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Una respuesta radical sobre el significado de la fe

  •   Domingo Septiembre 03 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

Después de escuchar las lecturas de este domingo, es inevitable que nos preguntemos qué significa para nosotros seguir a Jesús. ¿Existe alguna diferencia entre el seguimiento de Jesús y la admiración que sentimos hacia personajes que muestran rasgos especiales que los diferencian de los demás? La fe con la que acogemos la persona y el mensaje de Jesús no se puede equiparar con la admiración que suscita el profesor sabio que nos transmite sus conocimientos y nos descubre horizontes insospechados de ciencia.


Cuando llamamos Maestro a Jesús, estamos afirmando valores muy hondos. Seguir a Jesús es diferente del entusiasmo que producen líderes políticos que hacen una propuesta inspiradora, como lo hizo Martin Luther King en su lucha contra la discriminación racial, o Luis Carlos Galán con su valiente denuncia de los carteles de la droga, que tenían de rodillas a la institucionalidad colombiana. Seguir a Jesús significa acoger su mensaje del Reino y dejar que nuestras vidas se rijan por el mandamiento del amor.

En la primera lectura, el profeta Jeremías expresa lo que significó para él la experiencia de Dios: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste”. Con estas palabras, el profeta quiere comunicarnos la profundidad de esta experiencia, que cambió el rumbo de su vida. No fue un interés intelectual ni una emoción pasajera. Fue el comienzo de una nueva vida al servicio de la palabra de salvación.

De la misma manera que esta experiencia religiosa de Jeremías significó un nuevo comienzo, el bautismo significa para nosotros una nueva creación. Participar del misterio pascual de Cristo genera unas transformaciones que no se pueden reducir a la asistencia a la misa dominical. El seguimiento de Jesús debe dejar una huella inconfundible en todas las actividades que realicemos como miembros de una familia, como profesionales, en los negocios, en la convivencia social y en nuestros deberes ciudadanos.

El profeta Jeremías expresa con fuerza la intensidad de esta experiencia de Dios en su vida: “Había en mí como fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”. Este fuego incontenible de la fe se propaga a través del testimonio; pensemos, por ejemplo, en la influencia que tiene un hogar cristiano que comparte con otras familias el gozo de ser iglesia doméstica.

Seguir a Jesús implica apropiarse de sus criterios y obrar como Él lo hizo. Esta identificación con los valores proclamados en el Sermón de las Bienaventuranzas es acogida por el apóstol Pablo, que exhorta a los cristianos de Roma: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios”.

Esta exhortación de san Pablo enfrenta serios obstáculos pues el medio cultural que nos rodea propaga mensajes muy diferentes. La ruta propuesta por la sociedad de consumo nos conduce a un modo de vida centrado en el confort y la cultura del descarte, donde la persona vale por lo que tiene y no por lo que es. Lo más fácil es dejarnos arrastrar por esa corriente materialista. Por eso san Pablo nos sacude para despertarnos del sopor que se ha apoderado de nosotros: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo”.

En la escena evangélica que nos relata Mateo, Jesús reprende con duras palabras a Pedro, quien ha pretendido disuadir a Jesús de su viaje a Jerusalén, donde le espera la conspiración de los líderes religiosos de Israel. Las palabras de Jesús son muy severas: “¡Apártate de mí, ¡Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”!

Es muy interesante subrayar esta coincidencia entre las palabras de Jesús a Pedro y la exhortación de Pablo a los cristianos de Roma. La fe es un compromiso total que exige cambiar la manera de juzgar los acontecimientos. No podemos seguir pensando desde la lógica de las conveniencias humanas.

Después de hacer esta fuerte reprimenda a Pedro, Jesús continúa su catequesis a los discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”.

El camino de la fe no conduce al bienestar ni es fuente de poder ni de reconocimiento social. Esto queda muy claro en el testimonio del profeta Jeremías y en las enseñanzas de Jesús:

Jeremías nos cuenta que tuvo que pagar un alto precio por proclamar el mensaje de Dios a su pueblo: “Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día”. La misión del profeta no es halagar los oídos de su público, sino poner en evidencia las incoherencias entre la fe que se profesa con los labios y la forma como se vive.

Jesús explica a sus discípulos la lógica diferente del Reino: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Al comienzo de esta meditación dominical, identificamos una pregunta después de escuchar las lecturas: ¿qué significa para nosotros seguir a Jesús? El testimonio del profeta Jeremías y la reprensión de Jesús a Pedro nos ofrecen una respuesta muy clara sobre la fe, no como conjunto de doctrinas y normas morales, sino como un compromiso radical de vida.