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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 10 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Juan 12:44-50, miércoles, mayo 10 de 2017

No es de extrañar que a veces tengamos dificultad en entender la relación entre Dios Padre y Jesús, especialmente cuando partimos de las definiciones dogmáticas de la Trinidad y de Jesús. Los dogmas no se elaboraron para la catequesis sino para dirimir discusiones de la época y su lenguaje en general es poco bíblico. La Trinidad como “tres personas en una naturaleza” o “tres hipostasis en una sustancia” y Cristo como “dos naturalezas en una persona” que llevan a Juan Damasceno a formular la “comunicación de propiedades”, es decir, que lo que se afirma del Logos (verbo, palabra) se aplica a Jesús, nos resultan hoy poco comprensibles. No se puede negar que sean de mucha riqueza y profundidad para la teología pero requieren formulaciones más cercanas a la vida. En el budismo, que podemos llamar una religión sin Dios, se utiliza el Koan para la catequesis, que es precisamente un problema sin solución que busca ofuscar la razón con la intención de llevarla a la iluminación. El lenguaje religioso no es abarcable en un sistema lógico racional. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis opinaba que el lenguaje religioso se explicaba mejor desde el subconsciente que desde la razón. Uno de sus alumnos más aventajados, Karl Gustav Jung, muestra que los símbolos cristianos, y más aún los católicos, se derivan de los arquetipos más profundos del alma humana. Buena parte de las explicaciones religiosas del judaísmo, que también aparecen en el Nuevo Testamento (por ejemplo en los relatos de la infancia) son del género midrash, que son aparentemente confusas pero de mucha capacidad significativa. El mismo Sigmund Freud toma mucho de los Midrashim (plural de midrash) para su interpretación de la mente humana.

Miremos dos afirmaciones del evangelio de hoy. «El que cree en mí no cree en mí sino en aquel que me envió», pero el que lo envió es el ausente y Jesús es el presente; luego solamente pensando a Jesús como quien trasciende su misma persona podemos entender. Aplicado a nosotros mismos nos tocaría afirmar lo que parece contradictorio: no somos lo que somos. «El que me ve a mí, está viendo a aquel que me envió» pero el que lo envió es otro al que Jesús llama Padre y al que la gente ve es al Hijo; luego solamente entendiendo a Jesús como trasparencia de otro podemos verlo. Aplicado a nosotros mismos nos tocaría nuevamente afirmar algo que parece contradictorio: no entendemos quien es Jesús si no entendemos quien es el Padre. Aunque parezcan afirmaciones confusas sentimos cierto grado de aceptación con nuestras experiencias personales interiores. El lenguaje del evangelio nos resulta más provocador y sugerente. Estas afirmaciones o similares a ellas las hace el evangelio de Juan a lo largo de todo el escrito. Aquí se nos presenta como un resumen y repetición de las mismas afirmaciones. Quizás una que hay que destacar es la idea de juicio actual y permanente que aparece en todo el evangelio. «El que no cree, ya está juzgado» algo que los sinópticos remiten al final de los tiempos y que Juan pone en un presente permanente. Mientras que en los sinópticos se ha enfatizado la importancia de guardar la palabra para entrar a formar parte de la familia de Jesús, aquí la palabra cumple una función de juez que ni Jesús se la atribuye ni se la atribuye el Padre sino a la palabra misma: «Y si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo». Aquí aparece Jesús más “tolerante” y respetuoso de la libertad humana que en los sinópticos. El hombre se juzga a sí mismo con la palabra y en tal juicio está su salvación y la de los demás que conlleva o su perdición y la de los demás que conlleva. No necesariamente el juicio es puntual, pues puede repetirse a lo largo de la vida humana. Los mismo discípulos tienen sus altibajos siguiendo a Jesús, e incluso en un momento Jesús presiente que pueden irse: «Dijo Jesús a los Doce: ¿Queréis iros vosotros también?» (Jn 6:67). A diferencia de los juicios civiles que terminan de una vez y para siempre con absolución o condena, el juicio que el creyente debe hacer reviste un carácter permanente y personal. Si lo llamamos final lo es en el sentido de que cada momento es definitivo en la vida cristiana. El tiempo del creyente, más que el que marca el reloj con su tic-tac es el que marca su decisión presente frente a Jesús. Podríamos decir que la salvación acontece en el presente por lo cual tiene sentido el consejo de muchos de los monjes del desierto: vive cada día como si fuera el último día de tu existencia y vive cada día a la vez como si fuera el primero de tu existencia. Parece una contradicción similar a las antes mencionadas pues ordinariamente nos sentimos condenados por el pasado y angustiados por el futuro. En cuanto al presente nos puede más el consejo dado por Benjamín Franklin a un comerciante: ¡time is money¡ (el tiempo es dinero). Para los creyentes el evangelio es la crisis (juicio) de todo el mundo y de la historia entera; pero no para condenarla sino para salvarla. Lo que expresa la vida de Jesús es la capacidad de amor del Padre por el mundo y es la razón de la encarnación. La salvación es un estilo de vida aquí y ahora que se prolonga hasta la eternidad. El tiempo desaparece en este esquema de Juan. El instante también es eterno y no solamente regusto de él. Para los judíos la eternidad tampoco la marcaba el reloj. Era la característica de Yahvéh que existía de eternidad (olam en hebreo) en eternidad y el universo como los conocemos es un paréntesis en dicha eternidad . Ni el pasado era un pesado lastre ni el futuro era angustioso. El pasado era de gratitud y el futuro de esperanza. Jesús en el evangelio de Juan es como la síntesis que supera tantos contrarios. Es la eternidad del Padre expresada en la temporalidad de Jesús que siendo Verbo eterno se encarna en un momento y siendo la gloria del Padre termina en una cruz. Es la permanencia de Dios en este mundo por la Palabra de Jesús en medio de la inestabilidad de la historia humana. Es la identidad con Dios Padre en medio de la diversidad de aceptación de sus oyentes. Es la luz que ilumina aunque muchos decidan vivir en las tinieblas. Es el pastor que da la vida por las ovejas aunque algunas no quieran escuchar su voz. Es el amor ofrecido a todos aunque algunos prefieran odiar. No es extraño que el evangelio de Juan sea tenido por el más “místico” de los cuatro, como bien lo resume el versículo: «El que no ama no conoce a Dios» (1 Jn 4:8) porque sus afirmaciones más que invitar a la reflexión de la razón invitan a la experimentación del corazón. Como decía Blas Pascal: “El corazón tienen sus razones que la razón no conoce”. Por más que los dogmas nos aclaren la razón, hasta no volverse corazón no cobran vida y vida eterna.