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El mensaje del domingo

  •   Domingo Junio 25 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “No hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse; lo que les digo en la oscuridad díganlo a la luz del día, y lo que les digo al oído pregónenlo desde las azoteas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede llevar alma y cuerpo a la perdición. “¿No se vende un par de pajarillos por poco dinero? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza de cada uno Él los tiene contados. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “No hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse; lo que les digo en la oscuridad díganlo a la luz del día, y lo que les digo al oído pregónenlo desde las azoteas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede llevar alma y cuerpo a la perdición. “¿No se vende un par de pajarillos por poco dinero? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza de cada uno Él los tiene contados. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”.

Si alguien se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si alguien me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo” (Mateo 10, 26-33).

“No tengan miedo”. Estas palabras dirigidas por Dios a las personas escogidas por Él para una misión específica, son frecuentes en los relatos bíblicos y aparecen tres veces dichas por Jesús a los apóstoles en el pasaje del Evangelio de este domingo. Ellas constituyen el núcleo del mensaje que nos trae hoy la Palabra de Dios.

1. No tener miedo de proclamar el mensaje liberador de Jesucristo

“No les tengas miedo, porque yo estaré contigo para protegerte”, le había dicho el Señor a Jeremías (1, 8), aquel profeta que, tal como él mismo se nos presenta en la primera lectura (20, 10-13), sería perseguido por denunciar la idolatría y la injusticia. Dios les dice esto a quienes elige para la misión de dar testimonio de su mensaje, para invitarlos a confiar en Él, tal como lo expresa el Salmo 69 [68], que se recita este domingo como salmo responsorial: Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque (…) las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad.

La actitud de no tener miedo se relaciona asimismo con la exhortación del apóstol san Pablo a los primeros cristianos de Roma en la segunda lectura (Romanos 5, 12-15), a que vivan en libertad, no esclavizados o atados, por temor, a la letra de unas normas o al formalismo de unos ritos externos, sino obrando según el Espíritu y confiando en la gracia divina. Pero centrémonos en lo que Jesús recomienda a sus apóstoles en el Evangelio: “No hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse; lo que les digo en la oscuridad díganlo a la luz del día, y lo que les digo al oído pregónenlo desde las azoteas”.

Los primeros cristianos tuvieron que sufrir persecuciones por manifestar su fe, y sin embargo no callaron a pesar de las amenazas y siguieron anunciando sin temor el mensaje liberador de Jesucristo. También nosotros estamos llamados, cada uno y cada una con una misión específica, a dar testimonio abiertamente de la Buena Noticia de Jesús, tanto mediante la palabra como a través de nuestro comportamiento. Con frecuencia puede suceder que, ante un ambiente adverso a la fe como el que se suele respirar en las circunstancias actuales, experimentemos la tentación de ocultar nuestra identidad de creyentes. Es entonces cuando el Señor nos invita a no tener miedo, ofreciéndonos la fuerza de su Espíritu para no dejarnos llevar por la cobardía o el falso “respeto humano”, de modo que pueda aplicarse a nosotros lo que dice Jesús: Si alguien se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.

2. No tener miedo de morir por ser fieles a la misión encomendada

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede llevar alma y cuerpo a la perdición. A todo lo largo de la historia del cristianismo, los mártires -palabra de origen griego que significa quienes dan testimonio-, han entregado su vida por ser fieles a Jesucristo.
También nosotros, si queremos ser verdaderos seguidores suyos, debemos estar dispuestos a dar nuestra vida. En medio de un ambiente que lleva a muchos a claudicar de sus convicciones ante el riesgo de poner en peligro la propia comodidad, el mensaje de Jesús es claro: no nos dejemos dominar por el miedo. ¿Qué preferiríamos de las personas a las que queremos: ¿que la memoria que dejen de su paso por esta vida sea la de quienes fueron fieles a los principios éticos de honestidad y justicia hasta la muerte, o la de quienes por cobardía renunciaron a esos mismos principios? Cada uno de nosotros puede aplicarse a sí mismo esta pregunta y su respuesta.
3. No tenerle miedo al futuro, porque estamos en las manos de Dios

¿No se venden un par de pajarillos por poco dinero? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados uno por uno. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos. Lo que nos quiere mostrar Jesús a través de esta comparación es que estamos en las manos de Dios, para quien cada uno de nosotros tiene un valor igual al de su amor infinito, y por eso mismo podemos confiarle todo lo que somos, lo que pensamos, lo que queremos, lo que tenemos, todo nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

San Ignacio de Loyola (1491 – 1556) compuso una oración con la que podemos expresarle a nuestro Creador, en unión con su Hijo Jesucristo, nuestra entrega y nuestra confianza en su amor y en su gracia -es decir, en la acción vivificante y transformadora de su Espíritu-. Una oración que podemos recitar todos los días, pero que cobra un significado especial cuando tenemos que tomar grandes decisiones o en los momentos difíciles de nuestra existencia. Hagamos nuestra esta oración, disponiéndonos a realizar con generosidad, y contando con su ayuda, la misión encomendada por Él a cada uno de nosotros: Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti Señor lo torno. Todo es tuyo, dispón a toda tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que ésta me basta”.