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El hombre entre el si y el no

  •   Domingo Octubre 01 de 2017
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

Enseñando Jesús en el atrio del Templo, ilustra su enseñanza a los ancianos y sumos sacerdotes con el ejemplo de los dos hijos y sus contradicciones. Publicanos y prostitutas escuchando a Juan el Bautista los habrían precedido en el reinado de los cielos. Teniendo en cuenta que es una parábola, nos toca aplicar la manera como se leen, dejando de lado las alegorías que son comunes en los evangelios mismos.


Como retazo de una realidad que todos los oyentes ven, aparece como la repulsa de los jefes religiosos a las palabras de Jesús y la aceptación (a través del Bautista) de los que ellos mismos rechazaban. En realidad, no aparecen las meretrices en el ministerio del Bautista y los publicanos lo que reciben es una reprimenda: «Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le preguntaron: Maestro, ¿qué tenemos que hacer? él les contestó: No exijáis más de lo que tenéis señalado» (Lc 3:12-13). Si la muerte del Bautista se debió a la crítica hecha a Herodes por su mujer Herodías (Flavio Josefo enfatiza lo político en vez de lo moral), entonces sería una crítica, al menos indirecta, a la “meretriz” Herodías. No hay una buena armonización de los dos textos y nos toca buscar otro sentido para los dos hijos del sí y el no. Decir sí a la ley de Moisés en el Sinaí no fue fácil para el pueblo; las primeras tablas son destruidas cuando encuentra al pueblo adorando el becerro de oro. El sí dado suponía que era un pacto por el cual serían pueblo de Yahvéh a condición de guardar la ley; y, Yahvéh sería su dios si la cumplían. Pues no pudieron cumplirla y según la lectura que hicieron del destierro a Babilonia, ese habría sido el castigo. Pero tampoco podrían cumplirla por la debilidad humana. Entonces surge una concepción más “humana” de la promesa por la cual Yahvéh cumpliría aunque el pueblo fuera infiel. La ley pasa a ser “sabiduría de Israel” para hacerlo un pueblo modelo de humanidad.

La parábola parece limitarse al ejemplo de los dos hijos y el oyente debe intuir alguna enseñanza para su vida y aplicarla. Por parte de Jesús termina en una pregunta «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?» y son los presentes los que responden con una lógica simple. El primero le manifiesta a su padre su buena disponibilidad, pero, con todo, no va. El otro reacciona ante el mandato de su padre con un rotundo: «No quiero». Más tarde se arrepiente del desaire que le ha hecho a su padre y va a trabajar a la viña. La enseñanza equivalente sería válida para cualquiera y general. No son las palabras las que deciden, sino los hechos. Lo que importa es hacer la voluntad del Padre. Esto se refuerza con otro dicho de Jesús: «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino sólo el que pone por obra el designio de mi Padre del cielo» (Mt 7.21). El actuar parecería más creíble y auténtico que las palabras, pero tal conclusión tampoco es satisfactoria. En el judaísmo como en el cristianismo y en cualquier religión las palabras cuentan y mucho.

Una orden como la del padre para trabajar en la viña no pasa del uso cotidiano del lenguaje. Pero el religioso es de otro tipo. ¡Queda sano! ¡Que se cumpla según tu fe! ¡Vete en paz! ¡Bienaventurados los pobres! son expresiones que tienen sentido si se dicen, pues no hay acto que las reemplace. De hecho las afirmaciones religiosas no son acciones sino que posibilitan acciones.

Decir que Dios creó el mundo no es ya conocer cómo funciona el mundo, pero es comprometerse a tratar con respeto la naturaleza, a pisarla descalzo como Moisés frente a la zarza porque la tierra es sagrada, a trabajar por su conservación como casa común para todos. Comportarse como un buen esposo no se sigue de manera mágica de hacer un compromiso público en las nupcias; pero decir “te acepto como esposa” supone comprometerse a comportarse como buen esposo. La función del lenguaje religioso siempre está presente en las curaciones de Jesús pues sin él serían ambiguas . El lenguaje acerca de Dios y del hombre no comunica un saber, principio o secreto especial sino que pone las bases para cambiar el futuro. A veces incluso, en el lenguaje religioso, caben el sí y el no de manera simultánea. Los discípulos, en el evangelio de Juan deben decir sí al mundo por el cual se encarnó el Verbo y a la vez no a ser del mundo.

En la lógica de la ciencias el principio de no contradicción es su base, pero en lo religioso, íntimo, existencial del ser humano es diferente. Dios es presencia y ausencia, Palabra y silencio, mandato y perdón, eterno y encarnado, juez y defensor y el creyente a su vez es justo y pecador, convertido y en proceso de conversión, obediente y rebelde, temporal y con ansias de eternidad, mortal y tocado de resurrección. Los dos hijos pueden bien intuirse como el mismo oyente en dos momentos diferentes. El pueblo judío dijo sí a Yahvéh en el Sinaí y no cuando extermina la tribu de Benjamín; sí a la tierra de Yahvéh y no cuando los reyes la arrebatan para sus extravagancias (empezando por Acab y la viña de Nabot); dijo sí a la fidelidad conyugal y no cuando Abimelek toma dos esposas, igual que Abrahán y David toma la de Urías; los discípulos dicen sí a Jesús y no cuando Pedro no quiere la pasión y Santiago y Juan desean puestos de importancia.

Jesús se debate entre el sí y el no en Getsemaní y termina diciendo sí a la voluntad del Padre. La mentalidad de los dirigentes religiosos de la época era menos comprensiva de la complejidad humana; su lógica aplicaba el principio de no contradicción como si de matemáticas se tratase. Los publicanos, las meretrices, los enfermos eran castigados de Yahvéh; los gentiles, ya habrían sido condenados igualmente. Pero Jesús acude a otra visión: la de Yahvéh rico en misericordia, lento a la cólera y rico en piedad; la de Jonás que permite que cualquier nación entre al reinado de los cielos por la conversión; la de Amós que predica el amor de Yahvéh a toda la humanidad; la de Oseas que ve el juicio universal como salvación para las naciones.

Jesús conmueve a quienes están muy seguros de sí mismos y la respuesta que dan sobre quién hace la voluntad de Dios les muestra su propia contradicción. Los sumos sacerdotes y los ancianos se preciaban precisamente de conocer la palabra, las Escrituras, pero se escudaban en interpretaciones capciosas para evadir el compromiso con el Yahvéh de la misericordia; éste los desestabilizaba o les ponía en riesgo su estatus. El que no está tan seguro de sí mismo, que se sabe como dice Pablo: «No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7:19) puede en cambio tener mayor sensibilidad humana, más cercanía con el evangelio, con Jesús y con los extraviados que eran sus preferidos. Si alguna vez dijimos sí a Dios él no nos lo toma como escrito en piedra (ya sabe que no se cumple) sino en el cambiante corazón humano; nos toca renovar el sí a cada momento, especialmente en los momentos difíciles; si decimos ¡no! Él nos comprende.