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La mujer que convirtio a Jesús

  •   Domingo Agosto 09 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Por varios siglos el evangelio de la mujer sirofenicia o cananea fue llamado el evangelio de la mujer que convirtió a Jesús, es decir, que lo movió a ser misericordioso con quien no tenía la intención de hacerlo.


En los conflictos religiosos la conversión se entendió como la renuncia a una religión para entrar a otra, incluso forzada. Tal fue el caso de Juan Hircano que forzó a los edomitas a volverse al judaísmo. Los “prosélitos” eran conversos por propia decisión. Luego fueron los cristianos del siglo IV al VI quienes obligaban a los judíos a convertirse al cristianismo y fue el programa sistemático de los visigodos en España y durante las Cruzadas en parte de Europa. La conversión desde el judaísmo era considerada apostasía. Teóricamente la conversión se entiende como un viraje de la mente la voluntad y el corazón hacia Dios (no hacia un sistema de creencias) de tal manera que la conversión es para toda la vida aunque se exprese puntualmente. Cuando una persona, en un tiempo y lugar determinado, actúa a la manera de Jesús como modelo de conversión, entonces experimenta la conversión, cuando actúa de acuerdo a sus propios intereses manifiesta su carencia de conversión. En la traducción del Nuevo Testamento, que nos llega por la versión latina de Jerónimo, conversión (metanoia) fue traducida las 24 veces que aparece por penitencia de tal manera que el reinado de Dios se llegaba y se construía por un comportamiento ascético y no por la misericordia. Conversión pasó entonces a significar volverse cristiano y el empeño evangelizador se convirtió en “convertir a los paganos”. A los judíos se les llamaba a la conversión de manera especial en la fiesta de la expiación o del perdón (Yom-Kippur) como a los cristianos en Adviento, Cuaresma y Semana Santa. En todos esto casos el llamado es a “volverse hacia Dios”. De los judíos, que creían en la resurrección de Cristo, en el Nuevo Testamento, no se dice que se convirtieran porque no se consideraba pasar del judaísmo a una nueva religión. Muchos Padres de la Iglesia, entre ellos Agustín y Ambrosio sí opinaban que los judíos igual que los paganos debían convertirse por cualquier medio. Conversiones hacia el judaísmo fueron prohibidas por varios papas. Hasta el Vaticano II se oraba el viernes santo por la conversión de los “pérfidos judíos” hoy abolida, cambiada por la oración por “quienes el Señor eligió como los primeros entre todos los hombres para recibir su palabra”.

No pocas veces la relación del cristianismo con otras religiones ha sido una relación de invasión y sometimiento. Consciente de su poder, la Iglesia se esforzó por imponer su fe e implantar su sistema religioso, contribuyendo a destruir culturas y desarraigar poblaciones enteras de sus propias raíces. Esta operación colonizadora nacía, sin duda, de un deseo sincero de hacer cristianos a todos los pueblos, pero no era la manera evangélica de hacer presente el Espíritu de Cristo en tierras de no creyentes. Que Jesús se retire a las regiones paganas de Tiro y Sidón riñe con el primer envío a los judíos y las ovejas perdidas de la casa de Israel. No fue fácil para los cristianos palestinienses integrar a los gentiles. Será en el envío luego de la resurrección donde se hable de envío a todas las naciones. Entre los gentiles fue donde más difusión tuvo el evangelio, especialmente con la misión de Pablo. Aún más, lo que los Hechos de los Apóstoles interpretan como la conversión de Pablo en el camino de Damasco, Pablo lo interpreta como “misión a los gentiles”. Algunos detalles llaman la atención pues una mujer sola asume una actitud poco aceptada en la sociedad de entonces. No solamente se dirige públicamente a Jesús sino que insiste a pesar de los apóstoles y grita. El diálogo es igualmente interesante pues muestra la tenacidad de la mujer comparada con los perritos; no busca enseñanzas sino la salud de su hija. La respuesta de la mujer imita la estrategia de Jesús quien vuelve las afirmaciones del interlocutor contra sí mismo. Si soy un perrito aún así merezco las migajas de la compasión, es el argumento. Este relato nos descubre cómo aprendía Jesús el camino concreto para ser fiel a Dios en medio de lo inesperado.

La hija tiene un mal diagnóstico como eran comunes en la época: «Mi hija está atrozmente atormentada por un demonio malo». Su hogar debía ser un “infierno” con una persona así. La respuesta de Jesús es desalentadora y fría. Piensa en Israel y añade la ofensiva comparación propia de la cultura judía: los gentiles son como perros. Estos prejuicios, que suelen ser comunes en las culturas, son parte del pecado social o estructural; aquel que cometemos con la mayor tranquilidad de consciencia. Identificarlo o reconocerlo es ya iniciar la conversión, en cuyo bautismo entró Jesús en el Jordán. De pronto Jesús comprende todo desde una luz nueva. La mujer sirofenicia razona como Dios; lo que desea coincide con la compasión y la misericordia que es otro nombre de Yahvéh revelado a Moisés. No se goza en el sufrimiento humano ni en las razones fáciles para evitar aliviarlo. Admirado dice Jesús: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas». Si a sus seguidores Jesús les enseña a orar para que se haga la voluntad de Dios, no otra cosa espera del deseo de la mujer pues su deseo coincide con la voluntad de Dios. Jesús, que un poco antes parecía estar seguro de su misión, se deja enseñar y corregir por esta mujer gentil. El sufrimiento no conoce fronteras étnicas, ni culturales, ni de género, ni de religión.

El rostro sufriente del otro es el que mayor capacidad de conversión tiene, tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Desconocerlo, evitarlo, encubrirlo, disfrazarlo es la estrategia casi natural que tenemos para no sentirnos interpelados. Los apóstoles querían que Jesús la despidiera porque no querían oír sus gritos. El grito de la mujer no era de insulto, ni de reproche, ni de burla, ni de protesta. Era un llamado a la esencia, al corazón del mensaje de Jesús: «Ten misericordia de mí» como es la petición de muchos enfermos en los evangelios. Lo que suceda con la hija posteriormente no lo sabemos. Aquí no hay expulsión de demonios ni palabras dirigidas a la hija, solo a su madre. La nota final es el colofón de algo que va por buen camino: «Desde aquel momento quedó sana su hija». Podemos pensar en que le retiren el diagnóstico y la consideren como una persona no-poseída, que su madre se ocupa más de ella, que efectivamente ella se comporte ahora como hija normal. La madre ha resultado alentada por las palabras de Jesús. La oración de petición ha entrado en conflicto con la soberbia humana porque dominamos las leyes de la ciencia. Pero es precisamente para que Dios haga lo que de hecho quiere hacer y no lo puede hacer si no se lo pedimos: hacernos misericordiosos. Hoy se cultivan más la alabanza, la acción de gracias, la adoración que son ellas mismas su propio fruto, pues nos hace sentir bien. La petición, en cambio, nos saca de nuestros intereses y nos pone a buscar el rostro ajeno, no el espejo. Lástima que Jesús no va a casa de la mujer sirofenicia. Hay que orar para cumplir: «Lleve cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:2). Una ley que ninguna ciencia hubiera descubierto.