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Transfiguración

  •   Domingo Agosto 06 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

La transfiguración aparece como una especie de rayo en cielo azul, pues se ha iniciado el camino hacia Jerusalén que ya se presumía sería de pasión y muerte.


Por eso algunos comentaristas lo asocian a un relato de resurrección (como las apariciones); otros a una experiencia de oración y otros a un escrito místico dirigido a los discípulos. Esto es, que lo que se narra no es importante para Jesús sino para sus discípulos. La palabra usada para la transfiguración es metamorfosis en griego y aparece cuatro veces en el Nuevo Testamento. En Marcos lo transfigurado son las vestiduras y en Mateo vestiduras y rostro. Pablo utiliza igual término cuando aconseja: «No os amoldéis a las normas del mundo presente, sino procurad transfiguraos por la renovación de la mente» (Rm 12:2), y en la carta a los corintios nos invita a que suceda en nosotros también la transfiguración: «Y nosotros todos, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, su imagen misma, nos vamos transfigurando de gloria en gloria como por la acción del Señor, que es Espíritu» (2 Co 3:18). Moisés y Elías son dos personajes que comparten en las Escrituras Hebreas transfiguraciones, el primero en su rostro al bajar del monte y el segundo en su fin al ser arrebata por un carro de fuego. También son tenidos por metonimia de la Torah (sabiduría judía) y los profetas, funciones ambas atribuidas a Jesús: nuevo maestro de sabiduría y nuevo profeta. La alusión a las tiendas en el monte recuerda que van a la fiesta de las tiendas, ramas o de Sukkoth (palmas del domingo de ramos) que recuerdan la vida en el desierto. La asociación de la transfiguración con el monte Tabor, tradición introducida por la Iglesia Ortodoxa con una fuerte espiritualidad de Tabor, es hoy desacreditada por muchos comentaristas. En su cima había una guarnición romana en la época y el monte está bastante desviado de la ruta a Jerusalén.

La luz transfigurante sería una anticipación de la gloria lograda en la resurrección que en Pentecostés se vuelve una luz interior. Sólo transfigurando los sentidos se percibiría en nuestra vida y la corona de los iconos (imágenes religiosas) llamaba nimbus sería la invitación a contemplar, no el ser humano representado, sino su gloria tranfigurante .

No es la luz que se ve sino la que permite verme y ver. En este sentido la transfiguración entra en la cadena de creación, encarnación, redención, transfiguración de toda la creación. La mística de la transfiguración se amplía al sentido de términos como metamorfosis, transmutación, transformación que parecerían reservados a los comienzos de la biología y o de la química como alquimia. La metamorfosis nos permite predecir que, en general el despreciado gusano, será en adelante, en general, la admirada mariposa. La palabra griega para alma (psyche) significaba originalmente mariposa. La alquimia, por su parte, buscaba transmutar metales corrientes en oro y plata con baños y ritos. La química nos muestra cambios extraordinarios de colores, sabores, colores, texturas y estados de la matera con mezclas “mágicas” en probetas y morteros. La transfiguración, ubicada en el camino a la pasión, nos muestra que el gusano será mariposa, los elementos humanos serán divinos solamente a través de la pasión. No hay mera evolución natural como con el gusano, ni fórmula mágica como en la alquimia, ni mezcla predeterminada como en la química. Echarse la cruz propia y la ajena y seguir a Jesús es la única fórmula general que cada cual debe actualizar en su vida. No es sólo la propia: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt 16:24) sino la ajena, como lo explica Pablo que implica la nueva ley de Cristo: «Lleve cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:2).

La transfiguración es colocada al comienzo de la "segunda fase" de la vida de Jesús: la fase que arranca con la llamada "crisis de Cesárea", en la que empiezan a aparecer los anuncios de la pasión y se marcha ya casi fatalmente hacia el desenlace. La primera fase está precedida de las tentaciones que sirven para desechar formas de salvación rechazadas por Jesús: piedras vueltas panes, reinos a sus pies si opta por el poder sin trabas, mesianismo de circo en el alero del Templo. La transfiguración es la "clave musical" para leer la fase conflictiva de la vida de Jesús que termina en su muerte. En la primera fase la voz del cielo se dirige a Jesús para confirmar que «éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido» (Mt 3:17); en la segunda fase la voz no se dirige a Jesús sino a los testigos Pedro, Santiago y Juan: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle». Cumplir con este mandato no será inmediato ni fácil como se ve en momentos de la oración en el huerto (los discípulos duermen), en el juicio y muerte (solo unas mujeres miran de lejos). En la misma transfiguración los mismos apóstoles no acaban de comprender pues Pedro no quiere regresar a la vida corriente, y cayeron rostro en tierra llenos de espanto; le toca a Jesús animarlos «no tengáis miedo».

En el Bautismo, Jesús apenas proclamado como Hijo de Dios, empieza a actuar de manera que rompe la idea de Dios que se tenía. Ahora, en la transfiguración, aparece la luminosidad de su rostro y sus ropas —son figuras apocalípticas— y no muestra interés en permanecer así sino en seguir su marcha a Jerusalén. Es proclamado nuevamente Hijo de Dios y va a mostrar que la manera es muriendo por los demás. Así, proclama su pertenencia más profunda a esta humanidad, pues no huye ni de sus dolencias ni injusticias ni atropellos ni sufrimiento ni muerte porque es lo que está en concordancia con su imagen de Dios Padre. Es lo que canta el himno de la carta a los filipenses: «Siendo de condición divina, no retuvo como una presa el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres» (Fil 2:6). No servía para salvarnos un dios que halara desde arriba sino que empujara desde abajo; que se quedara en la transfiguración sino que nos transfigurara; que se gozara del sufrimiento humano sino que sufriera con el ser humano. Así como en las tentaciones Jesús rechaza definitivamente la manera humana de buscar la gloria y vender una espuria salvación a otros, ahora los discípulos deben escucharlo y rechazarla también ellos. La fórmula mágica de convertir piedras en panes tiene un remedo en la “revolución verde” que llevó a la crisis ecológica; los reinos a cualquier precio a conquistadores, dictadores, sistemas opresivos; el mesianismo de circo a religiones como stand de plaza de mercado para cuanto gusto egoísta responda a ellas (las prosperity Gospel o teología de la prosperidad es buena muestra). Cuando los apóstoles abren los ojos no ven más que a Jesús. Con la descripción de Isaías del “siervo sufriente” nos puede resultar fácil identificarlo con el gusano de la metamorfosis; la fe nos dice que allí está la grácil mariposa que sea el alma de un mundo salvado.

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