupción moral lo habían frustrado. De ahí el llamado de los profetas que no fue escuchado y por el contrario fueron masacrados. Los evangelios, especialmente Mateo, se inclinan por la filiación de Jesús con David y es una figura frecuente en los salmos, oraciones y liturgia de la Iglesia. Pablo presenta a Jesús en ruptura con David, pues si fue de su ascendencia lo habría sido en la carne y a Jesús se le conoce en el Espíritu. «Aunque hubiéramos conocido a Cristo por su condición puramente humana, ya no le conocemos así ahora» (2 Co 5:16), «la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» (1 Co 15:50). La lucha de los macabeos contra los griegos fue el hecho histórico, político y religioso que más fomentó el pensamiento mesiánico, pues a diferencia de otras invasiones (persa, babilónica, egipcia, romana) pretendía la superioridad de los dioses griegos sobre Yahvéh y la superioridad de la ética griega sobre la judía. Pero el nuevo mesianismo no queda atrapado en lo histórico y se vuelve más apocalíptico, escatológico, del futuro sorprendente. Entonces se enriquecen fuertemente las nociones de “reino de los cielos”, “juicio final”, “resurrección de los murtos”, “juicio universal”, etc. Simultáneamente se desarrolla el pensamiento de un mesías como individuo, o como colectivo (el resto de Israel, los salvados, una secta), o como todo el pueblo (nuevo Israel, nueva creación, nueva humanidad); reflexiones que ilustran mucha parte del lenguaje del Nuevo Testamento, especialmente el libro del Apocalipsis o Revelación. En éste hay mezcla de mesianismo político, religioso, militar, guerrerista que ha causado más de un dolor de cabeza en la historia de la humanidad por sus lecturas extremistas: bestia apocalíptica (de siete cuernos, de dos cuernos, de color escarlata), Armagedón, dragón encadenado y numerosos animales vueltos símbolos del mal, “falsos mesías”, pseudo-mesías que resultan más atractivos que los mensajes esperanzadores de este libro. El mesianismo, bajo otros títulos, sigue siendo un desafío cuando buscamos una humanidad en paz y justicia, con tolerancia, libertad y emancipación de la opresión; incluso con sistemas políticos, económicos y sociales con nombre propio (socialismo, capitalismo, comunismo, cooperativismo, democracia, paz justa). Por supuesto que el mesianismo para los creyentes debe pasar por el crisol del evangelio sea cual sea su formulación actual.