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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 12 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Mateo 26:14-25, miércoles, abril 12 de 2017

Una de los deseos más inconfesados de todas las religiones, culturas y civilizaciones es exorcizar el mal por medio del chivo expiatorio. El judaísmo había superado por lo menos que no fuera por sacrificio humano como en muchas religiones vecinas. Pero no todo estaba resuelto. De hecho en las Escrituras la mujer es un chivo expiatorio camuflado. Desde Eva culpable del pecado de Adán hasta Salomé culpable del degüello del Bautista, incluso en algunas expresiones atribuidas a Pablo . Dentro del significativo rito del Yom-Kippur o fiesta del perdón nacional, entraba el chivo expiatorio como aquel sobre el que se ponían los pecados del pueblo y se enviaba al desierto donde el demonio Azazel o se arrojaba por un precipicio cerca de Jerusalén. Así el pueblo se libraba de sus pecados, aunque en la práctica volvía a cometer los mismos luego de la fiesta (no había realmente conversión). Este oficio era el principal y exclusivo del Sumo Sacerdote en tal fiesta. La comparación de Jesús y la Eucaristía con el chivo expiatorio no fue nada feliz en la literatura cristiana, pues Azazel no era otro que el demonio primitivo de los pobladores de Palestina. El cordero pascual del que habla el evangelio de Juan nada tenía que ver con el chivo expiatorio excepto la metáfora de ser animales. El primero era para comerlo gozosos por la liberación y el segundo para que se perdiera con sus pecados. A lo largo de la historia, hasta el nazismo, el chivo expiatorio preferido fue el pueblo judío . En las Escrituras (sin que dé para ello una lectura amplia y crítica) parece ser Judas, los judíos, Herodes, Pilato, Anás, Caifás y de manera más general el pueblo de Palestina (judíos, samaritanos, galileos, griegos, romanos) y en la Edad Media se decía que todos los pecadores eran Judas. La espiritualidad no la formaba tanto Escritura ni la teología sino la literatura fantasiosa como la de Jacobo de Vorágine. En el Infierno de Dante están en el tormento más fuerte, congelados, no ardidos en llamas, Judas, Lucifer, Bruto y Cayo los traidores. La simbología del relato evangélico es compleja. Las treinta monedas de plata hacen pensar en José vendido por sus hermanos a la caravana medianita. Precisamente sus hermanos eran la tribu de Judá, que es lo que significa Judas (= judío). Judas aparece en muchas pinturas pelirrojo y barbirrojo (como el demonio popular). La ambición de Judas bien puede ser la otra cara de las muchas advertencias que hizo Jesús a sus discípulos de cuidarse de las ambiciones de riqueza y de poder. Que la entrega venga de quien comparte la mesa era un tema del Antiguo Testamento que Jesús refuta comiendo con pecadores y publicanos. Más parece un símbolo a un actor extra que requiere la narración que un personaje realmente histórico. Produce extrañeza que sea realmente indispensable una traición (no aparece en Juan). Incluso los mismos evangelios juegan con traicionar y entregar y en Juan es el mismo Padre Dios quien lo entrega a la muerte por amor al mundo (cosmos). Los jefes de los sacerdotes saben quién es Jesús pues han tenido discusiones con él y ante ellos ha sido acusado. Para arrestarlo no necesitan un informante, sólo una multitud dócil que es un elemento típico de los ritos para exorcizar el mal. El sacrificado, de uno o de un pueblo, ha de hacerse a nombre de otro pueblo, como luego sucederá en el relato: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27:25). Judas coopera con ellos para hacer algo que pueden llevar a cabo sin su ayuda. Más bien con Judas comienza una tendencia que culmina en el progresivo abandono de Jesús por sus discípulos, hasta morir solo y abandonado por ellos como en Marcos. La Pascua, como celebración familiar, excepto el degüello que se hacía en el Templo, la realiza Jesús con su “nueva familia” de los discípulos que es como el campo donde hay trigo y cizaña. Pero la celebración debe centrarse en la alegría de la liberación que vendrá más adelante; ahora se centra en la ruptura de la solidaridad comunitaria con la traición (entrega) que de ninguna manera va a empañar la voluntad de Jesús de llegar hasta el final. Que uno de los discípulos vaya a entregar a Jesús es noticia para sus discípulos, pero no para los lectores del evangelio que hayan entendido los anuncios de su pasión. Los discípulos se sienten todos en posibilidad de hacer lo mismo atribuido a Judas pues se preguntan: «¿Acaso soy yo, Señor?» pues todos pueden romper la solidaridad, o más aún, la misericordia. Se les abona a los discípulos que se “entristecieron”, la misma palabra que usa para el joven rico que se marchó triste porque tenía muchos bienes.

La expresión en boca de Jesús respecto de Judas: «Más le valiera a tal hombre no haber nacido» resulta a primera vista escandalosa frente el contenido de todo el evangelio. Jesús no busca la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Pero vivir para la ambición que daña a los demás es perder la venida a este mundo. Algo que solamente la persona misma puede decidir, como sucede en el iluminante libro de Job. Algo de eso hay en el suicidio de Judas que es otra forma de exorcizar tipo “chivo expiatorio”. En la ética samurái (del budismo zen) el suicidio es la salida digna a la deshonra para quien ha hecho daño a la sociedad. En el cristianismo el suicida se consideró un renegado no digno de sepultura por siglos; hoy se tiene una concepción más misericordiosa con el suicida y su familia. El martirio por el contrario fue alabado y estimulado en las Cruzadas ; otra forma de chivo expiatorio. El mismo evangelio nos da pinceladas del conflicto interior de Judas pues anota: «También Judas, el que lo iba a entregar, preguntó: ¿Acaso soy yo, rabí?» Si no tenía posibilidad de decisión es una pregunta retórica y caemos en la trampa de la predestinación que deja sin libertad al hombre; si podía decidir hasta el final, su muestra de conversión es el suicidio. Orígenes decía que Judas se suicidó para encontrar a Cristo en la otra vida y pedir perdón por su actuación. Parece una solución abstracta pero más misericordiosa que la cacería de criminales por sus rasgos físicos, mentales, color de piel, nacionalidad, credo religioso, opción política o de otro género. Aunque más claro en unos que en otros, en todos los evangelios aparece Jesús como dueño y señor de las situaciones no porque las conozca previamente como un actor su libreto, sino porque no hay nada que pueda espantarlo o llevarlo a desistir de su mensaje de perdón, misericordia o amor. Eso es lo que pide a todos llámese como se llame por el sólo hecho de ser humanos.