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Disciplina Eclesiastica

  •   Domingo 00 de 0000
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El evangelio es una invitación a un cambio de vida con la fuerza del Espíritu Santo, el modelo de Jesús y la ayuda de la comunidad. Tal es la estructura básica aunque muchos elementos entran a lo largo de la vida del creyente: el evangelio, los sacramentos, la oración, los carismas, el cuerpo de Cristo, las funciones de obispos, sacerdotes, diáconos y laicos. Dadas las exigencias del evangelio, las posibilidades de conversión son abiertas e ilimitadas para todos.


El evangelio de hoy nos enfrenta a lo que tradicionalmente se ha llamado la “corrección fraterna”, es decir, la ayuda que un creyente puede recibir en la comunidad para corregir o superar una dificultad con el nombre genérico de pecado. En el judaísmo, con su código de comportamiento (Torah) era relativamente fácil determinar cuando un comportamiento no era adecuado. La comunidad cristiana, al atacar la Torah, establece criterios más amplios como el amor al prójimo, amar al enemigo, dar la vida por los amigos, morir como grano de trigo, sembrar pródigamente que puede multiplicar fácilmente las acciones inadecuadas, incluso llevando al escrúpulo, o por el contrario a tomarlos tan laxamente que todo es posible. Hay autores que llegan a decir dos cosas que parecen contradictorias que pueden resumirse en: “Si Dios no existe entonces todo está permitido” para mostrar que solamente la conciencia de Dios y su ley permiten que el hombre se controle. Tal era la razón de muchos teístas que atacaban las ideas religiosas pero defendían la concepción y necesidad de Dios. Por otro lado, también es verdad que “si Dios no existe, entonces todo está prohibido” significa que, cuanto más ateo se considera una persona más dominado está tu inconsciente por limitaciones o prohibiciones que le impiden poner lo mejor de sí al servicio de los demás, como pasa con un neurótico. Pero no se sale tan fácilmente del problema. Es necesario complementar con las dificultades del pasado y actuales de que “si Dios existe, entonces todo está permitido” define bien el conflicto al que se enfrentan los fundamentalismos religiosos de todo tipo. Para el fundamentalista religioso Dios tiene un dominio pleno, y él se considera su instrumento; por eso, puede hacer lo que le plazca, sus actos están redimidos por adelantado, dado que expresan la voluntad divina. Sus pecados presentes y futuros ya están perdonados como en quien sufre alucinaciones de revelación divina .

Si entendemos el don que nos concede Jesucristo como el de hacernos radical y verdaderamente libres, tal libertad trae consigo la carga de la responsabilidad total frente al otro. «¿Dónde está tu hermano Abel?» es la pregunta dolorosa del Antiguo Testamento, pero completada por el Nuevo Testamento con una más dolorosa aún: “¿Dónde está tu hermano Caín?” y la respuesta que hemos dado es que está muerto, en la horca, en la picota, en cadena perpetua, en el manicomio, en el reformatorio, en la cárcel, en el destierro, desplazado, errabundo. Ninguna de estas respuestas satisface la exigencia evangélica. El evangelio de hoy nos sugiere atacar el problema en sus comienzos. El consejo oportuno a solas significa asumir el error ajeno como desafío propio. Ganar el hermano no es añadirlo a la propia causa sino poder caminar con él en la dirección de mayor cercanía de ambos a Jesús como único criterio de sanidad espiritual. «Yo planté, Apolo regó; pero quien dio el crecimiento fue Dios. Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento» (1 Co 3:6-7). El paso siguiente aconsejado es la ayuda de la comunidad, algo posible entre personas que se conocen y comporten espiritualidad. Suele ser común en grupos de crecimiento espiritual como los de revisión de vida, comunidades religiosas, grupos apostólicos, grupos de estudio bíblico. La exhortación Amoris Laetitia les da gran importancia en los asuntos familiares y matrimoniales y urge su promoción. El paso final es bastante conflictivo sobre todo por el final. Tener a alguien por gentil o publicano es marginarlo de la comunidad creyentes sin tener en cuenta que Jesús extendió su ministerio precisamente a gentiles y publicanos; que prohíbe juzgar; que prohíbe arrancar la cizaña antes de tiempo; que se muestra más proclive a la tolerancia que al castigo; que proclama la mayor alegría por el pecador que se convierte. Este pasaje es exclusivo de Mateo, pues en Lucas no aparece más que el perdón sin límite como remedio para el hermano que peca, y Mateo no determina cómo una comunidad (iglesia) pueda juzgar a un creyente. Mateo utiliza la palabra iglesia solamente en dos textos, siendo el primero el de Pedro y su imagen de roca sobre la que se construye la iglesia. El segundo es el actual como recurso final de la corrección fraterna. En realidad las comunidades cristianas se llaman “iglesia” (convocados) solamente a finales del siglo I, pero desconocemos el término original que pudo haberse usado. El equivalente hebreo es Qahal, que alude a la comunidad de adoradores de Yahvéh. No queda claro si la denuncia es a toda la comunidad o a sus dirigentes . La tendencia contemporánea no es seguir el curso que marca Mateo sino llevar el pecado, falla o error a los medios de comunicación y al público. El linchamiento social o jurídico ha resultado más atractivo y ciertamente menos efectivo para el bien o la conversión del “pecador”. Ciertamente Jesús no involucra autoridades civiles en el castigo de las faltas o pecados y aconseja evitarlas: «Muéstrate, cuanto antes, conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que te entregue al juez» (Mt 5:25).

La frase final del evangelio: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» nos devuelve al origen apostólico de la Iglesia y de alguna manera a soluciones más cercanas al evangelio en la corrección fraterna. En cualquier familia se practica de manera espontánea con niños y adultos de manera mutua. Sin el largo proceso reseñado con un gesto, una mirada, una palabra, un consejo, una reflexión se logra a menudo corregir lo que no se logra en la escuela, en la comunidad cristiana, en el seno de los amigos. La discreción es mayor, el lenguaje más medido, el disenso mejor entendido, la sicología personal, la edad, el género, el temperamento más tenido en cuenta. Pues allí también está Dios actuando y se cumple fácilmente lo que para Pablo es la ley cristiana: «Lleve cada uno las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6:2). Este principio nos recuerda igualmente que una perfección ascética que busque corregir el detalle más insignificante puede ocultar los temas importantes del evangelio como la misericordia, la solidaridad con el que sufre, la atención al pobre y al desvalido que son su aportes; no una perfección artificial construida a base de convenciones sociales e incluso a veces espirituales. La perfección cristiana tiene como modelo a Jesús no al hombre socialmente exitoso.