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El mensaje del domingo

  •   Domingo Abril 23 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La paz esté con ustedes». Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. (Juan 20, 19-31).

Las lecturas de este domingo [Hechos de los Apóstoles 2, 42-47; Salmo 118 (117) 1ª Carta de Pedro 1, 3-9; Juan, 20, 19-31] nos invitan a reafirmar nuestra fe en la resurrección de Jesús, a dar testimonio de nuestra esperanza en la vida eterna y a construir la civilización del amor en coherencia con lo que creemos y esperamos.

1. “Dichosos los que crean sin haber visto”

Los relatos de las apariciones de Jesús resucitado en los Evangelios nos remiten a experiencias de fe que se sitúan en un nivel distinto del que captan físicamente los sentidos. Si bien emplean imágenes que se refieren a los hechos de ver, oír y tocar, la realidad a la que se refieren es de orden espiritual. Por eso nos presentan a Jesús entrando en un recinto con las puertas cerradas y realizando acciones que les permiten a sus discípulos reconocerlo en su vida nueva, diferente de la que tenía antes de su muerte, no condicionada por la materia ni por las dimensiones del espacio y del tiempo. En su encuentro con el apóstol Tomás, la referencia a las señales dejadas por los clavos en sus manos y en sus pies, y por la lanza en su costado, significa que se trata del mismo Jesús que había muerto en la cruz, pero ahora con una presencia captable sólo por la fe.

La frase de Jesús a Tomás -Dichosos los que crean sin haber visto (Juan 20, 29)-, y la que leemos en la 1ª Carta de Pedro -Ustedes no han visto a Jesucristo y lo aman, no lo ven y creen en Él (1 Pedro 1, 8)- se hacen realidad en nosotros cuando, sin exigir pruebas de laboratorio propias de las ciencias físicas y químicas, reconocemos la presencia de Cristo resucitado en su nueva realidad espiritual y decimos ante las especies consagradas del pan y del vino en le Eucaristía: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20, 28).

2. “Nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva”

La 1ª Carta de Pedro nos hace una invitación a la esperanza fundada en la resurrección de Cristo, prenda de nuestra resurrección futura, que nos impulsa a vivir con alegría incluso en medio de las dificultades presentes: Por eso estén alegres, aunque por un tiempo tengan que ser afligidos con diversas pruebas (1 Pedro 1, 6). Este gozo pascual se manifiesta especialmente cuando la comunidad realiza la fracción del pan, término con el cual se designa la Eucaristía en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el cual se dice que los primeros discípulos de Jesús partían el pan y lo comían juntos alabando a Dios con alegría (Hechos 2, 46). Así debe ser no sólo nuestra celebración eucarística, sino también nuestra vida entera: un testimonio vivo de alabanza gozosa a Dios, como lo dieron los primeros discípulos desde su fe pascual en los principios de la Iglesia.

En el Evangelio de hoy encontramos tres veces la frase la paz esté con ustedes. Este saludo de Cristo resucitado es especialmente significativo después de los hechos sangrientos del Calvario que habían dejado a sus discípulos sumidos en el miedo. También nosotros somos invitados, desde la fe pascual, a un porvenir de paz, la que nos da Cristo resucitado y que nos deseamos mutuamente, la paz que proviene del perdón, gracias al Espíritu Santo que Él mismo nos comunica: Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados.» Una paz que sólo será posible en la medida en que cada cual desarme su corazón, para que todos nos reconciliemos y nos dispongamos a construir una sociedad en la que podamos vivir sin miedos ni sobresaltos.

3. “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común”

Jesús resucitado envió a sus discípulos a proclamar la Buena Noticia de su Resurrección, A partir de ella, los primeros cristianos comenzaron a formar una comunidad caracterizada por el ágape, palabra que en griego significa amor, en el sentido de una disposición desinteresada a compartir, y con la que se describe en el Nuevo Testamento lo que es Dios (Dios es amor: 1 Juan 4, 8.11.16). Ágape se suele traducir también como caridad. Una caridad genuina, distinta de la caricatura en que se convierte al reducirla a la beneficencia asistencial sin compromiso con la justicia social.

La forma en que vivían los primeros cristianos como comunidad de amor (Hechos 2, 44), era un testimonio vivo de la verdad del mensaje pascual que proclamaban. Como en aquellos tiempos, ahora nos corresponde a nosotros asumir y llevar a la práctica el compromiso de realizar en nuestra vida lo que significamos en la Eucaristía al partir el pan, compartiendo todos como hermanos la mesa de la creación.

Conclusión

Pidámosle al Señor resucitado que, con la fuerza del mismo Espíritu que Él infundió a sus discípulos al exhalar su aliento sobre ellos, nos ayude a cumplir este compromiso, dando el testimonio de una fe inquebrantable en Él, el testimonio de una esperanza activa que nos impulse a colaborar en la construcción de una sociedad mejor para todos, y el testimonio de una caridad auténtica que nos mueva a la reconciliación y a la construcción de una auténtica comunidad de amor sobre la base de la justicia social realizada en el reconocimiento eficaz de la dignidad y los derechos de todas las personas.