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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Junio 11 de 2017
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Si una persona nos invitara el día de la Santísima Trinidad a salir en bicicleta, muy poquitas personas en el mundo relacionarían esta invitación con la Ecología y menos con la Santísima Trinidad. Pero no es así. Veamos por qué.


Si una persona nos invitara el día de la Santísima Trinidad a salir en bicicleta, muy poquitas personas en el mundo relacionarían esta invitación con la Ecología y menos con la Santísima Trinidad. Pero no es así. Veamos por qué.

Alrededor del mundo circulan alrededor de 800 millones de bicicletas cada día, con ventajas no sólo para las personas, sino para el medio ambiente. Una ciudad con alta circulación de bicicletas por sus calles, es una ciudad amigable con la Ecología, pues esto ayuda a reducir la contaminación ambiental y los niveles de monóxido y dióxido de carbono, hidrocarburos y otras partículas que contaminan el aire.

Las bicicletas, por otra parte, no producen ruido, contaminación auditiva como sí lo hacen las motos y los carros y ocupan poco espacio. Y son el medio ideal para recorrer distancias cortas o intermedias. Se calcula que por desplazarnos en cicla consumimos 50 veces menos energía que para hacerlo en carro. Otro dato valioso: con la energía que se emplea en fabricar un coche, se pueden hacer entre 80 ó 100 bicicletas.

Además podríamos hablar aquí de la socialización e integración. Los ciclistas suelen entablar conversaciones mientras van pedaleando. Y también suelen reunirse en grandes grupos para hacer excursiones.

Hoy Pablo, aunque montaba a caballo y no en cicla, nos recomienda en la carta a los Corintios: “Por lo demás hermanos estén alegres, busquen la perfección, anímense, vivan en armonía y en paz; de este modo, el Dios del amor y de la paz estaré con ustedes” (2 cor. 11).

En este sentido, estas manifestaciones son señales de que estamos viviendo el espíritu de la Santísima Trinidad, pues como nos dice hoy Juan: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él” (Juan 3, 17). La bicicleta, volviendo al tema primero, nos salva de todo el mal de la contaminación, del egoísmo, del afán de ensuciar el medio ambiente.

Entre los muchos dones del Espíritu, por otra parte, están el gozo y la paz, a los cuales la Encíclica LAUDATO SI, Alabado seas, Señor alude: “La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo que tenemos, agradecer las posibilidades que ofrece la vida” (L. S., n. 222).

Qué bonito es también ver personas mayores apoyando a los jóvenes a salir al campo en sus ciclas, no sólo a recorrer kilómetros, sino a contemplar la naturaleza, ese gran regalo de Dios.