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El reinado de Dios como tarea

  •   Domingo Septiembre 24 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Que Jesús predique el reinado de Dios (según Lucas) o de los cielos (según Mateo) es suficientemente claro. Igualmente que dicho reinado ya llegó con Jesús y que viene con la conversión de sus oyentes. Así que es una realidad presente pero igualmente futura. También es claro que lo que nos permite intuirlo son las parábolas y que la comunidad cristiana las aplica a su realidad de entonces. Los evangelistas se conceden cierta libertad al aplicar las parábolas. La iglesia predica la llamada a la viña del Señor.


Desde antiguo se ha alegorizado la aplicación, ya desde Ireneo, repartiendo las horas de las cinco invitaciones a lo largo de la historia de la salvación, comenzando por Adán; desde Orígenes se distribuyen por las edades de la vida en las que los diversos hombres se hacen cristianos, de niños a ancianos. Pero ninguna de las dos interpreta bien el sentido pues riñe con al pago del jornal al caer de la tarde. Es el elemento de escándalo de la parábola. Todas las parábolas son escandalosas. Los manuscritos conocidos de la parábola terminan con los primeros con: “muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Para algunos comentaristas el final de los primeros como últimos y los últimos como primeros es una inserción del siglo II. Ambos finales podrían explicar situaciones de la comunidad en diferente tiempo. Pensar hoy en la salvación para pocos resultaría extraño; igualmente que el número de los que alcanzan la salvación sea pequeño para un mensaje de valor universal. Los llamados por la mañana temprano son tomados aquí como ejemplo aleccionador. Murmuraron, porque alardean de su servicio, se rebelan contra la decisión del propietario de la viña. No muestran signos de conversión, de tener misericordia con los últimos. Si la parábola es de juicio (al final del día, de la vida) es una exhortación para respetar el proceso de cada uno. Pero igualmente no con concuerda con el texto pues los primeros no reciben la exaltación sino el salario convenido.

Que en el mundo futuro, como imagen de éste, todas las jerarquías terrenas serán invertidas, es una advertencia para los discípulos contra la arrogancia. Aquí Mateo pone la inversión de la jerarquía en el último día. Por los últimos comienza el pago del jornal. Pero mientras en la llamada se habla de cinco grupos en el ajuste de cuentas se mencionan solamente los dos grupos extremos; los tres grupos intermedios son olvidados; se habían mencionado sólo para hacer más impactante el proceso de contratación de los trabajadores, también la necesidad urgente de mano de obra o el drama de los desempleados. A menudo los detalles nos ofrecen elementos de reflexión igualmente interesantes. En todo caso la parábola ciertamente no da una lección sobre la inversión del orden al final, ya que todos perciben exactamente el mismo jornal, sin últimos como primeros ni primeros como últimos.

El vidente del libro IV de Esdras está intranquilo por la cuestión de si las generaciones anteriores quedarán en desventaja frente a las que vivan al final de los tiempos, y recibe la respuesta: «Me habló: Yo hago mi juicio igual que un corro: los últimos no están detrás, ni los primeros delante» (4 Esd 5:42). Primeros y últimos, últimos y primeros, no hay diferencia, todos son iguales. De hecho en el cristianismo se trastoca el tiempo, haciendo de lo histórico lo eterno. Esta interpretación de la parábola es la que hoy prevalece: se trata de una enseñanza sobre la igualdad de la recompensa en el reino de Dios a la medida de la necesidad humana. La estupefacción de los oyentes no sería que el mismo salario se dé a todos sino que a los últimos se les dé un salario tan grande. En la antigüedad hubo creyentes que dilataban su bautismo basados en tal premisa. Escapar al “infierno” era la consigna y bautizarse al instante de la muerte era salvarse sin conversión de vida. Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos que bien podía ser un refrán que sintetiza enseñanzas de Jesús, funciona independiente y fue añadido a la parábola como una conclusión generalizadora, pero no encaja bien con su sentido. Si la parábola la entendemos como recompensa de gracia (no de juicio sino de crecimiento del reinado de Dios) en la cual no hay medida con la cual pueda tasarse, entonces como dice Pablo «ahora bien, al que trabaja no se le computa el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al impío, la fe le es computada por justicia» (Rm 4:4-5) entonces ya estamos lejos de las leyes del mercado. La gracia no es acumulable, grande ni pequeña, porque no funciona sino cuando opera y pasa . Cuando me encuentro con el otro puede surgir la gracia; si es interna se conoce por sus efectos de misericordia. Gracia es cada una de las curaciones de Jesús que ni siquiera se atribuye a sí mismo sino que por ellas da gracias al Padre.

Es el método eficaz de Jesús para enderezar el corazón humano: «Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5:20). La des-Gracia es no dejar actuar la gracia en sí mismo y pretender que Dios no deba darla a los demás. Es la des-Gracia del hijo mayor en la parábola del Padre Misericordioso (hijo pródigo) que se ofusca con la gracia para el menor. La gracia no es asimilable a una cosa; más bien a una presencia personal que siento en mí como ajena a mí; que siento en otros como ajena a ellos. Mientras muchas religiones hablan de pecado y disciplinas y técnicas para superar las limitaciones humanas, solamente el cristianismo habla de gracia . La tentación cristiana es privatizar la gracia, como en buena medida lograron los jansenistas. Dios ofrece su gracia permanentemente y a todos los hombres, incluso a los no bautizados.

Pensar que para afirmar a Dios tengamos que negar al hombre, que su santidad resalta si enfatizamos nuestro pecado, que su ira es porque lo tenemos merecido, que parece que Dios es más Dios (y menos Padre o Hermano ) si se ocupa menos de los hombres o incluso si les ama menos, visto lo que los hombres somos, es acabar con el Dios como amor y como gracia. Un Dios cuyo gozo parece directamente proporcional al número de condenados e inversamente proporcional a los salvados. Un Dios inhumano. El jesuita C.J. Perrin en pleno debate jansenista decía: “Que, por el pecado original, Dios ha abandonado a todos los hombres, salvo un pequeño número; que el hombre abandonado así en la masa perdida, no puede alcanzar la salvación por mucho que se esfuerce; que Jesucristo sólo murió por los creyentes; que la Gracias no se da a todos. ¿Cómo puedo amar a un Dios a quien me presentan como un tirano inmisericorde y bárbaro, un Dios que sería digno de todo mi odio? Un Dios que me rehúsa la gracia. Con la imagen que dais de Dios es imposible amarlo. Pero Dios ama a lodos los hombres. Jesucristo murió por todos los hombres y quiere la salud de lodos los hombres”.