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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 27 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Quizás no hay concepto bíblico que más haya influido en la cultura occidental que el de Adán . No significaba otra cosa que ser humano y estaba conectado con la tierra (adamah en hebreo). La diferencia sexual con ish e isha se unificaba en Adán. Era lo más grande de la creación pero a la vez insignificante comparado con Yahvéh. Decía un bello canto rabínico: “La humanidad es adorable porque fue creada a imagen de Dios, pero más adorable es el amor de Dios que se lo reveló”. No somos valiosos pues, en el judaísmo y el cristianismo por ser “animales racionales” como opinaban los griegos, ni porque seamos superiores al resto de los animales, sino porque Dios nos reveló que lo éramos. Cuando Jesús se designa a sí mismo como “hijo del hombre” vale traducir “hijo de la humanidad” (hyios tou anthropous). Las afirmaciones sobre el hombre no son sexuadas sino teológicas. En el evangelio de Juan es en el que más se enfatiza que el hombre vive en este mundo en tensión permanente porque no es plenamente de este mundo. La dualidad no es entre cielo y tierra, mortal e inmortal, alma y cuerpo, pues por más contrastantes que parezcan ambos pertenecen a la esencia humana, sino que la dualidad es de decisión: amar como Jesús o amar como “el mundo”; es decir, amarse a sí mismo o amar a los demás. En los sinópticos (y en la sicología) esto es menos claro: amar a los demás como se ama a sí mismo. Esto ya lo había formulado la ética griega estoica y epicúrea. En ningún momento la “decisión” en Juan es huir del mundo. «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Vaticano II, GS,22). Dentro de las muchas consecuencias que pueden sacarse, podemos decir que el hombre es un ser en tensión permanente, pues aún no es lo que es. Pablo y Juan hablan de un “hombre nuevo” de un renacer o de nueva generación. Es el resultado de la dinámica en permanente tensión entre el “ya no” (hombre viejo, dejado atrás), el “ya ahora” (hombre nuevo que no es movido por sus pasiones) y el “todavía no” (el hombre a la manera de Jesús en proceso permanente de conversión). Aunque muchos ven en Juan un evangelio dualista (luz contra oscuridad, cielo contra tierra, verdad contra mentira) el dualismo de Juan es ético como en el judaísmo y no físico como entre los gnósticos que eran los usuarios preferenciales de tal lenguaje. Tampoco es el dualismo ético de Qumrán que termina odiando a los enemigos de Dios y que habría influenciado a los fariseos.


El texto del evangelio de hoy es como un duplicado de lo dicho a Nicodemo anteriormente; cada versículo tiene su contraparte. Literariamente se parece al discurso del Bautista. Así como el Bautista se consideraba como una voz que clama en el desierto, porque poco los escuchan en su llamado a la conversión, Jesús da testimonio de lo visto y oído en el cielo pero su testimonio nadie lo recibe. Es la Palabra (Verbo encarnado) que transmite el Espíritu sin medida, pero los judíos se aferraban a las palabras medidas de la ley dejada por Moisés. Verdad es que también conocían una ley no escrita que era la voz de los profetas pero habían preferido perseguirlos y matarlos a escucharlos. En el judaísmo había algunas tradiciones de personajes que ascendieron al cielo cumpliendo similares funciones que Jesús. Tal es el caso de Elías, Moisés en algunas leyendas, los místicos del Merkabah (carro de fuego y gloria de Yahvéh). En el cielo habría recibido Moisés la Torah. Con Jesús habría “bajado” la Palabra (verbo encarnado) que aunque presente desde el comienzo nunca había sido encarnada en la tierra. El movimiento no era pues como el de Elías o Moisés que ascienden sino que era de descenso. Si se mira desde la perspectiva de una ascensión previa de Jesús al cielo, habría que referirla a la gloria en la cruz; es decir, que Jesús en el evangelio de Juan ya es el Resucitado. Como en la técnica de flash-back en las películas, aparece primero lo que fue último en el tiempo. En Mateo, en la oración del Padrenuestro hay una relación similar cuando el orante pide que se realice en la tierra la voluntad de Dios que ya se ha realizado en el cielo: Se ha realizado en la tierra la voluntad de Dios, pero reducida a Jesús; ahora toca que se realice en los creyentes. En Juan podemos ver algo similar. El amor del Padre por el Hijo (que es eterno) es del mismo del Hijo por sus seguidores y llega a su plenitud en la cruz. Ahora toca que los seguidores vivan un amor semejante al del cielo, pero en la tierra. Lo que Jesús revela en la tierra que había en el cielo, no era otra cosa que una forma de amar desconocida en la tierra porque no se da en ninguna criatura (humanidad). De manera gráfica no se dio entre Caín y Abel, sin que ni la Biblia ni los comentaristas judíos pudieran nunca dar razón del odio de Caín por Abel que lo lleva a la violencia. La razón que da el Génesis es tan genérica como primitiva: un Yahvéh caprichoso: «Yahveh miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación» (Gn 4:4-5). Jesús, por el contrario, muestra que el Padre es propicio con todos: llueve sobre justos e injustos, hace salir el sol para buenos y malos. El mal no está en el mundo creado por amor, sino en el hombre creado para amar. Estrictamente hablando en el evangelio de Juan no sube Jesús al cielo sino a la cruz y ahí encuentra su resurrección y su gloria. La escena de su ascensión, es opinión común, que es un añadido posterior a su evangelio para que armonice con Lucas, quien asocia dos pentecostés con ascensión: una para los discípulos (evangelio) y otra para la comunidad creyente (hechos de los apóstoles). Por eso en Juan puede Jesús decir que ya está en él la plenitud del Espíritu: «Dios no le dio el Espíritu con medida». Espíritu que entrega a sus seguidores a la hora de la muerte.

Ni de Juan Bautista ni de los profetas se decía que vinieran del cielo. Jesús como Verbo podía decirse que bajaba del cielo, es decir, del lugar de Dios en la imagen judía del cosmos. Pero no era como el Olimpo griego donde los dioses de divertían, sino el lugar donde Yahvéh, como esposo o como padre de Israel sufría con la suerte de su amada, esposa o hija. El cielo judío añoraba la tierra tanto como la tierra añoraba el cielo. Esa maravillosa tensión es propia del judaísmo y es herencia que tiene que conservar el cristianismo. Una fe, una piedad, una religión meramente celestial es tan incompleta como una fe, una piedad, una religión meramente terrenal (humanismo sin Dios no es pensable para el cristiano). Lo grandioso del cristianismo es que no nos permite estar plenamente satisfechos en la tierra pero tampoco plenamente satisfechos en el cielo. Como decía Teresita de Lisieux: la eternidad es hacer el bien aquí en la tierra, como lo hace Dios, el gran insatisfecho.