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La salvación no es derecho adquirido ni reivindicación salarial

  •   Domingo Septiembre 24 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

En las lecturas de este domingo, identificamos dos temas teológicos de la mayor importancia: la búsqueda de Dios, y la salvación como un don de Dios y no como un derecho cuyo cumplimiento podemos exigir.


En el profeta Isaías leemos: “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar; invóquenlo mientras está cerca”.

El evangelista Mateo nos transmite la parábola de los empleados contratados, en diversos momentos, para trabajar en una viña; al finalizar la jornada, todos recibieron la misma paga.

Empecemos por profundizar en el tema propuesto por el profeta Isaías, la búsqueda de Dios. En sus escritos, san Agustín registra una íntima experiencia interior: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. Con estas palabras, san Agustín expresa una dinámica que está impresa en lo más profundo de nuestro ser, y es la búsqueda del Absoluto. No nos dejan satisfechos los goces materiales; las pequeñas verdades que vamos descubriendo nos plantean nuevas preguntas. Somos peregrinos de la Verdad, del Amor y del Sentido.

Pensadores de todos los tiempos han tratado de explicar este impulso, y han elaborado sus teorías a partir de la psicología, la antropología, la biología, la filosofía, la teología, etc. En nuestra época, ha alcanzado gran notoriedad un científico inglés, Richard Dawkins, ateo militante, quien escribe sobre el espejismo de Dios.

A partir de las palabras del profeta Isaías, los invito a revisar cuál ha sido nuestro camino personal en la búsqueda de Dios. Cada itinerario es diferente; las experiencias fuertes de nuestro encuentro con la Trascendencia pueden ser, entre otras, la contemplación de la naturaleza, la lectura de la Biblia, el servicio a los demás, una enfermedad, el amor, etc. En fin, cada uno de nosotros ha sido un peregrino muy particular. Dios nos habla de múltiples maneras. El acompañamiento espiritual apunta a que la persona descubra, en sus hechos de vida, el llamado de Dios-amor.

Pasemos ahora a la parábola de los empleados contratados por el dueño de la viña. Aunque los operarios empezaron a trabajar en diversos momentos del día, todos recibieron al final la misma cantidad de dinero, lo cual fue motivo de protestas: “Estos que llegaron a lo último solo trabajaron una hora, y, sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor”.

¿El patrón está cometiendo una injusticia? Un avance social muy significativo ha sido la protección de los derechos de los trabajadores: remuneración justa, seguridad social, límites en las horas de trabajo, vacaciones, etc. La protesta de los empleados de la viña tiene toda la justificación desde la lógica de los derechos adquiridos y las justas reivindicaciones salariales. En derecho laboral, no pueden ganar lo mismo quienes lo hicieron desde el comienzo del día y los que se vincularon al final.

Lo interesante de esta parábola es la invitación a no confundir las reglas de juego de la contratación laboral y la obtención de la gracia de Dios. Estamos en dos escenarios completamente diferentes.

Hay quienes piensan que actuando de determinada manera y cumpliendo con unos ritos y normas, adquieren unos derechos ante Dios, y los reclaman con vehemencia. Eso creían los fariseos que se sentían dueños de la promesa de salvación y despreciaban a los que no pertenecían a este exclusivo club: los extranjeros, los cobradores de impuestos, las prostitutas, los excluidos socialmente. Ellos se creían los poseedores de las llaves que daban acceso a la santidad de Dios.

La lógica del derecho laboral no se aplica a la gracia de Dios. No somos titulares de unos derechos que podemos exigir. La salvación es un don de Dios a la humanidad, ofrecido a través de Jesucristo. No está circunscrito a un grupo de privilegiados. Es una oferta abierta a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que realizan una búsqueda sincera de la verdad y del bien: el cristiano, el musulmán, el budista, el agnóstico, el ateo.

Sólo Dios conoce los misterios del corazón humano. De allí la importancia que revisten las palabras del profeta Isaías, que exploramos al comienzo de nuestra meditación: “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar”. Cada persona realiza su peregrinación interior; cada experiencia es diferente por los contextos sociales e historias personales. Pero el Espíritu Santo actúa en todos: en la abuela campesina que reza fervorosamente a la Virgen de Chiquinquirá, y en el incienso que quema el budista piadoso que busca el equilibrio interior.

Volvamos a la escena de los obreros de la viña. Al final, todos recibieron el mismo salario, un denario. No interpretemos esta paga en términos estrictamente económicos o de capacidad adquisitiva. Hagamos una lectura simbólica: al final de nuestra jornada en este mundo, confiamos que el buen Dios nos acogerá como Padre amoroso para disfrutar de la plenitud gracias a la pascua de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. La salvación no es un derecho adquirido a partir de nuestro esfuerzo personal, sino un don que acogemos con infinito agradecimiento. Como creaturas limitadas e insignificantes, no podemos exigir ser revestidos de inmortalidad.