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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 03 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 8:1-11, lunes, abril 3 de 2017

Es costumbre decir que la moral occidental es la judeo cristiana aunque a veces no es fácil marcar hasta dónde bebe de una o de otra, pues ambas evolucionan con respecto a las Escrituras y teniendo en cuenta la sociedad, la política y la cultura. En el judaísmo el adulterio se prohíbe en el Exodo y el Deuteronomio y junto con el incesto, la idolatría y el derramamiento de sangre deberían evitarse incluso al precio de la propia vida. Según el Levítico, dado que el adulterio implica a dos, ambos debían ser ejecutados. Pero como en todas las sociedades, una cosa es el ideal y otra la realidad y hay en las mismas Escrituras exoneraciones de la pena. Por ejemplo, ni David ni Betsabé son ejecutados; tampoco Salomón y otros casos. La relación de un casado con una soltera no era penalizada porque se consideraba poligamia permitida. Siendo a menudo algo secreto, la sospecha del marido daba derecho a someter a la mujer a las “aguas amargas” como prueba de inocencia. Si era conocido bastaba el testimonio de dos testigos, como dramáticamente se cuenta en el caso de Susana. El adulterio del esposo podía dar lugar al divorcio y no se permitía el matrimonio entre una adúltera y su amante; el hijo de tal unión era ilegítimo (en otro lenguaje más reciente bastardo y natural). El judaísmo define pues el adulterio como unión sexual entre un hombre y una mujer casada o comprometida y el cristianismo como unión sexual entre alguien casado y uno o una no casada o entre un casado y la esposo de otro. Dada la imagen nupcial de la relación entre Yahvéh (esposo, amante, enamorado, prometido) e Israel (esposa, amante, novia, prometida) a menudo se usa adulterio como metáfora de idolatría, de ir bajo otros dioses extranjeros. Este adulterio es perdonado por Yahvéh varias veces al pueblo pero no aparece la obligación del perdón en el caso humano. A menudo la Torah (ley) y el Shabbath (sábado) son igualmente descritos con características femeninas.

En la visión crítica de las leyes del judaísmo, como en las musulmanas, se ha postulado que detrás de las normas contra el adulterio hay realmente una defensa de la propiedad y la concepción de que la mujer como propiedad del marido, al igual que la casa, los asnos, las vacas y de ahí que debe obedecer a su marido como a su dueño y señor. La defensa que hace Jesús de la mujer adúltera no encaja dentro de las actitudes con las mujeres. No aparece la actitud machista de la época. Incluso si la mujer trabajaba o encontraba algo, el dinero no era de su propiedad sino de su marido o su padre. Ni siquiera al enviudar heredaba pues la mitad iba al hijo mayor y el resto a los demás hijos. El padre podía vender como esclava a su hija menor de edad. El marido podía hasta imponerle votos religiosos a su esposa. En la sinagoga estaba aparte de los varones, costumbre hasta hoy en sinagogas y mezquitas. El quórum lo formaban 10 hombres sin importar el número de las mujeres. No podían ser testigos en juicios civiles ni religiosos. Pero si era infiel la esposa o prometida era condenada a morir a pedradas, como fue la posibilidad real en los relatos de la infancia con María. Esto lógicamente ha cambiado tanto en el judaísmo como en el cristianismo y ya en Jesús se ve un comportamiento distinto. Conversa tranquilamente con la Samaritana, con escándalo de los discípulos. Se hizo acompañar de mujeres (Lc 8:1-3) algo inaudito en un predicador de su tiempo. Compara para bien a las prostitutas y publicanos con los fariseos. Atiende a las viudas, igualmente marginadas. Las mujeres juegan un papel clave en la resurrección. Pero el relato más escandaloso es el de hoy de la mujer adúltera, hasta tal punto que no aparece en varios manuscritos del evangelio de Juan y es desconocido o ignorado por varios Padres de la Iglesia. Los maestros de la ley que traen a la mujer proponen la pena de muerte. Habría más de dos testigos, prescritos por la ley, y nos deja muchos temas para examen de consciencia. ¿Dónde estaba el hombre? ¿Por qué acusar solamente a la mujer? Les pide que el que esté sin pecado arroje la primera piedra. Y, empezando por los más viejos, todos se marcharon. Jesús no discrimina si el corazón, fuente de pasiones perversas, es femenino o masculino. «De dentro, del corazón del hombre, proceden los pensamientos malos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los ADULTERIOS, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, la altivez, la insensatez. Todas estas maldades proceden del hombre y manchan al hombre» (Mc 7:22-23). Jesús no acusa ni condena propiamente a nadie y mucho menos a la mujer. No será la adúltera la que cargue con la culpa de los demás. Podríamos decir, en lenguaje del Vaticano II que el adulterio es tratado aquí como un pecado social o estructural, más que personal. Todos son cómplices de una situación de injusticia moral, social y legal. Un sistema que daba varias oportunidades a los hombres y no daba una segunda oportunidad a la mujer. Así como la hemorroísa perdió tiempo y dinero detrás de falsos remedios y casi termina perdiéndose a sí misma, la adúltera detrás de una relación de causas desconocidas (pobreza, viudez, inexperiencia, explotación) estuvo a punto de perder la vida. Jesús ofrece vida y abundante. El consejo final «vete y no peques más» solamente apunta a una cara del problema. No se consigna aquí, aunque se hace en otras partes del evangelio, la parte de conversión que le toca a la sociedad, a las leyes, a las costumbres, al machismo de la época. Leemos, por ejemplo: «Ahora yo les digo que quien mira con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio en su interior» (Mt 5:28); muchos de los acusadores lo habrían cometido y el morbo de ver apedreada a la adúltera sería un pecado mayor: soberbia y auto-justificación.

Verdad es que las costumbres de la época de Jesús también bebían de fuentes más antiguas de las que también bebió el cristianismo. El castigo a Eva parece desproporcionado con el de Adán. «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (Gn 3:16), pero no podemos hacer metafísica o teología de una biología primitiva. La comunidad cristiana no condenó a la mujer a la mera alternativa de la maternidad o de la apetencia por el varón (algo hoy mejor conocido por la biología, la sicología y otras ciencias). También dignificó los eunucos por el reinado de los cielos, las viudas y las vírgenes. Hoy tiene nuevos retos y no puede ser inferior al desafío y a la creatividad. Pablo ve en el cristianismo una igualdad escandalosa para todos los tiempos: «No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). Si la biología tiene sus leyes el evangelio tiene sus principios más sublimes. Hoy los creyentes tendremos alguna palabra significativa que decir a problemas equivalentes a los que enfrentó Jesús en su tiempo. La pornografía, la prostitución, el adulterio, las violaciones, los abortos, la anti-concepción, las madres subrogadas, la adopción, los hogares monoparentales, los del mismo sexo, no esperan otro lenguaje que el propuesto por Juan XXII al Vaticano II: «En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad». Buena interpretación del evangelio de hoy.