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¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

  •   Domingo Agosto 27 de 2017
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Ordinario

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: « ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.


Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías (Mateo 16, 13-20).

1.- “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Esta pregunta de Jesús también se dirige a cada uno de nosotros. Hoy se dicen muchas cosas acerca de Jesús de Nazaret: que fue uno de los más grandes personajes de la historia, una “superestrella”, un líder revolucionario, afirman unos; otros replican que fue un simple hombre magnificado por sus discípulos; y no faltan quienes arguyen que su figura es una invención de quienes iniciaron el cristianismo. De todos modos, la cuestión sobre Jesucristo sigue vigente después de veinte siglos y nos interpela a nosotros, como sucedió con sus primeros seguidores.

¿Quién es Jesús para mí? Cuando los cristianos recitamos el Credo de los Apóstoles, decimos después del reconocimiento de Dios Padre como Creador del universo: “Creo en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor…”. ¿Qué significa esta frase para cada uno y cada una de nosotros? San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales nos propone hacer una petición al contemplar la vida de Jesús: pedir conocimiento interno del Señor, para más y amarlo y seguirlo.

Este conocimiento interno consiste en una vivencia profunda de la presencia y la acción de Jesús, más allá de cualquier definición conceptual. Se trata de asimilar a fondo lo que su vida y su acción significan para mí, de modo que esta asimilación vaya asemejándome cada día más a Él.

2.- “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

La profesión de fe de Simón Pedro, no proveniente de la sola razón sino de la revelación de Dios, constituyó la base del artículo central del Credo cristiano: reconocer en Jesús a Dios hecho hombre, al Hijo de Dios Padre, al Ungido (que es lo que significa en hebreo “Mesías” y en griego “Cristo”) y en este sentido consagrado por Él para realizar la misión de liberar al ser humano de todo cuanto le impide ser verdaderamente feliz y hacer presente en la humanidad el Reino de Dios, un reino universal de justicia, de amor y de paz.

Un detalle de especial significación es el adjetivo que sigue al título Hijo de Dios. Su Padre es el Dios vivo, a diferencia de los ídolos o falsos dioses, que son inertes. Ese mismo Dios vivo, a quien desde nuestra fe reconocemos como el Dios de la vida, iba a resucitar a Jesús después de su muerte en la cruz con una vida nueva por la acción del Espíritu Santo.

Y esta es precisamente la razón del mandato que les da Jesús a sus discípulos al final del relato que nos presenta hoy el Evangelio: que no le dijeran a nadie que él era el Mesías, hasta que después de su muerte y resurrección pudiera ser entendido y realizado este reconocimiento, por la misma acción del Espíritu, no en el sentido de los mesianismos políticos o milagreros, sino en el de lo que verdaderamente quiso significar Jesús con su proclamación del Reino de Dios: la acción poderosamente liberadora del Amor que es Dios mismo y que trasciende los límites de la existencia terrena hacia un horizonte de eternidad.

3.- “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

La palabra “Iglesia” -en griego “Ekklesía”-, que aparece 115 veces en el Nuevo Testamento y proviene del verbo “ek-kalein”, que quiere decir convocar, designa al conjunto total de los creyentes en Jesucristo, con-vocados, es decir, llamados por Él para conformar una misma comunidad de fe en el Dios vivo que Él ha revelado. La primera vez que aparece este término en los Evangelios es justamente la que corresponde al texto de Mateo que hoy nos ocupa, y se nos presenta en boca de Jesús: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Precisamente la ciudad llamada Cesarea de Filipo, en donde su ubica la escena de este relato, estaba construida sobre una roca. Jesucristo es reconocido en la reflexión bíblica como la “piedra angular”, imagen tomada inicialmente del Salmo 118 (versículo 22), citado más adelante por Jesús en el mismo Evangelio según san Mateo (21, 42) y también por uno de los discursos de Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles (4, 11). De modo que, si Jesús llama a Simón con el nombre de Pedro (en arameo Cefas, en griego Petros = Piedra o Roca), lo que le está diciendo es que su misión es la de ser su máximo representante como primer fundamento de la Iglesia. Desde entonces, tanto en los Evangelios como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro es presentado con respecto a éstos como el “primero entre pares”, y tal es precisamente la razón de la estructura jerárquica de la Iglesia Católica, en la que el Papa es el sucesor de Pedro.

Renovemos hoy nuestra profesión de fe en Jesucristo, el Hijo de Dios que vive y actúa con la energía constructiva del Espíritu Santo para congregarnos en la comunidad de fe a la que pertenecemos por nuestro bautismo y que Él mismo llamó su Iglesia, y renovemos también desde esta misma fe nuestra adhesión al representante o vicario de Cristo en la tierra, actualmente el Papa Francisco, pidiéndole al Señor, como el mismo Papa Francisco nos lo solicitó a todos el día de su proclamación como el nuevo Vicario de Cristo en la tierra, que lo siga iluminando y ayudando con la sabiduría necesaria para continuar la tarea que le encomendó a Pedro y a todos los que serían sus sucesores.