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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 04 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 6:44-51, jueves, mayo 4 de 2017 Desde que en el libro del Génesis se habla de imagen y semejanza divina para el ser humano, el empeño por buscar la semejanza, con base en la idea de Dios, llevó a la concepción dinámica del hombre de no ser aun lo que Dios esperaba de su creatura. La imagen se recibía como don o regalo común para toda la humanidad, la semejanza como tarea para realizar a lo largo de la vida. Podríamos decir que la imagen es el pasado (la marca de fábrica del ser humano) y su semejanza es el futuro (lo que se espera del ser humano). Los escritores místicos hablan del destino futuro del ser humano como la “unión mística” o la deificación. En el Nuevo Testamento son Pablo con su idea de incorporación mística en Cristo y Juan como el Logos (palabra, verbo) encarnado quienes mejor presentan esta idea. Las espiritualidades ascéticas plantearon el camino de la práctica de las virtudes para llegar a tal estado, pues la enseñanza de Dios sería la práctica de dichas virtudes: humildad, largueza, castidad, paciencia, templanza, caridad, diligencia y otras. A ellas se accedía por oración, ayuno, penitencias y mortificaciones. Lógicamente en todo esto el cuerpo resultaba bastante maltratado y fácilmente concebido como enemigo del alma. Lo que parecía la exaltación unilateral de un aspecto, era el desprecio de otro igualmente importante, según la concepción hebrea del hombre como ser integral. En Juan no hay logos (espíritu) sin carne ni carne sin logos. En la visión de Ezequiel de los huesos secos, también éstos pueden revestirse de espíritu, por lo cual es entendible que en el judaísmo no existiera culto a los muertos pues Yahvéh era Dios de vivos. El desarrollo teológico judío del maná como pan del cielo, apunta a que el hombre podría compartir el alimento de eternidad como los dioses. En varios padres de la Iglesia precisamente la Eucaristía se llama “remedio de inmortalidad” o de resurrección. Juan habla de “renacimiento” (nacer de nuevo o de arriba) en el diálogo de Jesús con Nicodemo y Pablo habla de una experiencia mística de ser «arrebatado al tercer cielo» (2 Co 12:2), no para quedarse en él como quería Pedro en la transfiguración, sino para hacerse consciente del futuro que esperaba al creyente. En el cristianismo la resurrección (inmortalidad) es un don de Dios y no una propiedad innata del alma (como en Platón); el alma humana está emparentada con la gloria divina (no solo con la razón) y la distancia sólo puede trascenderse a través de Jesús. Es decir, al margen de Jesús no hay acercamiento posible a Dios. A través del progreso moral el hombre participa en los atributos divinos. En las experiencias místicas aún en esta vida, se puede pregustar la unión con Dios. Un ejemplo de esto último es el “camino de Damasco” de Pablo, quien en sus propias palabras dice que es la revelación en él como hijo de Dios: «Se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase a los gentiles» (Gal 1:16). En los evangelios sinópticos el hombre recto espera heredar la vida eterna en el futuro, pero en Juan quien cree en Cristo la posee aquí y ahora (Jn 3:16). Para tratar de expresar lo que la encarnación significaba para el ser humano se buscaron las mejores fórmulas para tratar de entender la manera como fuimos enseñados por Dios a través de Jesús. Así se dice que por amor infinito, Dios se hizo hombre, como somos nosotros, para hacer de nosotros lo que él mismo era. La figura de la Eucaristía fue igualmente usada: así como el pan se transforma espiritualmente por la invocación eucarística, nuestros cuerpos se transforman al recibir la comunión. ¡Cuántas veces hemos comulgado y cuántas nos esperan! Igual comparación se aplicó al bautismo como incorporación a Cristo. La comunión puede considerarse como un bautismo repetido. En una formulación más general: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios; por el abajamiento (kénosis) de la encarnación Dios se hizo hombre para enseñarnos como era posible que un hombre se hiciese Dios. Si el conocimiento es la perfección del hombre como hombre, el amor es la perfección del hombre como Dios. La salvación estribaría en una fórmula de intercambio de manera que Cristo se hace lo que somos de manera que lleguemos a ser lo que él es. Tenemos ya la imagen y debemos adquirir la semejanza, primero por la calidad de nuestra vida moral y segundo por nuestra incorporación por el bautismo. La semejanza definida como la similitud con Dios en la medida en que cabe a la naturaleza humana. En la historia del cristianismo son los monjes del desierto lo primeros en postular una vía para alcanzar la semejanza divina; son sus experiencias las que dan origen a la literatura mística. Tomada como técnica se vuelve mera ascética como el entrenamiento de un gimnasio: solo músculos endurecidos a menudo incluso amenazantes para los demás. Pero cualquier idea de santidad, de perfección, de purificación debe pasar por el auténtico mandato de Jesús: «Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso» (Lc 6:36). O como recuerda Pablo a los corintios: sin amor (caridad, ágape) todo carisma por extraordinario que sea es como címbalo que resuena y no vale nada. De ahí que Gregorio de Nisa diga que el mejor camino para construir la semejanza con Jesús es el camino de la filantropía (amor al ser humano) que practicó Jesús. Nuestra respuesta a un Dios que desciende a la tierra como Jesús, es imitar a Jesús para ascender con él y como él a Dios quien bajó primero. Por ejemplo, habla de la virginidad como virtud divina pero no como una condición física sino como “desprendimiento del corazón”, como condición espiritual que no se esclaviza con apegos. La humanidad, el cosmos todo fue creado para la deificación. El único fracaso real de la humanidad es no alcanzarla, según Máximo el Confesor. La diferencia entre la imagen y semejanza es como la que hay entre una caricatura y un acabado retrato. Primero el artista diseña unas líneas en un solo color o carboncillo. Luego pinta de tonos y colores los detalles que toma del modelo que es el mismo para todos: Jesús. Así, todos y cada uno expresan de manera diferente y en diferente grado de exactitud el mismo modelo. El proceso se da por las dinámicas, energías, gracias divinas que son los nombres que damos a Dios: como Dios nos deifica, como Vida no vivifica, como Luz nos ilumina, como Unidad nos unifica, como Realidad nos realiza, como Misericordia nos hace misericordiosos. En la literatura mística la transfiguración es entendida como una expresión de lo que se espera del ser humano. Los discípulos fueron rodeados de la gloria divina. Los nombres que le dan como metamorfosis, metabolismo, transformación indican el carácter dinámico de la vida cristiana. Considerar los sacramentos como cambios instantáneos está más cerca de la alquimia y las religiones mistéricas que de la concepción cristiana revivida en el Vaticano II. Los sacramentos son anticipaciones del futuro. Se celebran en un instante y se viven toda la vida. Pero el camino no es una autopista de alta velocidad. Tomando la imagen de Moisés y su subida al Sinaí, dicen los místicos que el camino incluye luz, nubes y oscuridad. Algo similar al camino de Juan de la Cruz y buena metáfora del camino del modelo único: el camino de la cruz. Enseñados por Dios no es otra cosa que enseñados por Jesús.


Juan 6:44-51, jueves, mayo 4 de 2017

Desde que en el libro del Génesis se habla de imagen y semejanza divina para el ser humano, el empeño por buscar la semejanza, con base en la idea de Dios, llevó a la concepción dinámica del hombre de no ser aun lo que Dios esperaba de su creatura. La imagen se recibía como don o regalo común para toda la humanidad, la semejanza como tarea para realizar a lo largo de la vida. Podríamos decir que la imagen es el pasado (la marca de fábrica del ser humano) y su semejanza es el futuro (lo que se espera del ser humano). Los escritores místicos hablan del destino futuro del ser humano como la “unión mística” o la deificación. En el Nuevo Testamento son Pablo con su idea de incorporación mística en Cristo y Juan como el Logos (palabra, verbo) encarnado quienes mejor presentan esta idea. Las espiritualidades ascéticas plantearon el camino de la práctica de las virtudes para llegar a tal estado, pues la enseñanza de Dios sería la práctica de dichas virtudes: humildad, largueza, castidad, paciencia, templanza, caridad, diligencia y otras. A ellas se accedía por oración, ayuno, penitencias y mortificaciones. Lógicamente en todo esto el cuerpo resultaba bastante maltratado y fácilmente concebido como enemigo del alma. Lo que parecía la exaltación unilateral de un aspecto, era el desprecio de otro igualmente importante, según la concepción hebrea del hombre como ser integral. En Juan no hay logos (espíritu) sin carne ni carne sin logos. En la visión de Ezequiel de los huesos secos, también éstos pueden revestirse de espíritu, por lo cual es entendible que en el judaísmo no existiera culto a los muertos pues Yahvéh era Dios de vivos. El desarrollo teológico judío del maná como pan del cielo, apunta a que el hombre podría compartir el alimento de eternidad como los dioses. En varios padres de la Iglesia precisamente la Eucaristía se llama “remedio de inmortalidad” o de resurrección. Juan habla de “renacimiento” (nacer de nuevo o de arriba) en el diálogo de Jesús con Nicodemo y Pablo habla de una experiencia mística de ser «arrebatado al tercer cielo» (2 Co 12:2), no para quedarse en él como quería Pedro en la transfiguración, sino para hacerse consciente del futuro que esperaba al creyente. En el cristianismo la resurrección (inmortalidad) es un don de Dios y no una propiedad innata del alma (como en Platón); el alma humana está emparentada con la gloria divina (no solo con la razón) y la distancia sólo puede trascenderse a través de Jesús. Es decir, al margen de Jesús no hay acercamiento posible a Dios. A través del progreso moral el hombre participa en los atributos divinos. En las experiencias místicas aún en esta vida, se puede pregustar la unión con Dios. Un ejemplo de esto último es el “camino de Damasco” de Pablo, quien en sus propias palabras dice que es la revelación en él como hijo de Dios: «Se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase a los gentiles» (Gal 1:16). En los evangelios sinópticos el hombre recto espera heredar la vida eterna en el futuro, pero en Juan quien cree en Cristo la posee aquí y ahora (Jn 3:16).

Para tratar de expresar lo que la encarnación significaba para el ser humano se buscaron las mejores fórmulas para tratar de entender la manera como fuimos enseñados por Dios a través de Jesús. Así se dice que por amor infinito, Dios se hizo hombre, como somos nosotros, para hacer de nosotros lo que él mismo era. La figura de la Eucaristía fue igualmente usada: así como el pan se transforma espiritualmente por la invocación eucarística, nuestros cuerpos se transforman al recibir la comunión. ¡Cuántas veces hemos comulgado y cuántas nos esperan! Igual comparación se aplicó al bautismo como incorporación a Cristo. La comunión puede considerarse como un bautismo repetido. En una formulación más general: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios; por el abajamiento (kénosis) de la encarnación Dios se hizo hombre para enseñarnos como era posible que un hombre se hiciese Dios. Si el conocimiento es la perfección del hombre como hombre, el amor es la perfección del hombre como Dios. La salvación estribaría en una fórmula de intercambio de manera que Cristo se hace lo que somos de manera que lleguemos a ser lo que él es. Tenemos ya la imagen y debemos adquirir la semejanza, primero por la calidad de nuestra vida moral y segundo por nuestra incorporación por el bautismo. La semejanza definida como la similitud con Dios en la medida en que cabe a la naturaleza humana. En la historia del cristianismo son los monjes del desierto lo primeros en postular una vía para alcanzar la semejanza divina; son sus experiencias las que dan origen a la literatura mística. Tomada como técnica se vuelve mera ascética como el entrenamiento de un gimnasio: solo músculos endurecidos a menudo incluso amenazantes para los demás. Pero cualquier idea de santidad, de perfección, de purificación debe pasar por el auténtico mandato de Jesús: «Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso» (Lc 6:36). O como recuerda Pablo a los corintios: sin amor (caridad, ágape) todo carisma por extraordinario que sea es como címbalo que resuena y no vale nada. De ahí que Gregorio de Nisa diga que el mejor camino para construir la semejanza con Jesús es el camino de la filantropía (amor al ser humano) que practicó Jesús. Nuestra respuesta a un Dios que desciende a la tierra como Jesús, es imitar a Jesús para ascender con él y como él a Dios quien bajó primero. Por ejemplo, habla de la virginidad como virtud divina pero no como una condición física sino como “desprendimiento del corazón”, como condición espiritual que no se esclaviza con apegos. La humanidad, el cosmos todo fue creado para la deificación. El único fracaso real de la humanidad es no alcanzarla, según Máximo el Confesor.

La diferencia entre la imagen y semejanza es como la que hay entre una caricatura y un acabado retrato. Primero el artista diseña unas líneas en un solo color o carboncillo. Luego pinta de tonos y colores los detalles que toma del modelo que es el mismo para todos: Jesús. Así, todos y cada uno expresan de manera diferente y en diferente grado de exactitud el mismo modelo. El proceso se da por las dinámicas, energías, gracias divinas que son los nombres que damos a Dios: como Dios nos deifica, como Vida no vivifica, como Luz nos ilumina, como Unidad nos unifica, como Realidad nos realiza, como Misericordia nos hace misericordiosos. En la literatura mística la transfiguración es entendida como una expresión de lo que se espera del ser humano. Los discípulos fueron rodeados de la gloria divina. Los nombres que le dan como metamorfosis, metabolismo, transformación indican el carácter dinámico de la vida cristiana. Considerar los sacramentos como cambios instantáneos está más cerca de la alquimia y las religiones mistéricas que de la concepción cristiana revivida en el Vaticano II. Los sacramentos son anticipaciones del futuro. Se celebran en un instante y se viven toda la vida. Pero el camino no es una autopista de alta velocidad. Tomando la imagen de Moisés y su subida al Sinaí, dicen los místicos que el camino incluye luz, nubes y oscuridad. Algo similar al camino de Juan de la Cruz y buena metáfora del camino del modelo único: el camino de la cruz. Enseñados por Dios no es otra cosa que enseñados por Jesús.