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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 21 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 21:1-14, viernes, abril 21 de 2017

El evangelio de Juan sitúa la actividad de Jesús básicamente en Jerusalén. Sin embargo, ubica la aparición final junto al lago de Galilea o Genesaret o mar de Tiberíades, uniendo así el comienzo del evangelio en los sinópticos —llamado de los pescadores— con su final, con la experiencia Pascual. Lucas y Juan representan la tradición oral de Jerusalén sobre las apariciones y Marcos y Mateo la tradición oral de Galilea. De ahí que los relatos suelen tener rasgos de los dos tipos. Los siete discípulos pescan en el lago de Galilea luego de sentirse frustrados por el fin de Jesús en una cruz, juzgado como blasfemo por las autoridades religiosas y como revoltoso por las autoridades civiles. Menciona los hijos de Zebedeo, dos discípulos innominados, Pedro, Tomás y Natanael. En Juan se destacan unos discípulos diferentes a los de los sinópticos siendo el más resaltado el “discípulo amado” que no es tan fácil de identificar con Juan como se hace tradicionalmente. La noche infructuosa es un detalle un tanto irónico que nos anuncia que se trata de otra pesca, pues como pescadores profesionales serían más diestros que Jesús hijo de un artesano. En los vaivenes de una tradición oral, el que cuenta esta historia no parece haber sido sino uno que conocía bien a los pescadores del mar de Galilea. La noche era el mejor tiempo para pescar. La pesca abundante sería frecuente en la noche. Lo novedoso no es tanto la pesca en sí sino el sentido que se le da a la presencia del Resucitado entre ellos y de manera especial cuando se reúnen para comer. Al ser de madrugada no hubieran reconocido fácilmente ni al más familiar. Si el discípulos amado lo reconoce no sería por su buena vista en la penumbra de la mañana sino porque miraba con otros ojos; los que le daba el ser “el que el Señor quería”. Jesús aparece sin ser reconocido, como es un cliché en estos relatos (el hortelano para María Magdalena, el caminante para los discípulos de Emaús). Así como el desconocido caminante de Emaús conoce las Escrituras el desconocido del lago sabe secretos de pesca. Pedro es quien invita a pescar en cierta concordancia con ser el primero llamado en los sinópticos. Lucas narra una similar pesca abundante pero en la vida pública de Jesús, al final de la cual dice a Pedro que lo hará “pescador de hombres vivos ”. Sin embargo quien reconoce al desconocido como Señor es el “discípulo amado” comunicándolo a Pedro. Es similar la competencia cuando los dos van a la tumba. Aquí Pedro se adelanta al echarse al agua, como en la tumba al entrar. Luego aparece curiosamente pescado listo para consumir y pan, cuando a la pregunta de Jesús sobre si tenían algo de comer habían respondido ¡no! Además, el término usado para pescado es el que se refería a pescado seco para los fiambres (οψαριον, opsarion). Los rasgos eucarísticos son integrados de una manera que desafía el tiempo. La escena deja preguntas que no serían pertinentes. ¿Cómo podía Pedro nadar con la larga túnica exterior?, o ¿es que las aguas eran tan poco profundas que podía vadearlas andando? Por ello, sin duda, advierte que la barca ya no estaba lejos de tierra. ¿Por qué Pedro no reconoce al Señor de primeras? Un aura de misterio (sacramento) rodea ya de hecho el relato que aparece mucho más enriquecido en detalles que las seis reparticiones de panes y peces de los cuatro evangelios.

Los peces capturados en número de 153 tiene en paralelo en Lucas donde se recogen muchos peces «tan grande cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse» (Lc 5:6), así como en la imagen del reinado de Dios como red barredera que se echa al agua y se recogen muchos peces pero luego se separa «lo bueno en canastos, y echaron afuera lo malo» (Mt 13:48). Que el lago de Galilea fuera rico en pesca es atestiguado por otros documentos extra bíblicos. Algunos (por ejemplo Jerónimo, traductor de la Biblia al latín) conjeturan, con alguna base, que 153 variedades de peces podían encontrarse allí de las cuales 2 variedades eran impuras según las normas dietéticas judías. El sentido eclesial sería evidente pues a la comunidad creyente entran muchos que luego abjuran de su fe bajo diferentes presiones. En las apariciones en Mateo, en Galilea, el tema central es la predicación a todas las naciones de manera similar a la pesca abundante. Pablo “pesca” más gentiles que judíos. Lucas, con menos apego a Galilea, ubica la pesca abundante en la vida pública pero no en la resurrección. La ubica al comienzo y no al final. La parte eucarística es someramente descrita por Juan: «Va Jesús y toma el pan y se lo da, y de la misma manera, el pescado» sin que aparezcan otros términos usuales como “levantar la mirada al cielo”, “dar gracias”, “bendecir”, “partir el pan”. Esto está en armonía con lo antes comentado que lo importante era la comunidad, la reunión de los creyentes alrededor de una comida que revivía la última cena y no el ritual preciso utilizado. En Juan el pan vivo es Jesús mismo y se encuentra vivo en medio de la comunidad desde el momento de su muerte cuando entrega su Espíritu en la cruz. Pero esto que podemos decir hoy con facilidad no lo era tanto en la época apostólica. En el relato se pone de relieve la confusión de los discípulos frente al extraño, pese a que lo conocían. Este rasgo desempeña un papel en los relatos de apariciones. Es causado por la diferencia entre el Jesús terreno y el Resucitado: éste pertenece ya a la esfera divina sin las limitaciones de espacio y tiempo y provoca en consecuencia un temor ante lo desconocido. Ahí apunta el giro «porque bien sabían que era el Señor» aunque a no ser por el “discípulo amado” se hubiera quedado sin saberlo. También ahí se expresa la pertenencia del Resucitado al ámbito divino: está pero hay que descubrirlo; es él pero parece otro; es otro pero parece él. Es necesario mantener la identidad y a la vez la diferencia, algo que parece chocar con la lógica de la razón que necesitamos para las ciencias: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. En este sentido la comida es una comida normal a la orilla del lago y es una eucaristía. Es la comida habitual en comunidad en la que experimenta cada vez de nuevo la presencia del Resucitado. También la Pascua judía, por más ritos ceremoniales y reglas culinarias que tuviera, no dejaba de ser una comida en familia. El sacramento no inventa de la nada, sino que eleva a un significado especial lo que ya existe: pan y vino en la Eucaristía; agua en el bautismo; aceite en la confirmación, y así en los demás uniéndoles gestos y palabras. El que actúa es siempre el Espíritu Santo. Los evangelios se esfuerzan en afirmar en variados relatos que el Resucitado no era una visión, ni un fantasma, ni el mismo Jesús de Galilea que se levanta de la tumba (como Lázaro) y menos una alucinación, sino una Persona tan real que nos cambia la manera de juzgar la misma realidad.