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El amor de Dios vs. la ingratitud humana

  •   Domingo Octubre 08 de 2017
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

El tema central de la liturgia de este domingo es el crudo contraste entre el amor de Dios por el pueblo elegido, al que fue acompañando en los diversos acontecimientos de su historia, y la respuesta desagradecida que se expresó en el retorno a la idolatría, injusticias y utilización de la religión para ejercer poder sobre el pueblo raso.


Los textos destilan frustración. Es la contraposición del amor ilimitado de Dios y la infidelidad reiterada del pueblo. Es el misterio de la libertad humana que, a pesar de las infinitas expresiones de ternura y predilección, da la espalda. Y desde entonces se preanuncia el paso del pueblo de la antigua alianza al nuevo pueblo de Dios que es constituido por todas las razas y culturas.

¿Qué recursos literarios son empleados para desarrollar este drama teológico? Los textos sagrados que nos propone la liturgia de este domingo utilizan la imagen de la viña. Sabemos la importancia que tenían la uva y los productos derivados de ella, en la vida de estos pueblos. Este producto de la tierra tenía un gran contenido simbólico; por eso los textos sagrados hacen frecuentes referencias a la viña. Acabamos de escuchar dos textos:

El evangelista Mateo recapitula una parábola de Jesús sobre el propietario de una viña que la alquiló a unos campesinos para que la explotaran.

Empecemos por el texto del profeta Isaías y su canción de la viña. El autor logra comunicarnos la intensa relación que se establece entre el campesino y la tierra, el amor con que prepara el terreno y los cuidados para obtener una buena cosecha. La relación entre el campesino y la tierra va más allá de lo puramente económico. La madre tierra inspira su cosmovisión. Leamos el texto de Isaías: “Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas; edificó en ella una torre y excavó un lagar”. El campesino había invertido en la viña todos sus ahorros y sus energías. Por lo tanto, las expectativas eran muy grandes. “Él esperaba que su viña diera buenas uvas, pero la viña dio uvas agrias”. Es el cruel desenlace de un sueño acariciado durante meses.

Después de que ocurren las tragedias, surgen las preguntas tratando de entender las causas del desastre. En el texto de la canción de la viña, las preguntas están impregnadas de desengaño e impotencia: “¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera?”

Esta canción de la viña, que en su primera parte es de gran intensidad afectiva, termina bruscamente: “El Señor esperaba de ellos que obraran rectamente y ellos, en cambio, cometieron iniquidades; Él esperaba justicia y solo se oyen reclamaciones”.

El Salmo 79, que acabamos de recitar, es muy interesante, porque muestra los sentimientos de abatimiento del antagonista de esta historia, que es el pueblo arrepentido, simbolizado por el salmista. Este personaje, un israelita piadoso, es consciente del pecado del pueblo y de sus efectos devastadores, y se dirige con humildad al Señor: “Señor, Dios de los ejércitos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste”.

Vayamos ahora al relato evangélico. El estilo literario de la parábola de Jesus sobre la viña que fue alquilada por su dueño, es muy diferente. No tiene la carga emocional de la canción de la viña; su estilo cortante pone de relieve la deshonestidad de estos hombres y su maldad calculada. Jesús aprovecha el contexto para anunciar su pasión y muerte, y la apertura de un nuevo capítulo de la historia de salvación donde se constituirá un nuevo pueblo de Dios, que se caracterizará por la universalidad. Obviamente, los discípulos de Jesús no pudieron entender el alcance de estos anuncios. La resurrección del Señor y la misión que dará a sus discípulos de anunciar la buena nueva a todas las naciones dará pleno sentido a las palabras del Señor en esta parábola.

La canción de la viña, del profeta Isaías, y la parábola de Jesús son textos intensos, fuertes que expresan un profundo dolor, y terminan anunciando una ruptura en la categoría teológica de Pueblo de Dios. Por el contrario, el texto de san Pablo en su Carta a los Filipenses es un remanso de paz: “Hermanos: No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”. Esta paz interior es fruto de la acción del Espíritu Santo. Siglos después, Santa Teresa de Ávila escribió un hermoso poema, que empieza con las palabras “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda…”