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La pesca y el reinado de Dios

  •   Domingo Agosto 03 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Las alusiones a la pesca en el evangelio son abundantes: barcas, redes, mar, lago, peces, tormentas, repartición de peces, pez asado, moneda en boca de pez, cetáceo (Jonás), pescadores.


Los discípulos como pescadores de hombres tiene en Lucas una aclaración valiosa y es que son llamados a ser “pescadores de hombres vivos” con lo cual sugiere que algunos malinterpretarían ser pescadores de hombres, pues parece más el fin de la vida del pez que el comienzo de una nueva vida. Esto vale para la parábola de hoy. La red barredera aparece aplicada en el evangelio de hoy al final de los tiempos; una inquietud corriente en el judaísmo en la época de Jesús y de la cual el cristianismo se distancia lentamente. Estas lecturas alegóricas (cada elemento entendido como correspondiente uno a uno) no pueden considerarse como originales de las parábolas. La lectura predominante sostiene que esta parábola se refiere a la historia futura del reino de Dios en el mundo. Si Jesús declaró que el reinado de Dios había llegado, esta parábola indica que estaba presente sólo de manera germinal y deja lugar para un período indefinido de desarrollo antes de la consumación. La “pesca final” pertenece, como en el caso de la siega con el trigo y la cizaña, a Dios Padre dueño de la cosecha y de la selección final. Si la pensamos desde el llamado de los obreros a la mies, enviados a segar y no a sembrar, entonces en el lago ya de hecho hay cosecha de peces que los discípulos no han sembrado. Como en otro comentario se decía, el Espíritu siempre se adelanta a la misión de los apóstoles. O mejor, ni la mera siembra ni la mera siega agotan la manera como el reinado de Dios se hace presente en el mundo. Los pueblos recolectores se limitaban a recoger frutas y bayas de lo que nunca sembraron; los pueblos agricultores a sembrar y cosechar o dejar para que otros cosecharan. La pesca, de los llamados a ser pescadores, al menos en esos tiempos, no era de siembra como los criaderos de truchas y otras especies que hoy tenemos. Lo esencial de la parábola parece ser que cuando se pesca con una red barredera, no se puede seleccionar el pescado: la captura contendrá peces de todo tipo. Asimismo los pescadores de hombres deben estar dispuestos para echar su red en todo el campo de la sociedad humana como en la invitación al banquete se invita a todos los que pasan casualmente por caminos y senderos. La misión de Jesús y sus discípulos implica un llamamiento indiscriminado a los hombres de toda clase y condición.

La discriminación es presentada mejor como auto discriminación; la selección como auto selección. Llega un hombre rico, que reverencia a Jesús y le pregunta por el camino de la vida: se le invita a abandonar sus riquezas y se marcha triste porque tenía muchas. Otro se ofrece a seguir a Jesús a todas partes, y se le advierte: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza”. Otro, invitado a ese seguimiento, pide que se le conceda tiempo para enterrar a su padre, a lo que se le responde severamente: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Otro que desea ir a casa para despedirse escucha esta respuesta: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios”. Ese parece ser el proceso de selección indicado en la parábola de la red. El llamamiento va dirigido a todos y cada uno: los dignos son separados de los indignos por su reacción ante las exigencias inherentes al llamamiento, no por mano externa. El llamamiento va dirigido a todos sin distinción, aunque se haga selectivo. También en el evangelio de Juan el juicio es personal y ahora, en el instante: «El que no cree, ya está juzgado (condenado)» (Jn 3:18).

En momentos de crisis, dificultad, destrucción de Jerusalén y el Templo, los creyentes sintieron que el fin había llegado. Las parábolas del reinado de Dios se aplicaron a ese momento de crisis, de supuesto fin. Es una tentación que nunca desaparece en la historia. Vivir como si viviéramos siempre en el tiempo final tiene su valiosa aplicación ética. Vivir el momento como si fuera el último de mi vida; mirar el pasado como algo que no me pertenece, que está fijo y muerto y el posible futuro como ajeno a mi porque no depende de mí ni me pertenece, aún no existe; gustar del instante como si gustara la eternidad, no está muy lejos del ideal estoico y cristiano. Los discípulos pudieron pregustar el desenlace divino del momento de crisis. El fin para Jesús estalló con trágica brusquedad, y del maestro de Galilea que alentaba a los enfermos, enseñaba a las multitudes y dejaba perplejos a los discípulos, pasó a ser el condenado por blasfemia, peligro para el poder romano, condenado por las voces populares de Jerusalén. Jesús muere y los discípulos lo abandonan. Pero la crisis, el temor, tiene un desenlace inesperado. Jesús resucita o es resucitado por el Padre. El misterio del reinado de Dios se había revelado de una manera inesperada para judíos e insospechada para los seguidores de Jesús. Como Jesús se alza de la muerte, los discípulos se alzaron de su desánimo y frustración. Emprendieron una nueva vida sin salir de ésta. Ellos mismo habían sido pescados vivos y hechos capaces de vivir en cualquier agua; del mar de Galilea al “mar del mundo”. La muerte ya no los alcanzaba porque el destino final de todos es la resurrección. El evangelio sin resurrección es una historia de terror. De ahí que todos los evangelios, y puede notarse la adición con argumentos escriturísticos, incluyen los relatos de resurrección. Sin ésta no es posible entender la pasión enfatizada en Marcos ni el perdón y la misericordia enfatizadas en Lucas, ni el reinado de Dios enfatizado en Mateo, ni el amor (ágape) enfatizado en Juan, ni la gracia enfatizada en Pablo, ni la expansión de la Iglesia enfatizada en los Hechos de los Apóstoles. En la fe cristiana ocupa un puesto central la convicción de que lo eterno entra en la historia, de que, en un punto concreto del tiempo y del espacio, lo eterno entró decisivamente en la historia humana para nunca más separarse de ella. Nuestra fe evoca continuamente ese momento de la historia. El evangelio interpreta lo sucedido sin que escape él mismo de las circunstancias históricas de su lenguaje, de las ideas en boga, de los temores del fin de entonces, del juicio que solo corresponde a Dios Padre; pero que los seres humanos queremos siempre adelantar en función de intereses no siempre claros. La parábola de la red barredera nos dice, al igual que la del trigo y la cizaña, que las aguas del mundo son para todos, que no nos toca recoger en canastos los peces que creemos buenos y tirar los que creemos malos. Hoy los desafíos ecológicos quizás encontrarían mejores imágenes. Lo que ayer tuvimos por cizaña hoy son especies vegetales desaparecidas para siempre empobreciendo el libro de la revelación de la naturaleza. Los animales condenados a muerte hoy son añoranza de museos que poco nos revelan sus misterios. Incluso muchos hombres condenados a muerte , excomulgados, resultaron ser benefactores de la humanidad. De parte de Jesús su consigna fue salvar y no condenar, de parte del hombre no juzgar para no ser juzgado. Somos peces más que pescadores, ni de anzuelo ni de atarraya.