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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 04 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 8:21-30, martes, abril 4 de 2017

Una de las características del evangelio de Juan es el frecuente uso de la expresión “yo soy” —unas 56 veces en diferentes composiciones— para aludir Jesús a sí mismo: luz, camino, vida, verdad, resurrección, pan de vida, buen pastor, puerta, redil, vid. En las reflexiones posteriores se enfatizó más la primera parte “yo soy” por cuanto que se asociaba con la definición más abstracta de Yahvéh “yo soy el que soy”, es decir el ser. Sin embargo, en el mismo Exodo hay otros definiciones más cercanas a la segunda como la misericordia, el perdón, la compasión que al ser más “metafóricas” enriquecen más la reflexión y la vivencia religiosa. Hoy tenemos «yo soy de arriba» contrastado con los oyentes que son “de abajo”; «yo no soy de este mundo» contrastado con los oyentes que son “de este mundo”. Además, la relación con el pecado como «si no creyereis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados». Ahí tenemos un buen resumen de lo que es la salvación en Juan, pero es necesario ir más allá de las palabras, de su sentido literal. Precisamente el que dice ser de arriba es el Verbo (logos) encarnado que planta su tienda aquí abajo. Jesús, en el evangelio de Juan, en contraste con los sinópticos, es como un ser de este mundo que apenas si toca el suelo con sus pies, como si levitara; pero precisamente visible y presente en este mundo en el cual se encarna por amor al mundo. ¿No es el amor la fuerza “levitacional” del ser humano? ¿No es la poesía la fuerza contraria a la gravitación, capaz de elevarnos a la zona intermedia entre el cielo y la tierra? Pues si en los sinópticos Jesús es de este mundo por nacer del seno de María pero es de otro mundo por ser engendrado por el Espíritu, en Juan es de este mundo porque lo ama pero de otro mundo porque lo ama como el Padre ama al Hijo. Cuando en Juan creemos en Jesús seguimos en el mundo sin ser ya más del mundo. Si huimos del mundo no somos salvos pero tampoco si nos aferramos a él. En los tres relatos de la misión de Pablo a los gentiles, luego de perseguir a los creyentes, resuena la misma definición de Juan: «Yo soy Jesús a quien tú persigues» y en la tercera versión es Pablo mismo quien se persigue a sí mismo. En realidad en la mentalidad semita el “yo soy” no tenía el sentido que se le dio con las categorías griegas. “Yo soy el que seré”, “el que estoy entre ustedes solidariamente”, “yo soy el que estoy”, “yo soy el siendo” resultan hoy más bíblicas que “yo soy el que soy”.

Frente a las luces del Templo por la celebración del Hannukah (fiesta de las luces en honor de la lucha macabea) Jesús contrasta que es “la luz verdadera”; que su presencia no es permanente porque precisamente tiene que regresar a la casa del Padre. Esto último les parece tan incomprensible a los judíos que no podía ser otra cosa que el suicidio. Pero no se trataba de quitarse la vida sino de darla por otros, lo único que garantiza de ser llevado arriba. Como en el diálogo con Nicodemo insiste Jesús que no es de este mundo sino de arriba de donde todos tienen que nacer o renacer. Pero los judíos no entendieron que todo este lenguaje tuviera que ver con el Padre. El judaísmo que había desarrollado grandes y valiosos principios para la fidelidad a Dios en este mundo, no lograba insertar adecuadamente la “levitación” sobre este mundo, es decir, el desapego de expresiones como el triunfo en las batallas, la posesión de la tierra, la numerosa descendencia, los bienes, la desaparición de los enemigos, la larga vida como las inequívocas manifestaciones divinas. Muchas de estas manifestaciones pueden ser ambiguas si no se miran también con la perspectiva de arriba. En la larga despedida en Juan está la advertencia: «Llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios» (Jn 16:2). No está tan interesado Jesús en revelar “quién es”, pues se reduciría a un judío más que va a las fiestas en Jerusalén, ni de dónde viene, pues sus mismo oyentes lo reducían a un galileo de donde no saldría el Mesías, sino “a dónde va” que es el Padre con el que siempre ha estado. Los judíos esperaban ir a un nuevo reino de David y Jesús les habla de una mansión con espacio para todos, no solamente los judíos. En el lenguaje, que a veces resulta ambiguo para el lector, mundo en Juan es el objeto del amor de Dios pero también “mundo” se refiere a la humanidad necesitada de salvación, precisamente de salvación por el amor (ágape, caridad). Si el mundo no conoce la Palabra (logos), o no conoce al Padre no alcanza a recibir el Espíritu y la paz que éste da. Dar a conocer todo esto es la misión de los discípulos que no será menos fácil que la de Jesús mismo. Lo que vendrá no es simplemente el crecimiento del pasado y el presente como en un proceso evolutivo irreversible sino una alternativa dada por el Padre para quienes aman. Esto es lo que en el evangelio de Juan se llama “la era venidera” que de alguna manera devalúa el presente absolutizado. Para los judíos ser hijos de Abrahán, y no bastardos, era la garantía del futuro. Para Jesús el futuro era de los capaces de amar a los demás como el Padre ama al Hijo. Si quieren matarlo es porque no tienen como padre a Abrahán y menos al Padre de Jesús, sino que tienen como padre al diablo que en Juan es sinónimo de homicida. En los evangelios se le equipara con la mentira, la disociación, la tentación , pero en Juan, siendo el amor al hermano la máxima expresión del amor a Dios. La máxima expresión del pecado es el homicidio, la muerte del hermano. Dentro de los tres relatos del Antiguo Testamento sobre el origen del mal (Adán y Eva, Caín y Abel y el Diluvio) en Juan hay una clara inclinación por el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín. De alguna forma el pareado muerte-vida recorre todo el evangelio de Juan, igual que las cartas de Pablo. Son una buena dupla para expresar las realidades de este mundo con palabras del “otro mundo”. La vida es la vida física pero que en el hombre no se reduce solamente a ella, igual que la muerte. Pero a la vez, la vida es la espiritual pero que en el hombre no se reduce solamente a ella, igual que la muerte. En el diálogo con Marta, con motivo de la muerte de Lázaro, se juntan muy bien las dos ideas. Mientras que en los sinópticos los fariseos y los maestros de la ley pretenden vencer a Jesús dejándolo en ridículo en problemas concretos (sábado, divorcio, resurrección, impuestos, herencias, dracma del Templo) en el evangelio de Juan las soluciones son frecuentemente más radicales: querer matar a Jesús. Allí está el resumen más categórico y metafórico del pecado. No es de extrañar que allí encuentre Juan igualmente la salvación. La cruz como momento de mayor gloria de Jesús. «El que no ama permanece en la muerte. Quien aborrece a su hermano es homicida» (1 Jn 3:14). Buen resumen del pecado y del evangelio también.