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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 23 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 20:19-31, domingo, abril 23 de 2017

La relación entre el evangelio escrito y Jesús podemos compararla con los signos gramaticales. Mientras la vida pública de Jesús tiene su punto final en la muerte (la resurrección ya es parte de la fe Pascual) los evangelios apenas son un punto y coma pues siguen vivos de otra manera. El final del evangelio de Juan puede aplicarse a cada uno de los otros tres evangelios: «Otras muchas señales les hizo además Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro». El punto final de la vida de Jesús señala que no esperamos otra forma de salvación divina diferente a la que nos mostró; el punto y coma de los evangelios no agota toda la abundancia de un Dios que es creación continua. Ni siquiera las definiciones dogmáticas agotan el mensaje. Como se preguntaba Karl Rahner (teólogo alemán del siglo pasado) ¿Calcedonia es principio o fin? Precisamente la resurrección es la negación de la muerte como fin. En el evangelio de hoy se nos muestra parte del “nuevo comienzo” de los discípulos. Estos, reunidos el domingo a puerta cerrada son sorprendidos por quien invalida las puertas. El saludo de paz es el típico judío: ¡Shalom! Muestra manos y pies, sin que de esto podamos deducir cómo fue fijado Jesús a la cruz. Verdad es que Juan utiliza la palabra helos (ηλος) que pude tener el sentido de clavo, pero igualmente de abolladura, turupe, señal. Los clavos vienen de la tradición de Helena, madre de Constantino, quien le regala dos a su hijo: uno para su corona y otro para las riendas de su caballo . Soplar sobre ellos es un símil de nueva creación, como en las narices de Adán. Pero el espíritu ya está enriquecido en su significado porque ahora es el Espíritu del Resucitado, el que permite construir la “semejanza” de la que habla la creación. Para Ireneo de Lyon la imagen es la marca de fábrica (todos tenemos sello de garantía de hijos de Dios) y la semejanza sólo la conocimos con el punto final de Jesús. Semejanza es ser como Jesús y no es algo “infuso” sino construible con la conversión. Pentecostés es otra manera de hablar del Espíritu con el complemento de que llega para toda la comunidad de los creyentes; no para un grupo reducido. Que el perdón de los pecados esté asociado al Espíritu es lo lógico en toda vida sacramental y es la “cuota inicial” para la conversión; es liberar del lastre que nos impide convertirnos. En Lucas el énfasis se pone en la conversión y el bautismo pero en la vida espiritual todos los sacramentos están relacionados.

Un relato típico y exclusivo de Juan es el de Tomás, que ha dado para muchas interpretaciones variadas. La más común es la “incredulidad de Tomás” pero además de que resulta pobre, pierde otro sentido más profundo y significativo: el resucitado es el mismo crucificado. Lo que quiere encontrar no es solamente el testimonio de otros sobre el Resucitado sino sus llagas, aquellas que parecen lo único hecho por los hombres a Jesús que quiere conservar para siempre; como si una madre quisiera antes que los hijos mismos las canas que le causaron. Como ha dicho varias veces Francisco: “A Cristo lo tocamos en el cuerpo de los enfermos, en el sufrimiento de los migrantes”. Esto no parece incredulidad sino por el contrario lo mejor de la escena de Tomás. Luego de la resurrección tocamos verdaderamente al Resucitado en las llagas de los demás. Tomás no llega a tocarlas pero ya no le cabe duda: el Resucitado es el mismo crucificado de la pasión porque solamente por la pasión se llega a la resurrección. No podemos inventarnos otro camino porque éste ya tiene punto final. Juan empieza su evangelio diciéndonos que en el principio era la Palabra (verbo, logos) y ahora Tomás profesa su fe en un «¡Señor mío y Dios mío!» que es una Palabra herida, con cicatrices. Le tocará buscar a los pobres de Palestina para tocar de nuevo a Jesús que se sigue manifestando en ellos como el Resucitado.

Desde el punto de vista de las pruebas, como hoy las entenderíamos, Tomás no recibe más pruebas de la resurrección que otros discípulos. En otros relatos aparecen las manos y los pies mostrados por el Resucitado, incluso en la previa a los diez reunidos a puerta cerrada el domingo anterior, aunque las “llagas” no les despertaron reflexión especial. El costado es significativo en Juan por la lanzada que narra en la crucifixión. Entre las dos apariciones hay diferencias interesantes. En ambas las puertas están cerradas, el saludo es la paz y muestra manos y costado, pero en la primera a los diez les da un mandato, el Espíritu y el poder de perdonar pecados. Nada de esto aparece en el caso de Tomás (los once). En la primera hay alegría pero silencio, en la segunda Tomás hace una profesión de fe. María Magdalena había llamado Señor al Resucitado, igualmente los diez lo identificaron como el Señor. Tomás le añade el apelativo Dios. En todo el evangelio de Juan la identidad de Jesús y el Padre es evidente. Usa con mayor frecuencia Padre que Dios porque le da más sentido de intimidad dado que el “amor” (ágape, caridad) es la energía que mueve todo su evangelio. Pero para el entronque con el judaísmo y otras religiones, el concepto más apropiado era Dios. La auténtica profesión creyente es: Jesús es Dios. De Dios se podrá seguir discutiendo mucho porque como el evangelio siempre será oportuno el punto y coma; pero con Jesús llegó el punto final. La supuesta duda de Tomás resultó de gran ayuda para la fe como resultaron útiles para muchos las 520 dudas que busca resolver Tomás de Aquino en su Suma Teológica. Jesús como Palabra sigue en diálogo permanente con la humanidad; un diálogo con preguntas, respuestas, recriminaciones, consolaciones pero también a veces con silencios. El relato de Tomás nos deja también una cierta desautorización para basar la fe en manifestaciones físicas milagrosas. Si queremos ver heridas está el Resucitado si queremos “tocarlas” están los que sufren. Igualmente, en consecuencia con el Verbo (palabra) encarnado nuestra fe viene del oír más que del “ver” como es alabada al final: «¡Bienaventurados los que no vieron y creyeron!». En esto empatizamos con el judaísmo pues Yahvéh es Dios de la Palabra y su mandamiento más completo es ¡Escucha Israel! (Shema). Hoy nos toca oír la voz del Espíritu. Ni Moisés pudo ver a Yahvéh por más fuerte que fuera su deseo. Si se hizo visible Dios en Jesús para los discípulos hoy nuevamente se hace “leíble” o “audible” en el evangelio y por la voz de su Espíritu. Son estas manifestaciones las que lo hacen creíble y accesible a la fe. En ellas captamos que sigue vivo y al alcance de nosotros. No otra cosa es la experiencia Pascual que sobrepasa los condicionamientos propios de un relato de hace dos mil años. Sigue vivo porque ha mantenido a muchos viviendo a la manera de Jesús y abrigamos la esperanza de que pueda seguir siendo punto final en las angustias y el sentido de vida de muchos más. Las dudas no son impedimento.