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Pistas para la homilía

  •   Domingo Junio 25 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Las lecturas de este domingo nos invitan a explorar nuestro mundo interior, en el que deambulan, como fantasmas, frustraciones, inseguridades, miedos, preocupaciones respecto al presente y al futuro. ¿Cuáles son aquellos factores que más nos atemorizan? ¿Cómo buscamos protegernos de esos riesgos? Es natural que, a medida que avanzamos en la vida, estas preocupaciones se agudicen: ¿cómo podré sostener a mi familia?, ¿conservaré mi trabajo? ¿cómo podré tener una vejez digna? Estos son algunos ejemplos de las preocupaciones que nos mortifican. Probablemente, muchas de estas preguntas no aparecen durante la etapa de la juventud, porque los jóvenes viven en el presente; además se sienten inmortales. Por eso se burlan de las recomendaciones de los mayores. Creen que a ellos no les pasará nada.


Nos sentimos frágiles y amenazados

Lecturas:

Profeta Jeremías 20, 10-13
Carta de san Pablo a los Romanos 5, 12-15
Mateo 10, 26-33

Las lecturas de este domingo nos invitan a explorar nuestro mundo interior, en el que deambulan, como fantasmas, frustraciones, inseguridades, miedos, preocupaciones respecto al presente y al futuro. ¿Cuáles son aquellos factores que más nos atemorizan? ¿Cómo buscamos protegernos de esos riesgos? Es natural que, a medida que avanzamos en la vida, estas preocupaciones se agudicen: ¿cómo podré sostener a mi familia?, ¿conservaré mi trabajo? ¿cómo podré tener una vejez digna? Estos son algunos ejemplos de las preocupaciones que nos mortifican. Probablemente, muchas de estas preguntas no aparecen durante la etapa de la juventud, porque los jóvenes viven en el presente; además se sienten inmortales. Por eso se burlan de las recomendaciones de los mayores. Creen que a ellos no les pasará nada.

¿Qué respuestas damos los seres humanos a estas incertidumbres que nos atemorizan? ¿Cómo buscamos asegurarnos de manera que los sobresaltos del futuro no nos sorprendan? Cada individuo responde de manera diferente.

Muchos piensan, y con razón, que la educación es la mejor herramienta para poder obtener un buen trabajo y así labrarse un futuro. Una educación de calidad es el mejor regalo que los padres pueden hacer a sus hijos. Además, es obligación del Estado ofrecer acceso a la educación, que es un derecho fundamental.

En el mundo actual, la afiliación a la seguridad social es un factor determinante para tener acceso a los bienes básicos en el presente y durante la vejez. La informalidad de la economía y las trampas de muchos empleadores impiden que la seguridad social beneficie a muchos más ciudadanos.

El fortalecimiento de los vínculos familiares y de amistad es fundamental para compartir las alegrías y sobrellevar las luchas de la vida. La soledad nos hace terriblemente vulnerables.

Ciertamente, un buen nivel educativo, estar afiliados a la seguridad social, adquirir pólizas de seguro y tener fuertes vínculos sociales nos fortalecen y nos dan herramientas para hacerle frente a la vida. Pero, ¿serán suficientes para enfrentar las más profundas incertidumbres de la vida? Las lecturas de este domingo iluminan este laberinto interior donde deambulan temores e inseguridades.

Leamos al profeta Jeremías. Se encuentra en una situación muy difícil porque hay una conspiración contra él; aun sus más cercanos amigos lo han abandonado. “Todos los que eran mis amigos expiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él”.

En vez de hundirse en la desesperación, el profeta, profundo creyente, encuentra su seguridad en Dios: “El Señor, guerrero poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso, y su ignominia será eterna e inolvidable”.

Los afectos humanos son frágiles; fácilmente pasamos de una estrecha camaradería a la indiferencia, pues surgen otras preocupaciones que nos desconectan de los amigos. Pero la relación con Dios no está sometida a estos altibajos. Dios es el siempre-fiel. Su amor no está sometido a los cálculos interesados. Por más hondo que hayamos caído, la misericordia de Dios no nos abandona. Esta convicción aparece con mucha frecuencia en los Salmos, donde el autor sagrado encuentra la mano tendida de Dios en medio de las peores turbulencias.

En el texto del evangelista Mateo encontramos unas enseñanzas de Jesús para fortalecer el ánimo de sus discípulos que estaban atemorizados por la agresividad creciente de los enemigos de Jesús: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar del castigo el alma y el cuerpo”. Estas palabras de Jesús invitan a identificar dónde está el verdadero peligro y cuál es el enemigo que mayor daño nos puede causar.

Luego de este llamado a la sensatez, da una hermosa lección sobre la actuación de la divina Providencia, y para ello utiliza dos sencillas imágenes: la de los pájaros del campo (“ni uno solo de ellos cae por tierra si no se lo permite el Padre”) y la de los cabellos (“en cuanto a ustedes, hasta los cabellos de la cabeza están contados; por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”).

¿A qué conclusiones nos conducen estos dos textos de Jeremías y del evangelista Mateo? Los seres humanos somos conscientes de nuestras fragilidades. La salud física y la estabilidad emocional dependen de infinidad de variables que no contralamos. Es natural, entonces, que nos sintamos inseguros, amenazados, con hondas preocupaciones sobre el presente y el futuro. Es responsabilidad nuestra poner todos los medios a nuestro alcance para prevenir los males y mitigar los daños. Pero esto no nos puede inducir a error. La salud se disfruta y se pierde; el dinero se gana y se gasta; los amigos fluctúan. El único que siempre permanece es el Señor. Su Providencia no nos desampara. No es que el Señor se aleje de nosotros; somos nosotros los que nos alejamos de Él. El profeta Jeremías sabía que, con la ayuda del Señor, podría enfrentar a sus enemigos y superar obstáculos que parecían insalvables.