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La pasión propia, la salvación

  •   Domingo Septiembre 03 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Que los discípulos no entiendan el sentido de la pasión durante la vida pública de Jesús no es ninguna deficiencia particular, es la constante en la vida cristiana. La muerte de Jesús fue una sorpresa para quienes esperaban la llegada del nuevo reinado de David pero para Jesús fue algo previsible en vista de la oposición, dificultades, amenazas y confrontaciones que había tenido a lo largo de su vida.


En el evangelio de Mateo hay tres pre-anuncios de su muerte por parte de Jesús. Lo que “sorprende” aún más es la resurrección por la cual Jesús fue «Constituido Hijo de Dios con poder, según el espíritu santificador, a partir de su resurrección de entre los muertos» (Rm 1:4), algo que nos resulta incomprensible si pensamos desde las limitaciones de espacio y tiempo de nuestra racionalidad, o desde el pensamiento esencialista griego . Los primeros cristianos igualmente estaban perplejos frente al sentido de la muerte de Jesús y buscan explicarla de múltiples formar creativas pero que poco logran el punto esencial.

Podemos enumerar: rescate, propiciación, pago, expiación, satisfacción, vicaría, substitución, todas ellas enmarcadas en convenciones del Antiguo Testamento, del judaísmo helenista, incluso de la historia de las religiones; todas ellas con modalidades de sacrificio de otro (animal, vegetal, persona, esclavos, hijos, grupos sociales como “chivo expiatorio”). Igualmente con contenido forense, jurídico o cultual. Dentro del judaísmo básicamente se utiliza el esquema del “siervo de Yahvéh” en Palestina y de lo macabeos (héroes judíos) y el sacrificio substitutivo de los griegos . Jesús, en cambio, es salvado de la muerte por la resurrección y establece la nueva forma de salvación para sus seguidores. Se salva quien da la vida por otros. Pablo lo expresa en el rito eucarístico: «Hermanos, os exhorto por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros propios cuerpos como sacrificio (hostia) vivo, santo, agradable a Dios» (Rm 12:1). Si la salvación se diera por el simple hecho de que Jesús murió, la evangelización sería echar un cuento, contar un relato, transmitir una historia. Nos salva, si acogemos el evangelio como el mensaje de un estilo de vida que pasa por la pasión y la muerte porque solamente así lleva a la resurrección. La evangelización no puede ser simplemente una tarea de anunciadores, que se limitan a expresar verbalmente que ya estamos perdonados y reconciliados con Dios, de una vez por todas, porque la muerte de Jesús ha sucedido como pago de nuestras faltas o deudas y por lo tanto a los hombres solo les bastaría ser informados de tal muerte y conocerla. Que una persona sepa que Jesús murió por él no la salva a menos que ésto la mueva a ser capaz de vivir (hasta morir) por el bien de otros. Si vive para otros, aunque no conozca la historia de Jesús, es un cristiano anónimo.

Para Pablo la lógica de la vida de Jesús se descifra cuando habiendo tenido la experiencia pascual (de encuentro con el Resucitado) se mira la cruz. Esa es la sabiduría de Dios que la razón humana nunca alcanzaría. «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles» (1 Co 1:23). A los evangelios, recopilados de la comunidad creyente y por tanto luego de la experiencia pascual, les toca manejar dos tiempos diferentes cronológicamente: la vida pública de Jesús y la vida de la comunidad creyente que no coinciden. El creyente ya no es juguete del tiempo y el espacio (medidas físicas) sino “creador” de tiempo y espacio. Pedro rechaza la pasión, como correspondía al pensamiento judío y es recriminado por Jesús por ser escándalo «porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres». Pedro, quien será llamado “roca” es ahora piedra de escándalo (tropiezo) para Jesús. También su sufrimiento es por los discípulos. Marcos describe igual incidente en un contexto aún más irónico, cuando Pedro acaba de confesar su fe en Cesarea. No podía pensar Pedro de manera diferente antes de su proceso de conversión por la experiencia Pascual. Pero un Jesús que supiera de antemano su fin en la resurrección ¿no es docetismos larvado? La pasión y muerte sería una mera tragedia griega decretada por los dioses burlones. Pero si no lo supiera ¿cómo tenerlo por Dios dueño de su destino? Juan lo resuelve con un Jesús que se entrega “libremente” a la muerte por amor al mundo; muerte manipulada por las leyes del “mundo”. En el momento final “entrega su Espíritu” y alcanza su mayor gloria. Tiempo y espacio físico se trastocan porque desde el comienzo ya se comporta como resucitado; apenas si parece que roza la tierra. Ya su cuerpo y sangre dan vida eterna; el juicio ya se ha dado; la vida eterna ya ha empezado; el amor (ágape, caridad) del creyente ya le permite vivir en este mundo de espacio y tiempo sin ser de este mundo de espacio y tiempo.

Entendiendo a Jesús como el siervo sufriente, y viviendo los discípulos un tiempo de dificultades, no pueden esperar nada diferente. «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame» empieza a ser evidente en la vida cristiana y reflejo de lo que padeció Jesús, pero con el triunfo asegurado de la resurrección. Una representación simbólica puede verse en la cruz, que aunque relativamente tarde entra en el arte cristiano —es más antiguo el pez y el cordero— y rara vez se encuentra en las catacumbas, aparece en el trazado arquitectónico de las naves de los templos, en la cruz vacía de de los reformadores como signo de victoria de Jesús, en la Iglesia Ortodoxa que cambia el crucifijo por la cruz adornada con gemas y piedras preciosas. En el arte Occidental a menudo se enfatiza tanto la cruz (desde el siglo IX) que opaca la resurrección. Los brazos abiertos del crucificado expresan más la disposición de abrazar a todos que la ser eternamente clavado y sangrante como momento que hay que superar. Desclavar los crucificados más que ampliar la cruz para crucificar más. Pablo expresa que los salvífico es la obediencia, precisamente en Jesús, y no su cruz. «Se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se abajó, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:7-8). Es lo que pedimos en el Padrenuestro, que se haga su voluntad, y su voluntad es dar la vida para ganarla. El Cristo Redentor de Rio de Janeiro bien expresa el Jesús de la vida pública, el Jesús en cruz (con los dolores por dentro) y el Jesús Resucitado. El tiempo trastocado como en el creyente que crea espacio y tiempo eternos con su amor sacrificial en bien de los demás.