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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 20 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Que la comunidad cristiana sea eucarística no cabe duda en el Nuevo Testamento. Significando acción de gracias, era ya conocido el término en el judaísmo para agradecer antes y después de las comidas. Los cristianos la enriquecen con la idea de “cena del Señor” y ágape (significa literalmente amor). Cuando se convierte en un rito auto justificado con los símbolos casi exclusivos de pan y vino se empieza a desdibujar el sentido, hasta llegar a ser suprimida por algunas comunidades cristianas como el calvinismo . Las muchas denominaciones que ha tenido como misa, sacrificio incruento, santo sacrificio, misterio de fe, banquete del Señor, fracción del pan, memorial, comunión revelan en general o enfatizan, un aspecto parcial o un momento histórico en su celebración. Reafirmar, como lo hace el Vaticano II que la Iglesia nace y se nutre de la Eucaristía, está lejos de significar que propiamente la Iglesia no celebra la Eucaristía sin que la Iglesia es la Eucaristía entendida como una vida más que como un rito. Reubicarla en la Pascua judía y en la imagen de banquete es recuperar buena parte de su sentido original, pues la Pascua tenía un antes y un después como salvación recibida por la creación y el pueblo y un compromiso con el reino venidero. Tiene aspectos que integran la sinagoga judía (liturgia de la palabra) y del Templo, pero en una concepción muy diferente al sacrificio y ofrendas judías. Orar y alimentarse se unen en una misma acción sagrada. Durante la Edad Media estuvo tan separada de la vida cristiana que la participación de la comunidad (lo más importante en ella) se redujo a una o dos ocasiones en el año y fue más objeto de culto que de comida compartida. La admiración, el temor, el sentido de indignidad, de pecado dominaron la piedad popular. Era más la imagen del Arca de la Alianza judía que de la comida en la que Jesús mandó: «Tomad y comed... tomad y bebed». El Vaticano II reafirma la centralidad de la Eucaristía con las dos mesas de la palabra y la anáfora. El judaísmo, a pesar de los pronósticos de muchos Padres de la Iglesia, nunca desapareció porque se congregaba en la Sinagoga. Para los cristianos fue congregarse alrededor de la Eucaristía lo que garantizó su supervivencia.

Los relatos de la resurrección son a la vez un comentario o interpretación del significado de la muerte de Jesús que les permite re-interpretar las Escrituras (bien o mal pero a tenerlas en cuenta), le da sentido al perdón de los pecados, a la predicación a las naciones y a la presencia permanente de Jesús en medio de la comunidad. En el diálogo Jesús les revive el pasado y les anuncia el compromiso futuro. Viene el tiempo de la comunidad, el tiempo de la Iglesia pues el asunto no termina solamente con la historia de Jesús. El fundador de la Iglesia es el Resucitado y uno de sus desafíos es la reacción judía. Los Hechos de los Apóstoles, atribuidos a Lucas, van a describir bien el panorama. El perdón de los pecados supone una ruptura nada fácil con las tradiciones judías que ubicaban tal perdón en la fiesta del Yom-Kippur (fiesta de la expiación nacional) y en los rituales del Templo. El sufrimiento aparece como prevista, pero con el elemento nuevo, no suprimido por lo que «les mostró las manos y los pies», como en la aparición a Tomás les mostró el costado y las manos con los estigmas de la pasión. El Antiguo Testamento hablaba del fin del sufrimiento pero con Jesús no se trata de su eliminación sino de darle sentido salvador; ni capricho arbitrario de Dios ni castigo por los pecados. Como pide a las mujeres en la tumba que no busquen al vivo entre los muertos, ahora les pide a los discípulos que no busquen al castigado entre los sufrientes sino la misma imagen de Jesús. La muerte de Jesús ofrece dos perspectivas diferentes para creyentes y opositores: es el rechazo de Jesús como quien cumple el propósito divino (muere considerado blasfemo por las autoridades religiosas) y es a la vez la manera como se realiza el propósito de Dios. La Eucaristía no solamente nos recuerda que la pasión fue el camino de la salvación en Jesús sino que invita a la comunidad a recorrer igual camino: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia (víctima) viva, santa, agradable a Dios, éste es vuestro culto racional» (Rm 12:1). Para quien no cree, la vida de los cristianos puede parecer un sacrificio inútil pues mueren por otros y no por sí mismos pero lo hacen incluso por los que no creen.

En el relato del evangelio de hoy ya han reconocido al Resucitado en las manos y los pies; en que tiene carnes y huesos; en que no es un fantasma, pero aún no salen del estupor «en fuerza del gozo y de la admiración»; entonces, como en el relato de Emaús, es la comida (Eucaristía) reducida al pez asado, lo que les vuelve la mirada a un gesto común elevado a sacramento en la vida pública. Algunos comentaristas destacan que en Jerusalén, como lugar de esta aparición, resulta extraño hablar de pez asado pues no era comida habitual allí; lo era en Galilea. Puede ser una síntesis simbólica de los dos sitios. Galilea y Judea son dos escenarios importantes en la vida pública de Jesús, pero su mensaje no se va a circunscribir a ninguna de las dos regiones de Palestina. Hay una característica, esta vez, que es contraria a la última cena. No es Jesús quien reparte el pan sino quien lo come delante de ellos. Podríamos pensar que el cuerpo glorioso (cuerpo espiritual lo llama Pablo) del resucitado no requiere de alimento, pero lo requiere el cuerpo de los creyentes que Pablo identifica con el cuerpo de Cristo. Por eso pide Pablo a la comunidad de Corinto que comparta con el hambriento en la Eucaristías (ágapes) e igualmente Santiago en su carta. A los corintios, de cultura griega, les resultaba inaceptable la resurrección de los muertos; cuando mucho aceptaban la resurrección del alma. Los relatos de apariciones son un mentís cuando Jesús se presenta como un ser de este mundo (caminante, hortelano) que come con ellos y tiene las marcas infligidas por el sufrimiento. También lo es la tumba vacía que no tendría sentido con una mera resurrección del “alma” de Jesús. En las reparticiones de panes (seis en total) igualmente Jesús reparte lo que recibe, bien de los apóstoles, bien de los jóvenes allí presentes. Devuelve lo que recibe luego de bendecirlo y dar gracias a Dios. En la Eucaristía el ofertorio fue por siglos lo que los creyentes llevaban de uvas, trigo y aceite de oliva para “confeccionar” la Eucaristía. Como en el camino de Emaús, también en el evangelio de hoy se da la secuencia de instrucción y comida. En el discurso de Pedro cuando habla de la manifestación del Resucitado, lo describe como para «nosotros, que comimos y bebimos con él después de resucitado de entre los muertos» (Hec 10:41), que fácilmente nos lleva a entender la Eucaristía como comer en presencia del resucitado. Los creyentes mantuvieron su unidad celebrando juntos y gozosamente la Cena del Señor, pero en cuanto Resucitado y haciendo comunión con ellos.