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El mar como metáfora

  •   Domingo Agosto 08 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El mar, para un pueblo de montaña como el judío, era objeto propicio para despertar la imaginación, como sucede con lo desconocido. Un “mar de bronce” había en el atrio de Salomón en el Templo, con diez codos de diámetro, cinco codos de profundidad y treinta codos de circunferencia soportado por doce bueyes de bronce.


Era usado por los sacerdotes para la purificación de manos y pies. Representaba el mar caótico del cual Yahvéh había sacado el mundo en la creación. Según el libro de los Reyes habría sido robado y llevado a Babilonia durante el destierro. Por otro lado se hablaba del “mar del Talmud” (literatura explicativa de la Torah o sabiduría de Israel) para expresar la inmensidad insondable de su riqueza. Siempre se podían encontrar nuevas cosas, nuevos tesoros, nuevas criaturas desconocidas.

El lago de Galilea es llamado mar, igual que el “mar de sal” era el mar muerto. El pueblo judío habría sido salvado de los egipcios a través del mar Rojo o de las Cañas que Pablo re-interpreta como símbolo del bautismo: agua que mata y que da vida. Los fariseos atraviesan el mar para buscar prosélitos. El uso ilustrativo del mar es frecuente. La tierra prometida iría desde el mar Rojo al mar de los filisteos, pero el rey mesiánico dominaría de mar a mar (todo el orbe). Jeremías compara a los atacantes de Israel con un “mar bullicioso”. Isaías asemeja a los inicuos con «mar que está siendo agitado, cuando no puede calmarse, cuyas aguas siguen arrojando alga marina y fango» (Is 57:20). En Daniel, las bestias apocalípticas surgen del mar. También como las insondables riquezas que vendrán de allende los mares a Jerusalén: «Porque a ti se dirigirá la riqueza del mar; los recursos mismos de las naciones vendrán a ti» (Is 60:5). Santiago compara a la persona sin fe y que tiene dudas cuando ora a Dios a “una ola del mar impelida por el viento y aventada de una parte a otra”. La carta de Judas habla de los hombres inicuos como «olas bravas del mar, que lanzan como espuma sus propias causas de vergüenza» (Jud 4:13).

Pero no solamente el mar puede tener un valor simbólico. Al embarcarse Jesús va a tierra de gentiles. El viento les es contrario, así como las olas. Pero el cristianismo es de camino —los “del camino” se les llamaba antes de llamárseles cristianos—, de camino continuo de conversión, de camino hacia el reinado de Dios, no de reposo; de búsqueda y no de posesión, de apertura y no de fanatismo, de espera activa y de acción. Como dice Pablo: «Ahora vemos confusamente… entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido»» (1 Co 13:12). Caminar así es lo que le toca al creyente de manera que Dios no nos salva, cuando nos estamos ahogando, haciéndonos caminar sobre el agua, sino que nos salva dándonos fuerza desde dentro para nadar, que será lo que Pedro tenga que hacer de todos modos, pero sin el temor que lo invade. Al recopilar los evangelios se utilizan distintos estilos y formas de narrar propios de la época que hoy nos toca reconstruir. Tomar las Escrituras al pie de la letra no era la manera de judía de ahondar en su sentido.

Hay en los evangelios datos históricos, esquemas de catequesis, relecturas del de Escrituras Hebreas, relatos simbólicos sobre parábolas y enseñanzas de Jesús. Jesús caminando sobre las aguas contiene varias simbologías. El mar para la mentalidad israelita era el lugar donde habían ido a parar los derrotados (como los egipcios) por Yahvéh, así como los demonios y los espíritus malignos. Es el caso de la legión del endemoniado de Gerasa con los puercos que se ahogan en el mar. Entre los monstruos se destaca Leviatán, el monstruo terrible que luego la filosofía política identifica con la violencia humana. La idea negativa sobre el mar es la predominante en la Biblia y por eso cuando el Apocalipsis describe cómo será el mundo futuro dice que allí no habrá mar (Ap 21:1). Los evangelios quisieron expresar que Jesús también tenía el poder tenía Yahvéh sobre todos los fenómenos negativos, según tal mentalidad, aunque para el mensaje del evangelio no resultan necesarios. Hoy su explicación no la buscamos en los evangelios sino en las ciencias; en cambio el sentido de confianza y esperanza no nos viene de la ciencia sino de la fe.

Muchos docetas (quienes veían a Jesús como un dios disfrazado de hombre a la manera de los dioses griegos) ven a Jesús que hace milagros, que convierte las aguas en vino, el que detiene la tormenta, el que resucita a los muertos, el que camina sobre los mares y esperaban bien que pudieran hacer lo mismo o engrandecer a Jesús. El Cristo que sufre y muere en la cruz en realidad no sufre ni muere. Sólo hace como que sufre, hace como que muere era el pensamiento doceta. No captaban que el evangelio es para que los creyentes hagan otro tanto. Si alguien se está hundiendo en la vida, o temeroso en su caminar en la vida, nos toca no mandarle caminar sobre la aguas, sino sacar la mano y salvarlo como Jesús. A lo mejor también preguntarle, para mejor ayudarlo, «¿Por qué has dudado?». ¿No es acaso lo que hace un padre o madre con un niño que teme a la oscuridad o tiene cualquier otro temor? Los docetas por tanto mirar la divinidad se olvidaban de la humanidad de Jesús, de que no triunfó sobre la muerte evitándola sino sufriéndola. La experiencia del lago deja a los discípulos precisamente preguntándose: «¿Qué clase de hombre es éste?» no qué clase de dios es éste. Un hombre que no se dejó detener por las amenazas, conflictos confrontaciones o dificultades.

En el paso del mar Rojo o de las Cañas decían los escritos judíos que el pueblo había pasado a pie enjuto, igual que las aguas se habrían dividido en el paso del Jordán que era mucho menos amenazante. Muchos simbolismos se habían desarrollado sobre este hecho, considerado como acto salvífico de Yahvéh. Las olas, tormentas, contrariedades de los creyentes no serían menores.

Pedro duda en esta escena como vacila en el juicio, negando tres veces a Jesús. El temor surge con mayor naturalidad que la fe o la confianza. No basta creer en unas fórmulas de fe, es necesario integrarlas a la vida, para que se conviertan en coraje y persistencia. Los discípulos ven a Jesús como un fantasma, como en el relato de la resurrección en Juan. Una relación más del mar con los seres extraños y atemorizantes, por lo que hay un grito de miedo. En las experiencias con el resucitado pasan por similares juegos de sentimientos de temor, susto, confianza, envío y finalmente alegría. La expresión de Jesús «¡ánimo! Soy yo, no temáis» muestra que incluso en los momentos de mayor zozobra podemos sentir la compañía de Jesús. Al asumir la condición humana no asumió la más cómoda y segura sino precisamente la de mayor vulnerabilidad de la condición humana de manera que cualquiera puede sentirse reflejado en su vida y situación. La petición de Pedro de un hecho extraordinario como caminar sobre las aguas es una exigencia innecesaria. Como antes se dijo no nos hace caminar Jesús sobre las aguas cuando nos estamos ahogando sino que nos da fuerzas para nadar y sobre todo para ayudar a quien está en igual o peor situación que nosotros. Por ahí discurre todo el mensaje del evangelio. No tanto para que busquemos ayuda sino para que ayudemos.