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Pistas para la homilía

  •   Domingo Abril 16 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

No estamos atrapados por el absurdo, no caminamos hacia la nada

Lecturas:

Hechos de los Apóstoles 10, 34ª. 37-43
Carta de san Pablo a los Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9

El Viernes Santo, cuando la piedra selló el sepulcro de Jesús, también quedaron sepultadas las ilusiones de quienes habían acogido el mensaje de este Maestro tan singular que, con imágenes tomadas de la vida campesina, les había cambiado la vida sembrando fe, esperanza y amor. El Viernes Santo era silencio, soledad, vacío.

Los enemigos de Jesús celebraban este asesinato como si fuera un carnaval. Finalmente, habían logrado silenciar esta voz incómoda y sus seguidores se habían dispersado. Aunque para los planes de los hombres, todo había terminado, algo muy diferente estaba escrito en el plan de Dios. El Padre resucitó a Jesucristo de entre los muertos y esto cambió la historia espiritual de la humanidad.

Las lecturas que acabamos de escuchar iluminan el misterio de la resurrección del Señor desde ópticas complementarias:

El texto del evangelista Juan nos narra la enorme sorpresa que se llevaron María Magdalena, Pedro y Juan ante el hecho inexplicable de la tumba vacía.
Los Hechos de los Apóstoles nos trasmiten una formidable catequesis de Pedro, en la cual sintetiza el anuncio central de la primera comunidad cristiana.

Pablo, en su Carta a los Colosenses, explica la transformación que Jesucristo resucitado realiza en cada uno de los bautizados. Nacemos a una realidad nueva.

Dada la riqueza teológica de cada uno de estos textos, tendremos que limitarnos a unas rápidas pinceladas que nos motivan a la contemplación de estos misterios.

Empecemos por el texto del evangelista Juan, quien fue actor principalísimo de esta escena. Es muy diciente que sea una mujer, María Magdalena, la primera testigo de la tumba vacía. Las mujeres, junto a su madre María, acompañaron a Jesús en sus viajes apostólicos. Ellas no se dejaron intimidar por los soldados romanos, acompañaron a Jesús en su agonía y luego prepararon el cuerpo para la sepultura. Por el contrario, los hombres huyeron aterrorizados.

Sorprende la descripción casi fotográfica del lugar de los acontecimientos. Cómo y dónde estaban los lienzos y el sudario. Muchos años después, en su vejez, Juan recordaba cada uno de los detalles de lo que encontraron Pedro y él cuando ingresaron al sepulcro. En la tumba ya no estaba el cadáver, pero se sentía otro tipo de presencia.

Vale la pena que leamos pausadamente las últimas líneas de este relato, porque allí está el núcleo teológico; nos dice Juan que una vez que entró, “Vio y creyó, porque hasta entonteces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

Por más que Jesús hubiera utilizado sus maravillosas dotes como pedagogo, muchas de sus enseñanzas no fueron asimiladas por sus discípulos. Solo la experiencia de la resurrección logró iluminar el conjunto de la vida, pasión y muerte del señor. Era la pieza que faltaba.

Por eso es tan interesante el discurso de Pedro que nos permite conocer el anuncio central de la primera comunidad cristiana. Pedro expresa con pasión que él y los demás apóstoles fueron testigos de lo que anuncian. Y para que no queden dudas, afirma: “Hemos comido y bebido con Él después de que resucitó de entre los muertos”. Esta catequesis de Pedro, que contiene la esencia del anuncio de los Apóstoles, es un mensaje apremiante para los catequistas de todos los tiempos para que hablemos de lo fundamental que es Cristo. Si Él no ha resucitado, vana es nuestra fe. Con mucha frecuencia, los predicadores se complacen hablando de mil asuntos que distraen. Lo único pertinente es la persona y el mensaje de Jesucristo.

En su Carta a los Colosenses, Pablo explica brillantemente la realidad nueva de los bautizados: “Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba… Su vida está escondida con Cristo en Dios”. Nuestro ser ha sido transformado. Nosotros, creaturas insignificantes, hemos sido revestidos de divinidad. Y todo por los méritos de Jesucristo. Por lo tanto, debemos obrar en conformidad con esta nueva realidad.

De ahí el hermoso simbolismo del cirio pascual, que se enciende en la noche de Pascua. La oscuridad de la muerte y el pecado se llenan de la luz de Cristo. No estamos atrapados por el absurdo. No caminamos hacia la nada. El triunfo de Jesucristo es nuestra garantía. Nos lo recuerda san Pablo: “Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos, juntamente con Él”.