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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 02 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 11:1-45, domingo, abril 2 de 2017

De Lázaro conocemos varias facetas, pero el relato más extenso y sonado es su resurrección. Lo primero que hay que decir es que la resurrección de Lázaro no es la de Jesús, pues se circunscribe a la reanimación de un cadáver. Lázaro muere de todas maneras y Jesús resucita para no morir jamás. Algunos detalles de la narración nos pueden ilustrar algunos puntos. Jesús muestra una gran amistad con Marta, María y Lázaro de Betania. Con ocasión de la enfermedad de Lázaro mandan el recado a Jesús «tu amigo está enfermo» y se nos dice que Jesús derrama lágrimas por él. Pero igualmente se nos habla del equívoco “joánico” de muerte y sueño, algo que aparece igualmente en el relato de la curación de la hija del jefe de la sinagoga (Mc 5:39). El relato de Lázaro bien puede ser una representación plástica de las reacciones de la comunidad cristiana frente a la enfermedad y la muerte. Marta y María piensan que con Jesús su hermano hubiera escapado de la muerte física. «Si hubieras estado aquí no habrá muerto mi hermano», es su sentimiento unánime. También hay lamento de la comunidad y entran igualmente los discípulos de Jesús. Pero Jesús no tenía manera de escapar de la muerte física ni para los demás ni para sí mismo. Si vence la muerte es muriendo para ser sorprendido por la resurrección. Sin embargo, la enfermedad y la muerte inevitables deben ser causa de solidaridad entre los creyentes. Es la doctrina del “Cuerpo de Cristo” de Pablo: «si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan» (1 Co 12:26). Pero a esta solidaridad no se llega fácilmente. Los cristianos seguramente sentían temor con la enfermedad y la muerte que eran tenidas por castigo de Yahvéh en el judaísmo excepto cuando eran producto de la vejez. En el cristianismo se reforzó con las palabras de Pablo: «El salario del pecado es la muerte» (Rm 6:23) que sacadas de contexto se usaron para explicar la “caída de Adán” cuando Pablo prácticamente nunca se refiere con muerte a la física sino a al espiritual. Tampoco cuando habla de vida se refiere a la biológica sino a la espiritual. En Pablo podemos ser zombis biológicos y difuntos “operantes”. Morir de viejo y rodeado de hijos era la bendición final concedida . Comprender el tipo de vida verdadera o vida eterna que Jesús anunciaba podía confundirse con la eliminación de la muerte física. El lenguaje de Jesús hablaba de que quien adhiera a él, que es resurrección y vida, vuelve la muerte un sueño, es decir, que de hecho no existe como muerte. El que posee la vida que Jesús ya pasó a través de la muerte y empezó a vivir en la resurrección.

Llamar a Lázaro de la tumba es el signo visible de quien llama de la muerte a la vida. En Juan hay un contraste notorio entre Lázaro que sale con las mortajas de la muerte, porque aún pertenece al reino biológico y Jesús cuyo cadáver no aparece y las mortajas de la muerte están dobladas cuidadosamente en la tumba. Ya no pertenece al reino biológico. Para los presentes, sería como liberar del miedo a sufrir y a morir, que puede ser una esclavitud peor que el mismo sufrimiento y la muerte. De hecho los judíos no tenían ningún culto a los muertos y el solo tocar un cadáver o una tumba causaba impureza ritual. Juan relaciona los signos de Jesús con vida verdadera o eterna cuando hace el pan repartido “el pan de vida”, del agua en el pozo “agua de vida eterna”, se manifiesta al ciego de nacimiento como “la luz del mundo” y en la resurrección de Lázaro como “resurrección y vida”. Todos los casos de resurrección narrados, dentro del esquema judío, tienen sin embargo el sentido de compasión y misericordia como el resto de curaciones de Jesús. En tres casos se encuentra con personas que han perdido a alguno de sus parientes: Jairo, que acaba de ver morir a su hijita; la viuda de Naín, que se ha quedado sin su hijo único; las hermanas del muerto Lázaro. En los tres casos libra a sus dolientes de la angustia. La muerte, como ruptura de vínculos familiares parece la más insoportable pero el interés último de Jesús es la muerte violenta de cualquier tipo y con la relación que sea, como la de Abel a manos de Caín, los galileos muertos por Pilato mezclando su sangre con la ofrendas, los muertos por la torre de Siloé y la soberbia de su constructor, el que empieza a matar cuando mira con odio a su hermano, los condenados a muerte por las injusticias, no por la naturaleza misma de la vida finita. El número de las resurrecciones es bastante limitado comparado con las curaciones. Jesús no devuelve la vida a todos los que habían muerto, pues no era su misión liberar al hombre de su condición mortal. Vino a proclamar y a inaugurar la presencia del reino de Dios, esto es, el poder amoroso y salvífico del Padre, que da sentido y ofrece una finalidad a la vida mortal de los hombres, garantizándoles un final de resurrección. En realidad, Jesús vino a liberar al hombre de la angustia y de la desesperación de tener que morir, no a exonerarlo de la muerte. A vivir y morir con sentido de haber pasado por ambas experiencias. Es de notar que ni en este relato de Lázaro ni en muchos otros de curaciones pide Jesús algo específico al Padre, como gusta Juan de llamar a Dios. Su oración es de gratitud y en el caso de hoy «Padre, te doy gracias porque me has escuchado» utiliza el evangelio la palabra Eucaristía. Es la utilizada para bendecir el pan entre los creyentes.

En evangelio de Juan (de un ciclo de tres años en la actividad pública de Jesús) la muerte de Lázaro es la ocasión próxima para su tercera y última Pascua en Jerusalén, pues lo ubica en Betania, a tiro de piedra de Jerusalén y en gran conflicto suscitado por la resurrección de Lázaro. Es como si la resurrección de Lázaro provocara la muerte de Jesús o a la inversa en una formulación más teológica: la muerte de Jesús provoca la resurrección suya, de Lázaro y de todos los creyentes. La resurrección, confundida con la reanimación de un cadáver, como fue el caso de Lázaro o el de la hija de Jairo, se desfigura pues murieron de todos modos, o murieron nuevamente como en algunos cubículos de cuidados intensivos. La resurrección debe entenderse como la total y exhaustiva realización de la realidad humana en sus relaciones con Dios, con el otro y con el cosmos. Es el ser humano inserto en la realidad divina como don que Dios nos da a través de Jesús. Si nos preguntaran para dónde va en definitiva el ser humano podríamos responder que su destino es la segunda persona de la Trinidad. Con palabras técnicas se ha llamado la cristificación (Pablo) o la deificación (Iglesia Ortodoxa) o la gloria del cielo (Iglesia Latina). Con la resurrección, Cristo no dejó este mundo, sino que lo penetró en profundidad y ahora está presente en toda la realidad, del mismo modo como Dios está presente en todas las cosas: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28:20). La fe cristiana vive de esta presencia y su óptica le permite ver toda la realidad penetrada por los resplandores de la resurrección. Así, la vida y el mundo se han vuelto, por la resurrección de Cristo, diáfanos y transparentes. Esto no lo contenía la resurrección de Lázaro.