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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 09 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 10:22-30, martes, mayo 9 de 2017

Jesús sube a Jerusalén tres veces según el evangelio de Juan y una según los sinópticos. Hoy se trata de la fiesta de la Dedicación, Hannuka o de las Luces. Cae alrededor de diciembre y celebraba la re-dedicación del Segundo Templo (de Zorobabel) por Judas Macabeo, líder de la revuelta contra los griegos invasores. Esto porque Antíoco Epífanes IV había profanado el Templo sacrificando cerdos. Antíoco se había autoproclamado dios, como en el pasado lo había hecho Alejandro Magno. Jesús reclamaría para sí lo que había hecho Antíoco ilegítimamente. Se llamaba de las Luces en honor a las lámparas de los macabeos cuyo aceite del Templo habría durado una semana a pesar de que era poco, durante dicha lucha. Los asmoneos enfatizaban el aspecto militar de la fiesta y los fariseos del aspecto religioso que había resistido al influjo de la religión griega. La ceremonia principal es encender el candelabro de los ocho brazos llamado la Menorah, mientras se recita el salmo 30. Jesús continúa reseñando el comportamiento del buen pastor y cómo no es posible arrebatar las ovejas de sus manos cuando tienen la vida eterna, una vida que empieza ahora, desde ya. Los macabeos llegaron al poder político y militar por la fuerza de la que disponían mientras que Jesús ejerce un liderazgo de pastor entregando su vida, no la de otros como los macabeos. Hasta tal punto son héroes judíos los macabeos que lo que para nosotros se llama Olimpiadas (en honor de los dioses del Olimpo) para los judíos son la Macabeadas (en honor de los macabeos). En Juan, aparece Jesús con sus eventos y discursos en medio de los festivales judíos tales como Pascua, el festival de las Tiendas (sukkoth) o de las ramas enramadas y en esta de Hanukkah. Aparece Jesús como el significado real o reemplazo del sentido de tales fiestas.

En el judaísmo antiguo había una abundancia de palabras para dirigirse a Yahvéh que son heredadas por el cristianismo. Cada fuerza, potencia, dinamismo servía para nombre de Dios pero ninguno lo agotaba. El más amplio e impronunciable era YHVH cuya característica más asombrosa era la misericordia; pero también estaba Elohim como justicia, Adonai como mi Señor, Shadai como el poderoso, Sebaot como jefe de los ejércitos, el Shalom como paz, el Kadosh como el santo, el Olam como señor del universo, el Makon como el omnipresente, Sekina como su presencia. Aunque se le concebía como Padre lo era de todo Israel, de todo el pueblo y no de una persona en particular. No hay la invocación en el Antiguo Testamento de Dios como “Padre mío” que es la preferida en el evangelio de Juan. Pero un nombre típico para Dios que usa Jesús es Abba, una forma cariñosa de llamar al papá, que según algunos es el balbuceo de un niño pequeño, que no aparece ni en las plegarias litúrgicas judías ni en las oraciones privadas. Según algunos comentaristas sería la primera palabra del padrenuestro en su versión original que luego los cristianos reemplazaron con Padre para evitar ofender al judaísmo. Aún hoy en la liturgia se hace preceder a menudo la oración del Padrenuestro con la exhortación “nos atrevemos a decir”: Padre nuestro… En la época de Maimónides (filósofo y teólogo judío del siglo XII) abba pasó a significar rabino y los cristianos lo tomaron como título honorífico para “abad” de un monasterio y para abate o sacerdote con cuidado de almas. Jesús, por el contrario, se identifica de tal manera con su Padre Dios que declara «Yo y el Padre somos una sola cosa» que en el original significa literalmente somos uno. Esta afirmación dio para muchos debates teológicos sobre todo cuando se partía del Dios único del monoteísmo judío y se entendía que lo engendrado (el Hijo) debía ser inferior al engendrador (el Padre). Pero como en otro comentario se decía, la fe procede de manera inversa: Jesús es Dios y de Dios conocemos lo que Jesús nos revela, lo demás es apofático o especulativo. Tomás de Aquino dice, en la Suma Teológica, que de Dios no podemos saber qué es sino sólo qué no es. Gregorio de Nisa (siglo IV) fue aún más allá pues cualquier intento de definir a Dios de manera dogmática "se convierte en un ídolo (ieidolon en griego = imagencita) que precisamente es el origen de la idolatría. La única forma de huir de la idolatría es entonces aceptar a Jesús como Dios. La afirmación de la identidad de Jesús con el Padre es motivo para ser juzgado por blasfemo por parte de los judíos que intenten apedrearlo como castigo prescrito para la blasfemia. La razón era que ningún hombre (ni siquiera los grandes como Moisés, Abrahán, Jeremías) podía atribuirse naturaleza divina. Por la imagen y semejanza del Génesis el hombre sí podía esperar imitar a Yahvéh pero era un esfuerzo de “abajo hacia arriba” en el que siempre quedaba el hombre corto. Pero en el evangelio de Juan el esfuerzo era al contrario: de arriba hacia abajo, del Verbo que se hace carne, del que se abaja (kénosis) dice Pablo. Todo esto era locura para los griegos y necedad para los judíos pero para los creyentes la sabiduría superior de Dios. Así, el cristianismo no es otra cosa que la afirmación, con todas sus consecuencias de la divinidad de Jesús en la encarnación. De la cuna a la cruz es Emmanuel, Dios entre nosotros de una manera accesible, aunque dura y sacrificial, para todo creyente. Hubiéramos preferido un salvador menos exigente en nuestra vida que no nos hubiera exigido pasión y la de Jesús hubiera sido un “descache”. Ahora, nos toca re-leer la visión de Dios del judaísmo con los ojos de Jesús y entender que ser hijo de Dios, como se entendía todo el pueblo judío, no puede hacerse realidad sino a la manera del Hijo Jesús. De otra forma somos el fracaso de Dios en su esfuerzo de crearnos. Dentro de las limitaciones del lenguaje religioso, nos llega la objeción válida de la teología feminista de lo que para el sexo femenino pueda decir una categoría masculina como “padre” para Dios. Ya en el pasado se veía tal limitación. En el siglo IV Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno aceptaban que “madre” puede reemplazar “padre” como nombre de Dios puesto que no hay masculino ni femenino en la divinidad. En el mismo evangelio de Juan aparece María al pie de la cruz con el genérico “madre” del “discípulo amado” de manera que reducirlo a una supuesta custodia de María por Juan en Efeso no parece hacer justicia al texto. Igualmente aparece Jesús diciendo a sus discípulos que Dios es padre también de ellos y es esa paternidad lo que comparte con sus seguidores. Hoy sigue siendo fuente de inspiración de la dignidad humana: todos somos hijos de Dios. Para algunos la “metáfora padre” ha sufrido un desgaste cultural y de género que ya no sería adecuada hoy para hablar de Dios. De hecho en los sinópticos hay un contraste claro entre el padre terrenal y el celestial pues a nadie debemos llamar padre en la tierra (Mt 23:9). También la imagen del rebaño la podemos haber desgastado y estén surgiendo otras imágenes más significativas. Al evangelio no lo agota ninguna época.