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  •   Domingo Abril 10 de 2017

Juan 12:1-11, lunes, abril 10 de 2017

El judaísmo y el cristianismo (al menos hasta el final de la Edad Media) tenían una idea ingenua de la pobreza. Bastaba la caridad para solucionarla. No había teorías explicativas y en última instancia justificaban las desigualdades por querer divino. De ahí que la frase que pone fin al debate sobre el perfume de hoy: «A los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre» haya sido manipulada de muchas manera, desde la necesidad de pobres y ricos para que haya caridad, hasta la concepción fatalista de la eternidad del pobre. La frase, que es cita del Deuteronomio, leída en el contexto del evangelio muestra que por el contrario tenemos el clamor de Jesús presente mientras tangamos pobres y en una hipotética desaparición del pobre habrá otro clamor. Al menos hasta el siglo XII el pobre fue siempre el vicario de Cristo en la tierra. La cita no es un axioma de Jesús para nuestra defensa sino precisamente para nuestro juicio. El Deuteronomio es el libro más avanzado en política social del pueblo judío y está lleno de leyes religiosas a favor del pobre, la viuda, el desvalido, el extranjero, las cosechas, lo diezmos, las primicias en favor del pobre. El sentido original, que se encuentra en el Deuteronomio 15:11 expresa que nunca faltará quién necesite de tu ayuda, por lo que algunas traducciones hablan de menesterosos, necesitados, para dar una mejor idea de pobre material que aparece tanto en la Septuaginta como en el Evangelio. El deseo de Yahvéh está expresado siete versículos antes como: «Cierto que no debería haber ningún pobre junto a ti» (Dt 15:4), pues todo miembro del pueblo tenía derecho a gozar los frutos de la tierra. El esclavo representaba el último grado en la escala de la pobreza y se llegaba a ella ordinariamente por deudas. La abolición de la deuda, cada siete años, llevaba consigo la abolición de los esclavos. En el Antiguo Testamento hay casos de personas que se venden a sí mismas; personas que son vendidas por sus padres; personas que son vendidas por su acreedor; personas que son vendidas por causa de una sentencia judicial, en caso de hurto; quien no tenía los medios económicos para pagar su deuda y se vendía a sí mismo a otro israelita para pagar su deuda. El hebreo pobre que se vende a sí mismo tiene que servir seis años. Los seis años de servicio sirven para satisfacer la deuda. En el séptimo año la deuda era cancelada y la persona era liberada de su obligación. El ideal de Yahvéh era que no hubiera pobres en Israel y por consiguiente esclavos pero realidad es que no faltan los menesterosos por los accidentes no producidos por mano humana: viudez, sequías, enfermedad, malas cosechas, pestes, muerte prematura. Poco o ningún control existía para estos sucesos como hoy. Se remediaban con la caridad hacia el hermano, con la idea de una sociedad fraternal desde el rey hasta el último habitante de Israel. Puede parecernos idealista pero quizás en el fondo es de una alta dosis de realismo. Sin tal estado lo demás suena a ideología. Israel no suprime la esclavitud porque como antes se dijo no tenía la explicación científica que hoy tenemos, pero hizo lo que pudo con lo que tuvo a mano; hoy hacemos menos con más recursos. El Deuteronomio hacía un llamado a los prósperos para no endurecer el corazón ni cerrar la mano al necesitado; si no lo hacía no le quedaba al pobre más que esperar ayuda de Yahvéh quien lo oiría. En el Antiguo Testamento Dios aparece como el ayudador y protector de las personas pobres y oprimidas, el que hace justicia a los huérfanos y a las viudas. Rehusar ayudar al hermano necesitado era un pecado contra Yahvéh. Es uno de los males que más denuncia Jesús en los evangelios pues para entonces las desigualdades eran mayores que en la época del Deuteronomio.

La razón para esta preocupación por los esclavos y oprimidos se basa en la misma historia de Israel. El señor del esclavo debe acordarse de que los israelitas habían sido esclavos en Egipto y Yahvéh los había rescatado para darles una tierra que mana leche y miel. No podían volver a la esclavitud de antes ni fomentar una nueva esclavitud entre ellos. En esto hay continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento por más que se entienda en el nuevo como liberación del pecado que estaba en ambos testamentos, en el individuo y en la estructura social. Es más difícil desenmascararlo en las estructuras porque solemos bendecirlas en vez de profetizar sobre ellas como hicieron los profetas de Israel. La ley del sábado obligaba a los israelitas prósperos a dar un día de descanso a los trabajadores. En el juicio final, universal o de las naciones (Mateo 25) hay una identificación que hace Jesús con los necesitados. «Tuve hambre y me diste… lo que hicieron a uno de estos pequeños a mí me lo hicieron» que no deja lugar a dudas de que sigue vivo el ideal del Deuteronomio. Agustín de Hipona decía en un sermón sobre los pobres: «Deseas encontrar al Cristo que se sienta en el trono celestial. Pues espera encontrarlo durmiendo bajo un puente, espera encontrarlo hambriento y tembloroso de frío, espera encontrarlo como extranjero». Por ello, la existencia del seguidor de Jesús se entiende igual que la de su guía: ser para los demás. Si en Jesús hablamos de pre-existencia para el ser humano podemos hablar de pro-existencia; si no existe para el otro pierde el sentido de su vida. El seguimiento o imitación de Cristo no es reducible a la salvación individual.

En la era moderna tenemos muchos elementos científicos para desentrañar las razones de la desigualdad y la pobreza que han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. El Vaticano II reconoce la autonomía legítima de estas ciencias y el aporte que han hecho en muchas partes para solucionar la pobreza y sus males asociados (tierra, techo, trabajo, educación, salud, convivencia) y ya no es la Biblia la que dicta las recetas, ni la religión la pontifica sobre lo que malentiende. Pero no se pude desconocer que las ciencias a menudo ocultan ideologías perversas que explotan y perpetúan las diferencias. Tampoco que las crisis, especialmente graves y recurrentes en los últimos siglos, claman por una base antropológica (¿Qué es el hombre? ¿Qué espera? ¿Qué puede hacer?) y espiritual que no reduzca el individuo al ciudadano consumidor o consumista. El hombre es persona y como tal relación con todo y su más hondo anhelo es místico. La encíclica Laudato si´, sobre el cuidado de la casa común, nos deja valiosas reflexiones en este sentido. La caridad (ágape, amor) es la manera cómo podemos sentir en la vida diaria esta trascendencia; una caridad que es capaz incluso de sobrepasar al individuo para que la pueda sentir todo el cosmos. Los sistemas económicos, políticos, sociales, comerciales, financieros tienen hoy los mecanismos para reducir grandemente las diferencias y la pobreza. Los pensadores honestos saben que sin conversión del corazón humano no van a aplicarse las recetas. Si algún día lo lograran, entonces podríamos mostrar el avance frente al Deuteronomio: “Ya no tenemos pobres entre nosotros”, pero se habrá abierto el horizonte ilimitado de tener misericordia, compasión, amor entre nosotros y con todo el cosmos. El sueño judío se habrá hecho realidad.