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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Abril 30 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Lucas 24:13.35, domingo, abril 30 de 2017

La tumba vacía y el mensaje de las mujeres (con ángeles y el mismo resucitado como hortelano), producen solamente estupor e increencia; y los discípulos dicen claramente que las mujeres no han visto al Señor. Pero los discípulos tampoco lo verán sino que lo reconocerán en la “fracción del pan”. El relato de Emaús es un relato de aparición bastante elaborado. Las apariciones son las experiencias pascuales que en una forma más sintética aparecen en el camino de Damasco en el caso de Pablo. Lo que en otros relatos se produce en una sala, sentados a la mesa y con la puerta cerrada por miedo a los discípulos, aparece ahora con unos discípulos que huyen de Jerusalén desanimados y vuelven en su tierra a sus anteriores oficios. El resumen del relato está en la frase final: «Le reconocieron en la fracción del pan» que fácilmente puede releerse como experiencia pascual. La Eucaristía se celebra con el Resucitado presente en la comunidad . La sola aparición del Resucitado era inadecuada para las preguntas de los discípulos sobre cómo el sufrimiento y la muerte encajaban en los planes de Dios. De ahí que encuentren en una relectura (con Jesús) de las Escrituras una ocasión para ahondar en el significado de la muerte. Este proceso prosigue cuando vuelven a Jerusalén a encontrarse con los demás discípulos. Lo que opinan de Jesús es que es un profeta poderoso en obras y palabras. Era lo que veían a ese nivel de entendimiento. La idea de que los profetas pudieron predecirlo todo corresponde a la creencia popular judía y es la pedagogía utilizada en el camino. Estrictamente hablando la novedad de Jesús no cabía en las apreciaciones de los profetas que eran de su tiempo y para su tiempo. En Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles que se le atribuyen, Jesús es la revelación definitiva, el punto final a toda revelación; por lo cual, el sentimiento era que todas las Escrituras Hebreas se descifraban desde Jesús. Hoy la exégesis es más cauta en este sentido. Jesús va más allá de ser un nuevo Moisés, tenido por el más grande los profetas, aunque se le clasifique como legislador. Los profetas fueron dados por petición de Moisés y para que el pueblo “no quisiera saber el futuro”. En el discurso de Esteban se califica a Moisés igual que a Jesús: «Y fue Moisés instruido en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en palabras y obras» (Hc 7:22).

Los discípulos descargan la culpa en los “príncipes de los sacerdotes y magistrados” que condenaron a Jesús, sin mencionar a Judas, ni los romanos ni el pueblo judío. Es una figura llamada sinécdoque que nos encamina al sentido de todo por expresión de la parte. Condenar a los judíos por la muerte de Jesús también tuvo que ser corregido en el Vaticano II (Nostra Aetate). Los discípulos esperaban la “restauración de Israel” que es una esperanza judía; no cristiana pues también se abre a los gentiles. En el Benedictus se proclamaba igual esperanza judía: «Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo» (Lc 1:68). Similar expectativa hay en el canto de Ana en la purificación de María: «Hablaba de él a cuantos esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2:38). El relato de Emaús va llevando a los discípulos de la perplejidad a una nueva interpretación de las Escrituras y a la apertura a la presencia del Resucitado en una nueva forma pues «sus ojos no podían reconocerle». Presenta el contraste entre la manera humana de entender la salvación y la manera como fue realizada en Jesús. Trataban de informar a Jesús sobre quién era Jesús: una ironía. Incluso recriminan a Jesús por su ignorancia. Los recriminados pasan a ser los discípulos: «¡Oh! hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer». Pero son ellos los que ignoran algo que con las solas Escrituras no iban a entender. También Jesús es condenado de acuerdo a las Escrituras pues el blasfemo debía morir y fue declarado blasfemo en el Sanedrín. Pero los discípulos requerían de una experiencia personal, algo que es más claro en Juan que en Lucas. El lector ya ha sido informado que se trata de Jesús como caminante y puede mirar el equívoco a distancia. A la comunidad creyente le tocaría asumir muchos equívocos e ironías similares. La persecución desatada por la muerte de Esteban lleva a que se difunda aún más el evangelio; Ananías protesta en Damasco porque tiene que buscar y curar a Saulo que era perseguidor; cuando Pedro es liberado piensa que está soñando; la comunidad ora por Pedro pero duda que haya sido escuchada. La acción salvífica de Dios les toca aprender a percibirla precisamente cuando es sorpresiva porque parece ir en contravía de los planes humanos o de sus expectativas. Un Dios que parece gustar de la ironía. La muerte de Jesús tiene pues la ambigüedad para los judíos y para los creyentes que pretenden entenderla desde las solas Escrituras Hebreas, de ser el rechazo de Dios del propósito salvífico en Jesús y a la vez el medio por el cual el propósito de Dios se realiza. En otras palabra, que Jesús muere, no a pesar de ser Dios sino precisamente porque lo era. Este resultado sorprende. Dios supera las expectativas humanas con un resultado irónicamente inverso. Salva de la muerte muriendo, libra del sufrimiento sufriendo. En última instancia Lucas no encuentra otra razón diferente a decir: «Era necesario». El propósito de Dios, que en Lucas es el perdón y la misericordia, se debía realizar en un mundo poco afecto al perdón y la misericordia; pero sin anular este mundo —creado por amor, según Juan— ni quitarle su poder de decisión y acción. El mundo no cederá fácilmente a un tal propósito de Dios pero Jesús lo hace. Al menos la “pelota” de la responsabilidad queda en la cancha de la humanidad sin que Jesús haya renunciado al juego. Mostró que con nuestras reglas siempre perdía el perdón y la misericordia pero no las cambió. Toca al creyente y a la comunidad cristiana hacerlo. La resurrección cumple así el papel irónico de ser la confirmación de que el sufrimiento y la muerte no son la derrota como podríamos pensar. Era la entrada en la gloria. Cuando los discípulos, con el corazón ardiendo, vuelven a Jerusalén lo hacen a sabiendas de que pueden enfrentar dificultades pero ya no los asustan para huir sino que les dan mayor valor para dar testimonio. Irónicamente en Lucas es el buen ladrón (sufre la cruz al lado de Jesús) quien parece entender que por ella llegará Jesús a la gloria. «Decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23:42), un reino bien distinto del que esperaban los judíos y mucho más del que habían implementado los romanos. Entre los creyentes lo más adecuado que encontraron para buscar alguna respuesta al sufrimiento fue el canto del siervo de Isaías. Pero el judaísmo le da una interpretación diferente. Quien viva la experiencia Pascual ya no necesita acudir a este canto. Encuentra que su sufrimiento es la salvación de otros.