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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 08 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 10:11-18, lunes, mayo 8 de 2017

Dos nuevas características se asignan a Jesús como modelo de pastor que ha de ser imitado por los pastores de la comunidad creyente. a) Que está dispuesto a dar su vida por las ovejas, frente a los fariseos que como asalariados esquilan las ovejas pero no guardan fidelidad a ellas. Un pastor fiel como David (modelo frecuente en el judaísmo) protegía la comunidad con su vida; b) conoce sus ovejas y esta íntimo conocimiento implica amarlas lo cual en última instancia es el motivo para dar la vida por ellas. Pero este amor ha de extenderse también —en Juan el amor (ágape, caridad) es la clave de todo— más allá de sus propias ovejas, que no están en el redil . Para que tal unidad sea posible Jesús da su vida, una vida que entrega, que nadie se la quita. Esta es otra idea típica de Juan respecto a la muerte de Jesús. En el discurso, oración o testamento de la última cena, la petición es por la unidad: «Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y Yo en ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17:21). Pero el tema de la unidad del rebaño, mirando la variedad de comunidades, tensiones y modos de afrontarlas en la comunidad creyente nos muestra que no puede confundirse con la uniformidad. En el mismo pueblo judío había variedad de movimientos dentro de una unidad más amplia. La misma idea religiosa lo permitía, de manera que ya se decía: “Donde hay dos judíos tenemos tres opiniones”. Después de todo el pensamiento religioso ha sido uno de los mejores estímulos para la reflexión, creación, innovación y pensamiento de la humanidad. De hecho, se habla de dos tipos de comunidades en la primitiva iglesia. Una al estilo de Jerusalén más apegada a la tradición judía, en cabeza de Pedro, Santiago y otros apóstoles y otra al estilo de las comunidades de la gentilidad, más libres de dichas tradiciones judías y más cercanas a una comunidad carismática; estarían en cabeza de Pablo, Bernabé y otros. Será a principios del siglo I cuando se empiece a elaborar una cierta unidad alrededor de los obispos, especialmente con Ignacio de Antioquía y la concepción de la Eucaristía. La Iglesia Ortodoxa conserva la idea del obispo como quien preside la Eucaristía, pero necesariamente rodeado de sacerdotes, diáconos y laicos, como los cuatro estamentos consagrados bajo el sacerdocio común. Algo de esto se refleja en el Vaticano II que desaconseja las eucaristías privadas. La función magisterial (enseñanza) empieza a unificarse alrededor del obispo con Cirilo de Alejandría (siglo V) pues antes eran funciones aparte, especialmente en escuelas catequéticas de grandes teólogos, muchos de ellos laicos. Después del Vaticano II y su documento Unitatis Redintegratio, la unidad de los creyentes se llama ecumenismo (del griego oicoumene que puede traducirse por casa común). Podemos decir que se trata de una unidad en la diversidad o de una diversidad reconciliada, no en lucha intestina como infortunadamente pasó con la división de la Iglesia Oriental y la Iglesia Latina en el siglo X y con la Reforma en el siglo XVI. Estamos unidos en el seguimiento de Jesús, el evangelio y atentos al Espíritu que sopla dónde quiere y cómo quiere como dice Jesús a Nicodemo. Esto hace que no pueda definirse ni forzarse ningún tipo de unidad pues será la que nos dé el Espíritu, recibida como gracia, como don. Para bien y esperanza de la creación y la humanidad, todos habitamos la misma casa común (Laudato si´) y el futuro es para todos o quizás para nadie, dependiendo de la responsabilidad asumida por todos y cada uno. Hoy, ninguna iglesia seria se arroga el monopolio de la salvación, y todas se entienden como siempre en purificación, conversión y reforma. Todas caminan a una mayor y mejor conversión hacia Jesucristo, el único y auténtico pastor que ni siquiera se atribuye la propiedad del rebaño porque es de su Padre Dios. El punto de convergencia es Jesús que nos espera en el futuro, no en un pasado añorado. Desde los primeros “cismas” (por ser minoría) nacieron iglesias que aún hoy perduran. En un diálogo sincero nos enriquecen con sus espiritualidades, celebraciones sacramentales, pastoral, teología y cultura. También con sus sufrimientos y pasiones por fidelidad al evangelio y a Jesucristo.

Las iglesias cristianas alegan, a justo título, su carácter de católicas. No debe confundirse con su aspecto meramente geográfico. Teófilo de Antioquía opinaba que era la Resurrección lo que daba la catolicidad como mensaje para todo ser humano (Pablo dice algo similar), y Tertuliano opinaba que era la Providencia que vela por todos. El Vaticano II reconoce la dificultad de expresar la catolicidad con estas palabras: «A la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de la catolicidad» (UR,4). La catolicidad de cualquier iglesia cristiana requiere al menos las seis características siguientes: a) catolicidad geográfica (que no excluya región ninguna, no necesariamente que la incluya), b) catolicidad antropológica (que no excluya a ningún ser humano, no necesariamente que lo incluya), c) catolicidad reveladora (que no excluya ninguna verdad del evangelio), d) catolicidad creacional (hoy diríamos ecológica: que sea buena nueva para toda la creación), e) catolicidad soteriológica (que contenga todo lo necesario para la salvación integral del ser humano), f) catolicidad cristológica (que predique el Cristo total, dentro de la Trinidad, con el Espíritu Santo dado a todos). Católico no es una marca registrada sino una visión del mensaje de salvación. El teólogo Karl Barth, lo expresa como visión indispensable a la fe cristiana: “Si un hombre se siente conforme con la división religiosa, si incluso se alegra, si se complace de las faltas y errores obvios en otros, y sin embargo no se siente responsable de ellos, entonces puede ser un buen y leal creyente de su denominación particular, un buen católico romano o reformado u ortodoxo o bautista, pero no debe pensar que es un buen cristiano”. Lo dice igualmente con un axioma duro: “Cualquier iglesia es católica o no es iglesia en absoluto” como sería una iglesia sólo para negros, sólo para blancos, sólo para el Espíritu Santo, sólo para latinos, sólo para ciegos, sólo para industriales. En el pasado se puso mucho el énfasis en lo que diferenciaba y dividía a las diferentes iglesias pero entendidas todas como el seguimiento de Jesús al servicio de la humanidad, urge poner el énfasis en lo común y que nos une. Como recomienda Pablo: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:2). Desde el Vaticano II la Iglesia Católica (Romana) entiende la unidad visible no como uniformidad sino como pluralidad, como comunión de Iglesias. De ahí que el desafío sea hacer de la Eucaristía el signo más claro de unidad, no solamente para quienes toman parte en el culto sino como unidad de toda la humanidad, incluida la creación que se dirige el Señor de todos. En una conocida frase de Agustín (siglo IV): “Unidad en lo fundamental, diversidad en lo opinable y caridad en todo”.