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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Mayo 12 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La experiencia última que fundamenta lo religioso es la experiencia mística que de manera general es la unión con toda la creación en Oriente (budismo, hinduismo, zen, taoísmo) y en Occidente con un Dios personal (judaísmo, cristianismo, islamismo). En ninguno de los dos tipos de experiencia mística se alcanza la unidad total, pues exige en Oriente la negación del “yo ” que toma toda la vida y en Occidente la renuncia al “yo” que toma igualmente toda la vida. Hoy, el evangelio nos pide pasar de la fe en Dios a la fe en Jesús. Como en otro comentario se dijo el paso cristiano es al revés, pues es afirmar Jesús es Dios y no a la inversa. Precisamente para los judíos era imposible pasar de Yahvéh a Jesús porque éste no cumplía con lo que esperaban de su dios Yahvéh. Ni había llegado el fin de los tiempos, ni el pueblo veía la liberación, ni la paz escatológica, ni el fin del sufrimiento, ni el Mesías esperado; y así, un largo etcétera. En realidad la fe cristiana empezaba por la experiencia Pascual (experiencia mística) y luego buscaban sustentarla con las Escrituras Hebreas (Antiguo Testamento) para mostrar que se cumplían a cabalidad en Jesús. El evangelio de hoy forma parte del último discurso de Jesús que puede entenderse como una larga catequesis. Ahora no es para el gran público como los debates de los doce primeros capítulos, sino para sus seguidores más cercanos y por supuesto para la comunidad creyente de la época de Juan. El discurso produce la sensación de que Jesús está ya en su gloria y simultáneamente permanece con sus discípulos. Se siente sin espacio ni tiempo y a la vez como dicho para todos los espacios y todos los tiempos.


Juan 14:1-6, viernes, mayo 12 de 2017

La experiencia última que fundamenta lo religioso es la experiencia mística que de manera general es la unión con toda la creación en Oriente (budismo, hinduismo, zen, taoísmo) y en Occidente con un Dios personal (judaísmo, cristianismo, islamismo). En ninguno de los dos tipos de experiencia mística se alcanza la unidad total, pues exige en Oriente la negación del “yo ” que toma toda la vida y en Occidente la renuncia al “yo” que toma igualmente toda la vida. Hoy, el evangelio nos pide pasar de la fe en Dios a la fe en Jesús. Como en otro comentario se dijo el paso cristiano es al revés, pues es afirmar Jesús es Dios y no a la inversa. Precisamente para los judíos era imposible pasar de Yahvéh a Jesús porque éste no cumplía con lo que esperaban de su dios Yahvéh. Ni había llegado el fin de los tiempos, ni el pueblo veía la liberación, ni la paz escatológica, ni el fin del sufrimiento, ni el Mesías esperado; y así, un largo etcétera. En realidad la fe cristiana empezaba por la experiencia Pascual (experiencia mística) y luego buscaban sustentarla con las Escrituras Hebreas (Antiguo Testamento) para mostrar que se cumplían a cabalidad en Jesús. El evangelio de hoy forma parte del último discurso de Jesús que puede entenderse como una larga catequesis. Ahora no es para el gran público como los debates de los doce primeros capítulos, sino para sus seguidores más cercanos y por supuesto para la comunidad creyente de la época de Juan. El discurso produce la sensación de que Jesús está ya en su gloria y simultáneamente permanece con sus discípulos. Se siente sin espacio ni tiempo y a la vez como dicho para todos los espacios y todos los tiempos.

Según la concepción del Antiguo Testamento y del judaísmo, la fe es un apoyarse del hombre en el fundamento vital divino, que le confiere vida y existencia; un entregarse sin reservas y confiado en la promesa, bondad y lealtad de Dios. Cuando nos sucede respecto a las personas es porque tenemos fe en ellas. Quizás nos puedan fallar, pero no así con Dios, porque nos da la posibilidad de fidelidad incondicional. En el evangelio de Juan el concepto “creer” tiene ya detrás de sí una historia cristiana, y ha experimentado por lo mismo una ampliación importante. Ahora la fe no se dirige tan sólo a Dios, sino también a la persona de Jesús. Para el cristianismo primitivo Jesucristo está tan estrechamente vinculado a Dios que él mismo se ha convertido en el objeto de la fe. La fe en Dios aparece puesta en Jesús; es Jesús quien ha pasado a ser el fiador de la fe, de la confianza, de la bondad, de la lealtad. Si en el tiempo la fe en Dios se ha dado primero, ahora la fe en Jesús lo precede todo. El mismo Dios lo entendemos a la manera de Jesús, como Padre. En el evangelio de Juan fe en Dios Padre y fe en Jesús constituyen una unidad indivisible.
Comienza Jesús invitando al paso de la idea de Dios de los discípulos (la suponemos muy cercana a la judía de Yahvéh), a su misma persona. Un Dios con muchas moradas frente a las cuales Jesús es hospedero. Pero no se va realmente sino que se queda (tema del Paráclito) para mantener a sus discípulos unidos en el amor. Tomás no parece entender más de lo que habían entendido los judíos y habla a nombre de sus compañeros. Dice desconocer a dónde va Jesús y mucho menos el camino. En realidad el camino de cada discípulo es de toda la vida, como arriba se dijo, y la vía es Jesús como metáfora de dicho camino. Si lo siguen irán igualmente a la casa del Padre. El tema de la vida ya había aparecido en el agua viva y en el pan de vida. No era la vida biológica sino ésta misma convertida en vida eterna. Es el lenguaje zigzagueante de Juan. Los sinópticos usan un lenguaje más directo, pero menos místico. Jesús declarándose a sí mismo como verdad se afirma como única fuente de conocimiento acerca del Padre. En este sentido los discípulos y los judíos están en igualdad de condiciones. Pablo ya había expresado que únicamente por la gracia podían salvarse judíos y gentiles. El objeto primero y directo de la fe no son los enunciados dogmáticos que fueron elaborados para dirimir disputas, sino Dios mismo que se hace accesible por la experiencia mística. Por esto puede hablarse de fe en cualquier religión. Las formulaciones dogmáticas nos permiten hablar de manera coherente y responsable sobre Dios y resumen las experiencias de Dios que otros han tenido. Son puntos de llagada que pueden servir para nuevas partidas. Las afirmaciones de Jesús como: “camino, verdad y vida”; que “nadie va al Padre sino por él”; que “si lo hubieran conocido a él conocerían al Padre”; que “quien lo ha visto a él ha visto al Padre”; que “él está en el Padre y el Padre en él” difícilmente pueden deducirse de un dogma . Estas afirmaciones nos dicen que Dios (para el creyente) no es algo por encima, más allá de Jesús: Dios es el que se ha hecho presente, se ha comunicado plenamente en Jesús. Quien busque a Dios más allá de Jesús, como si pudiera haber todavía una revelación o comunicación más profunda del misterio de Dios, puede ser un teista, un deísta, incluso un gnóstico pero no un cristiano. Blas Pascal lo expresa de una forma curiosa pero profunda: “Jesucristo ha expresado las cosas más grandiosas con una simpleza tal que da la impresión de que no las pensó bien; pero a la vez con una claridad que se nota que las pensó muy bien. Esta claridad unida a tal ingenuidad es admirable”. Aún en las afirmaciones que nos parecen contradictorias, sentimos que hay una profunda invitación a una experiencia interior. Un Dios desconocido y profundo no podía hablarnos con claridad sino a través de otro hombre y no directamente. Esa comunicación (logos encarnado, verbo, palabra) es Jesús que comunica incluso más allá de los evangelios escritos.

En su vida terrena, Jesús permitió que pudieran tocar, ser tocados y ver al Padre. Esta es la misma afirmación frente a la pregunta impaciente de Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?» (Jn 14:9). La experiencia del judaísmo, no puede demeritarse, era de un contacto indirecto con Yahvéh a través de la Torah, de los profetas, de la vida concreta y la historia del pueblo de Israel. El encuentro con Jesús es el encuentro del camino que lleva al Padre a la humanidad y con ella toda la creación (cosmos). El encuentro “físico” se dio en un grupo relativamente reducido, en un tiempo y un espacio reducidos. Pero el Espíritu, que en Juan es abogado, defensor, consolador, nos permite acceder a similar experiencia a través del espacio y el tiempo. Esta es la vida de la gracia que encontramos en los sacramentos que forman, enderezan, sumergen en la vida del Cuerpo de Cristo. Es el sentido último de la Resurrección: la posibilidad de que no necesite marcharse más y pueda estar al alcance de quien se abre a la experiencia espiritual. Esta presencia se da de manera más evidente en la Eucaristía que es la comunidad reunida alrededor del Resucitado.